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    Importancia del canto en la liturgia (2)

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc 


    Importancia del canto en la liturgia (2)

    «No ha de ser considerado el canto como un cierto ornato que se añade a la oración, como algo extrínseco, sino más bien como algo que dimana de lo profundo del espíritu que ora y alaba a Dios» (OGLH 270).

    Animados por el Espíritu del Resucitado recibimos el mes de abril y continuamos reflexionando sobre el canto en la liturgia. En la entrega anterior nos habíamos planteado algunas preguntas referentes al canto en la liturgia. Retomo la primera ¿qué tanto conocemos del canto litúrgico?

    Anibale Bugnini, reflexionando sobre el canto, expresa unas ideas relevantes: «El carácter comunitario de la liturgia y la necesaria belleza de que se debe revestir exigen la presencia en ella del canto. Eso da dulzura de expresión a la oración, favorece la unión de los ánimos y enriquece los ritos con su solemnidad. No se trata de una añadidura externa, sino de una nota que brota de la naturaleza misma de la celebración de la victoria pascual de Cristo. Es inconcebible una íntima participación en esa realidad sin una manifestación gozosa por medio del canto».[1]


    Uno de los elementos fundamentales y más significativos del canto es que  crea comunidad. Porque en la celebración litúrgica, cada uno canta con su propia voz, pero una misma letra, una misma fe, un mismo sentir. Cantamos lo mismo pero cada cual con su propia voz, porque la liturgia no suprime al individuo, pero tampoco crea individualismos. Como la parábola del cuerpo. El canto es sinfonía de voces. La Iglesia es como un gran coro, cada uno canta con su propia voz, pero se canta la misma letra.
    En esa perspectiva comunitaria sitúa el Misal el canto de comunión: «Mientras el sacerdote comulga el Sacramento, comienza el canto de Comunión, canto que debe expresar, por la unión de voces, la unión espiritual de quienes comulgan, demostrar la alegría del corazón y mani­festar claramente la índole “comunitaria” de la procesión para recibir la Eucaristía».[2]

    La acción litúrgica es conmemoración de la resurrección del Señor y dicha conmemoración invita a vivirla solemnemente, porque no se trata de cualquier acontecimiento. San Juan Pablo II escribió en un momento: «Teniendo en cuenta el carácter propio de la Misa dominical y la importancia que tiene para la vida de los fieles, se ha de preparar con especial esmero. En las formas sugeridas por la prudencia pastoral y por las costumbres locales de acuerdo con las normas litúrgicas, es preciso dar a la celebración el carácter festivo correspondiente al día en que se conmemora la Resurrección del Señor.

    A este respecto, es importante prestar atención al canto de la asamblea, porque es particularmente adecuado para expresar la alegría del corazón, pone de relieve la solemnidad y favorece la participación de la única fe y del mismo amor. Por ello, se debe favorecer su calidad, tanto por lo que se refiere a los textos como a la melodía, para que lo que se propone hoy  como nuevo y creativo sea conforme con las disposiciones litúrgicas y digno de la tradición eclesial que tiene, en materia de música sacra, un patrimonio de valor inestimable».[3]
    Benedicto XVI también escribió: «En el ars celebrandi desempeña un papel importante el canto litúrgico. Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: “El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es expresión de alegría y, si lo consideramos atentamente, expresión de amor”. El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios»[4].
    Y desde la antigüedad temprana se ha afirmado: «Quien bien canta, ora dos veces». Aunque con frecuencia acomodemos esta expresión, nos sigue recordando que el canto es parte integrante de la celebración litúrgica. Es un medio ideal para expresar la alabanza o la alegría, el lamento o la súplica, nos servimos del canto y la música. ADH 822.



    [1] BUGNINI, La reforma de la liturgia, 42.
    [2] OGMR 86.
    [3] Papa JUAN PABLO II. Dies Domini. Carta Apostólica sobre la santificación del domingo, del 31 de mayo de 1998, AAS 90, 1998. 50.
    [4] Sacramentum Caritatis, n. 42.

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