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    jueves, 16 de julio de 2026

    Camino a la casa de la Madre María: Peregrinación al Santuario Nuestra Señora de la Altagracia


    Meditaciones | Sandy Yanilda Fermín

     


    Camino a la casa de la Madre María: Peregrinación al Santuario Nuestra Señora de la Altagracia

     

    Hay caminos que comienzan con un paso, pero otros nacen mucho antes, en el silencio del corazón. Así fue la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de la Altagracia, donde cada oración, cada sonrisa y cada lágrima encontraron refugio bajo el manto de la Madre. Más que recorrer un camino, miles de peregrinos vivieron un reencuentro con María, esa Madre que nunca deja de esperar a sus hijos.

     

    Mientras la caminata mariana avanzaba alrededor de la Basílica, bajo el intenso sol de julio, una brisa fresca parecía acariciar el rostro de los peregrinos. Las hojas de los árboles se mecían suavemente, como si también acompañaran el rezo del Santo Rosario. Cada Ave María marcaba un paso más hacia el encuentro con aquella que nunca deja de escuchar a sus hijos.

     


    No hacían falta muchas palabras. Bastaba mirar los rostros. Había quienes caminaban en silencio, con los ojos llenos de lágrimas. Otros sonreían con la alegría serena de quien sabe que, por fin, pudo regresar, como fue mi caso. En el corazón de muchos parecía repetirse una misma oración, como lo hacía yo: “Madre, mírame, aquí estoy, después de tantos años, pude volver a visitarte.”

     

    Al llegar al Santuario, la fila para entrar se convirtió en otro acto de fe. Nadie parecía tener prisa. Entre las manos se levantaban velas encendidas, flores frescas y pequeños presentes, sencillos pero cargados de mucho amor. Cada vela hablaba de una esperanza, cada flor, de un agradecimiento, cada mirada, de una historia que solo la Madre María conocía.




    Había esposos arrodillados, tomados de las manos, dando gracias por la familia que han construido, por la salud recuperada, por el trabajo conseguido o simplemente por seguir caminando juntos. También estaban quienes, con lágrimas discretas, entregaban a la Virgen las preocupaciones que no alcanzaban a expresar con palabras, porque delante de una madre no siempre hace falta hablar. Ella comprende incluso el silencio de sus hijos.

     

    Muchos levantaban la mirada hacia la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia con la paz de quien ha llegado a casa. Otros apenas susurraban: “Gracias”. Y esa sola palabra parecía contener una vida entera.

     


    En medio de miles de peregrinos, cada encuentro con la Madre María era profundamente personal. Cada corazón llevaba una intención distinta, pero todos compartían una misma oración: la Madre siempre recibe a sus hijos.

     

    Quizá ese sea el mayor milagro de toda peregrinación. Descubrir que, después de un largo camino, uno no llega simplemente a un Santuario. Llega al abrazo de una Madre que esperaba, paciente, el momento de volver a decirle a cada uno: “Bienvenido, hijo; bienvenido a casa.”

     


    Para el Equipo de Comunicación y Prensa de la Vicaría Episcopal Territorial Santo Domingo Oeste, la misión también fue un regalo de Dios. A través del lente de nuestras cámaras descubrimos la belleza de los pequeños detalles: los árboles que parecían inclinar sus ramas para acompañar el paso de los peregrinos, las sonrisas sinceras, las lágrimas silenciosas y las manos levantadas en oración.

     

    Desde las alturas, el dron nos regaló una perspectiva privilegiada, el inmenso manto verde de la naturaleza abrazando el Santuario, mientras el manto sagrado de María parecía extenderse sobre cada peregrino. La música elevaba el espíritu y, en perfecta armonía con el viento que acariciaba los árboles, parecía danzar sobre aquella multitud de hijos que caminaban confiados hacia su Madre. Más que captar imágenes, fuimos testigos de cómo la fe se hacía visible en cada gesto, en cada mirada y en cada paso, conservando para siempre recuerdos de una peregrinación donde el cielo y la tierra parecían unirse bajo la protección de la Virgen.

     

    “Nadie que va a la casa de su madre se va con las manos vacías”, expresó Monseñor José Amable Durán Tineo al inicio de su homilía. La expresión provocó un espontáneo y prolongado aplauso de los peregrinos, que reconocieron en María a la Madre que consuela, protege, acoge y nunca abandona a sus hijos.

     


    En los alrededores de la Basílica también se respiraba esperanza. Los artesanos y vendedores de rosarios, medallas, velas e imágenes religiosas acogían con alegría a los peregrinos. Para ellos, cada visitante es una bendición de la Virgen, una oportunidad para llevar el sustento a sus hogares y, al mismo tiempo, convertirse en instrumentos que acercan a otros a la fe. Sus rostros reflejaban gratitud, porque en cada oración de peregrinación no solo florece la devoción, sino también la esperanza de muchas familias que visitan la madre con amor.







     

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