Fe y Vida | Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
13 de marzo: san Rodrigo de Córdoba,
el sacerdote martirizado por ser musulmán
A san Rodrigo se la jugó su propio hermano, que le
hizo pasar por musulmán sin que lo fuera. Sucedió en la Córdoba del siglo IX,
cuando apostatar del islam era penado con la muerte
San Rodrigo pertenecía a una familia que vivía en su
interior la tragedia de la división religiosa que el islam había introducido en
la Córdoba hispanovisigoda. Después de
la conquista, fueron muchos los que renunciaron a su fe cristiana para
adaptarse mejor a la nueva situación. El drama llegó a muchos hogares en los
que unos eran cristianos y otros, musulmanes.
Nacido en la aldea cordobesa de Cabra en el año 814,
apenas un siglo después de la invasión de los bereberes, Rodrigo se formó en la
capital y allí se hizo sacerdote. De los tres hermanos, uno de ellos se había
pasado al islam. En una pelea familiar, Rodrigo se puso en medio y acabó
llevándose los golpes más fuertes. Con el futuro santo inconsciente, su hermano
lo paseó en una camilla por toda la ciudad, mientras proclamaba a voz en grito:
«Este hermano mío es cristiano y sacerdote, pero ha escogido el culto de
nuestra fe. Está en las últimas y no quiere marcharse de este mundo sin que lo
supierais todos».
Más allá de una fanfarronada, ese hecho tenía para
Rodrigo una consecuencia social muy grave, no tanto para su posición dentro de
la Iglesia —ningún cristiano iba a creerse algo así—, sino dentro de la
comunidad musulmana. En efecto, debido a la proclamación pública de su hermano,
la vida de Rodrigo estaba amenazada: si retomaba su ministerio sacerdotal sería
considerado un apóstata, algo castigado con la muerte. Rodrigo se negó a seguir
la farsa iniciada por su hermano, pero tampoco podía volver al sacerdocio
abiertamente, porque su vida peligraba.
Bio
·
814: Nace en la aldea cordobesa de
Cabra
·
852: Sube al poder el emir Mohamed
I
·
852: Rodrigo media en una pelea
familiar y sale herido
·
857: Recibe el martirio acusado de
apóstata contra el islam
·
857: San Eulogio describe su vida
en un libro sobre los mártires de Córdoba
Eran los días en que más arreciaba la persecución
contra los cristianos, los del comienzo del reinado de Mohamed I, en el año
852. Su presencia era tolerada, pero la práctica de su fe se veía muy
dificultada. Estaban obligados a pagar un impuesto especial, y se les permitía
practicar su religión siempre que no hicieran apología de ella. Los hijos de
matrimonios mixtos se consideraban, según la ley islámica, automáticamente
musulmanes. El islam estaba protegido hasta tal punto que el insulto o la mera
burla hacia Mahoma se consideraban blasfemias y estaban penados con la muerte.
También estaba condenada a muerte la apostasía de la fe islámica.
En medio de esta situación, Rodrigo decidió esconderse
en la sierra de Córdoba, donde pasó oculto cinco años. Solo bajaba a la ciudad
cuando arreciaba la necesidad. Así, un día que fue al mercado a comprar algunas
cosas fue reconocido. Recibió tal tropel de insultos que atrajo la curiosidad
de muchos, entre ellos su hermano, el que había declarado su conversión al
islam. Fue este el que le llevó al juez para denunciarle.
«Morir es una ganancia»
«Nunca me he separado de Cristo y nunca he profesado
la religión musulmana. Más aún, soy cristiano y además sacerdote», testificó
Rodrigo ante el juez, pero este le conminó a volverse atrás: «Puedes escapar a
la muerte si vuelves a tus anteriores votos y si declaras que Cristo no es
Dios». El testimonio que dio entonces Rodrigo recuerda al de los primeros mártires del cristianismo: «Puedes proponer todas esas cosas
a los que tienen tu misma religión. En cuanto a mí, morir es una ganancia. Solo
Cristo tiene palabras de vida eterna».
El juez lo mandó a las mazmorras y allí se encontró
con otro cristiano llamado Salomón, con un recorrido diferente: él sí que había
abrazado el islam, pero después se arrepintió y renegó de esa fe. El juez
intentó de nuevo convencer a ambos, pero sin éxito, ante lo cual mandó
cortarles la cabeza.
Antes de la ejecución, tanto Salomón como Rodrigo se
echaron a los pies de sus compañeros de celda y pidieron sus oraciones para
tener fortaleza. En el patíbulo, el juez hizo un último intento, pero Rodrigo
contestó: «¿Cómo quieres que abandonemos nuestra religión y nos apartemos de
nuestro camino, vosotros que estáis en tamaño error?».
Ese desafío fue suficiente para que el juez dictara la
sentencia definitiva. La cabeza de Rodrigo rodó por el suelo mientras que la de
Salomón quedó colgando del tronco. Sus cuerpos fueron expuestos boca abajo ante
la gente como escarmiento público.
Días después, un musulmán piadoso descubrió sus restos
a orillas del Guadalquivir y dio aviso a un sacerdote que conocía. La pequeña
comunidad cristiana recuperó el cadáver y, desde entonces, fue venerado como la
Iglesia hace siempre con las reliquias de sus mártires.


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