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    viernes, 10 de abril de 2026

    Maneras de escuchar


    Convivencia | Carmen Cabeza 

     


    Maneras de escuchar

     

    Mi familia ha sido de mucha conversación. Las tertulias en casa de mi abuela primero y de mi madre después eran de lo más entretenidas. Allí todo el mundo opinaba de todo, fueran superficialidades o cosas importantes. Tanto debate nos enseñó a discutir sin pelearnos, a llevarnos la contraria a morir para después reírnos juntos de cualquier cosa, a aceptar argumentos mejores que los propios, a rectificar y a formar nuestras opiniones.

     

    También me enseñó que no es lo mismo oír que escuchar y que hay distintas maneras de hacer esto último. Las diferencias dependen de premisas básicas: el respeto y el interés. El respeto tiene que ver no solo con las formas (nosotros somos muy vehementes, pero no nos perdernos el respeto) sino con dejar que los demás expongan sus puntos de vista. El interés hace que la discusión sea animada y amena, sino estamos como quien oye llover y la conversación decae rápidamente.

     

    Claro que esto también tiene que ver con las distintas culturas e idiomas. Luis mi yerno trabaja mucho con alemanes. Cuando van a tener reuniones con españoles les avisa por delante de que les van a interrumpir, pero que esto no deben entenderlo como una falta de respeto, sino como una muestra de interés. En alemán hasta el final de la frase no se puede saber el sentido del argumento y por tanto los alemanes esperan en silencio hasta que termina quien está hablando. Para un español, si nadie mete baza puede parecer que no hay interés y como las reuniones son en inglés se sabe pronto por dónde van los tiros.


    Otra cosa es la gente que interrumpe con ocurrencias, que no atiende a lo que dicen los demás o que corta discusiones interesantes, cosa que me enerva porque que a mí me encanta una buena conversación. Tal y como yo lo veo, los que interrumpen así suelen hacerlo o porque no tienen suficientes argumentos o porque no les interesa el tema y quieren cambiar de conversación.

     

    Mi hermano Antonio es un excelente discutidor. Hace años tuvo un jefe americano muy brillante y en una ocasión debatieron bastante sobre una decisión profesional de importancia. Después de un buen rato su jefe comprendió su posición y sin el menor problema cambió su criterio. Antonio empezó entonces a poner en valor los argumentos del jefe, pues el objetivo de su argumentación no era tanto que prevaleciera su punto de vista como asegurarse de que llegaban al mejor planteamiento. Me encanta esta anécdota porque refleja lo que para mí es una buena discusión: defender opiniones bien fundamentadas y argumentarlas de manera consistente, pero sin creerse en posesión de la verdad.

     

    Ha sido una suerte aprender a discutir en mi casa con mi familia. Es sanísimo poder opinar y equivocarse con personas que te quieren -que te van a dar el beneficio de la duda y te van a disculpar- y es muy formativo porque se aprende mucho viendo la manera de confrontar de personas que consideras y respetas. Es una enseñanza que va mucho más allá del mero ejercicio dialéctico, en realidad es una escuela de vida que a mí me ha ayudado mucho en la mía.

     

    Carmen Cabeza – ReL






     

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