Meditaciones | Sandy Yanilda Fermín
Camino
a la casa de la Madre María: Peregrinación al Santuario Nuestra Señora de la
Altagracia
Hay caminos que
comienzan con un paso, pero otros nacen mucho antes, en el silencio del
corazón. Así fue la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de la
Altagracia, donde cada oración, cada sonrisa y cada lágrima encontraron refugio
bajo el manto de la Madre. Más que recorrer un camino, miles de peregrinos
vivieron un reencuentro con María, esa Madre que nunca deja de esperar a sus
hijos.
Mientras la
caminata mariana avanzaba alrededor de la Basílica, bajo el intenso sol de
julio, una brisa fresca parecía acariciar el rostro de los peregrinos. Las
hojas de los árboles se mecían suavemente, como si también acompañaran el rezo
del Santo Rosario. Cada Ave María marcaba un paso más hacia el encuentro con
aquella que nunca deja de escuchar a sus hijos.
No hacían falta
muchas palabras. Bastaba mirar los rostros. Había quienes caminaban en
silencio, con los ojos llenos de lágrimas. Otros sonreían con la alegría serena
de quien sabe que, por fin, pudo regresar, como fue mi caso. En el corazón de
muchos parecía repetirse una misma oración, como lo hacía yo: “Madre, mírame,
aquí estoy, después de tantos años, pude volver a visitarte.”
Al llegar al
Santuario, la fila para entrar se convirtió en otro acto de fe. Nadie parecía
tener prisa. Entre las manos se levantaban velas encendidas, flores frescas y
pequeños presentes, sencillos pero cargados de mucho amor. Cada vela hablaba de
una esperanza, cada flor, de un agradecimiento, cada mirada, de una historia
que solo la Madre María conocía.
Había esposos
arrodillados, tomados de las manos, dando gracias por la familia que han
construido, por la salud recuperada, por el trabajo conseguido o simplemente
por seguir caminando juntos. También estaban quienes, con lágrimas discretas,
entregaban a la Virgen las preocupaciones que no alcanzaban a expresar con
palabras, porque delante de una madre no siempre hace falta hablar. Ella
comprende incluso el silencio de sus hijos.
Muchos
levantaban la mirada hacia la imagen de Nuestra Señora de la Altagracia con la
paz de quien ha llegado a casa. Otros apenas susurraban: “Gracias”. Y
esa sola palabra parecía contener una vida entera.
En medio de
miles de peregrinos, cada encuentro con la Madre María era profundamente
personal. Cada corazón llevaba una intención distinta, pero todos compartían
una misma oración: la Madre siempre recibe a sus hijos.
Quizá ese sea
el mayor milagro de toda peregrinación. Descubrir que, después de un largo
camino, uno no llega simplemente a un Santuario. Llega al abrazo de una Madre
que esperaba, paciente, el momento de volver a decirle a cada uno: “Bienvenido,
hijo; bienvenido a casa.”
Para el Equipo
de Comunicación y Prensa de la Vicaría Episcopal Territorial Santo Domingo
Oeste, la misión también fue un regalo de Dios. A través del lente de nuestras
cámaras descubrimos la belleza de los pequeños detalles: los árboles que
parecían inclinar sus ramas para acompañar el paso de los peregrinos, las
sonrisas sinceras, las lágrimas silenciosas y las manos levantadas en oración.
Desde las
alturas, el dron nos regaló una perspectiva privilegiada, el inmenso manto
verde de la naturaleza abrazando el Santuario, mientras el manto sagrado de
María parecía extenderse sobre cada peregrino. La música elevaba el espíritu y,
en perfecta armonía con el viento que acariciaba los árboles, parecía danzar
sobre aquella multitud de hijos que caminaban confiados hacia su Madre. Más que
captar imágenes, fuimos testigos de cómo la fe se hacía visible en cada gesto,
en cada mirada y en cada paso, conservando para siempre recuerdos de una peregrinación
donde el cielo y la tierra parecían unirse bajo la protección de la Virgen.
“Nadie que va a
la casa de su madre se va con las manos vacías”, expresó Monseñor José Amable
Durán Tineo al inicio de su homilía. La expresión provocó un espontáneo y
prolongado aplauso de los peregrinos, que reconocieron en María a la Madre que
consuela, protege, acoge y nunca abandona a sus hijos.
En los
alrededores de la Basílica también se respiraba esperanza. Los artesanos y
vendedores de rosarios, medallas, velas e imágenes religiosas acogían con
alegría a los peregrinos. Para ellos, cada visitante es una bendición de la
Virgen, una oportunidad para llevar el sustento a sus hogares y, al mismo
tiempo, convertirse en instrumentos que acercan a otros a la fe. Sus rostros
reflejaban gratitud, porque en cada oración de peregrinación no solo florece la
devoción, sino también la esperanza de muchas familias que visitan la madre con
amor.


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