Meditaciones | Sandy Yanilda Fermín
Cuando
las historias también evangelizan
Un
homenaje agradecido al P. Tulio Napoleón Matos Cordero quien nos enseñó que Dios también habla a través
de la historia
Hay personas
que pasan por nuestras vidas dejando recuerdos, otras dejan huellas. Nuestro
querido Sacerdote dejó ambas. Durante dos años camino en medio de nuestras
comunidades y casi sin darnos cuenta, transformó nuestra manera de mirar la fe,
de servir y hasta de comprender el amor de Dios.
Al principio,
muchos lo percibimos como un hombre de carácter fuerte. Su forma de hablar,
directa y firme, no siempre era fácil de comprender. En ocasiones nos parecía
exigente y quizá algunos nos preguntábamos para qué Dios lo había enviado a la
parroquia.
Pero el tiempo,
nos permitió descubrir lo que realmente habitaba en su corazón, un inmenso amor
por Dios y un profundo deseo de conducir almas hacia la santidad.
Hoy, mientras
nos preparamos para despedirlo, comprendemos algo muy importante, él no
necesitaba cambiar, quienes necesitábamos hacerlo éramos nosotros.
Cuando
comenzamos a mirarlo con ojos de bondad, descubrimos la ternura escondida
detrás de la firmeza. Entendimos que cada llamado de atención, cada exigencia y
cada proceso que nos hacía vivir en los trabajos apostólicos no buscaban
complicarnos la vida, sino despertarnos en la fe, sacarnos de la comodidad y
recordarnos que el Evangelio se vive con entrega, sabiendo que Dios, que mira
en el silencio, recompensa a quienes trabajan para su Reino.
Me llena de
alegría haber podido servir desde la comunicación, capturando en cada
fotografía momentos que hoy permanecen como un tesoro. Cada imagen refleja
mucho más que un instante, guarda la alegría de un sacerdote que hizo presente
a Jesús en las calles, en las comunidades y en el corazón de tantas familias.
Cada fotografía se convirtió en un recuerdo vivo de un pastor que caminó junto
a su pueblo.
También me
alegra haber aprendido a mirar la vida cristiana desde otra perspectiva. Vivir
cada Vía Crucis, cada solemnidad y cada celebración en las distintas
comunidades fue una experiencia única. En cada recorrido se hacía evidente la presencia
de un pastor que formaba discípulos, convencido de que Dios sonríe cuando
encuentra corazones dispuestos a dejarse moldear.
Nunca olvidaré
la primera vez que visitó a los niños de la catequesis en una Navidad. Alcanzaba
a observar su rostro para descubrir la alegría con la que hablaba de Jesús.
Allí comprendimos que, detrás del sacerdote de voz fuerte, había un ser humano
preocupado por sembrar la fe desde la infancia.
Su amor por la
familia siempre estuvo presente. Su insistencia en vivir la santidad no era un
discurso repetido, sino una invitación constante a buscar a Dios en la vida
cotidiana, a través de los sacramentos.
Con el paso del
tiempo también fuimos testigos de momentos que guardaremos para siempre. Antes
de partir en su peregrinación a Italia, en varias eucaristías terminaba
alabando y dando gracias a Dios con una espontaneidad que recordaba la alegría
del movimiento carismático. Fue hermoso comprobar que, más allá de los estilos,
todos compartimos un mismo deseo, bendecir y glorificar al Señor con todo el
corazón.
Y hay gestos
que permanecerán grabados en nuestra memoria. Su forma tan particular de elevar
el pan y el vino mientras proclama: “Por Cristo, con Él y en Él, todo honor y
toda gloria” era una expresión llena de reverencia, de fuerza y de fe. Era
imposible no levantar también el corazón hacia Dios.
Extrañaremos
sus homilías, en especial la de los sábados. Aprendimos con él que el sábado
pertenece de manera especial a la Virgen María y el domingo es el día del
Señor. Cada sábado era una oportunidad para sentarnos a escucharlo, dejarnos
interpelar por una predicación intensa, profunda y, como él mismo dice con una
sonrisa: ¡Fantástica y grandiosa!
Pero sus
homilías no solo nos ayudaban a comprender el Evangelio, también nos permitían
viajar junto a él por los caminos de su propia historia. Sin haber visitado
nunca su pueblo, sentimos que llegamos a conocerlo. Nuestra imaginación
recorría aquel campito donde creció, parecía escuchar el murmullo del mar
cercano y contemplaba la sencillez de la casa que tantas veces describió. En
nuestra mente aún permanece la imagen de aquel niño que, antes de dormir, era
mecido con cariño por su abuelo en una mecedora, rodeado del amor de una
familia que, sin saberlo, estaba formando el corazón del sacerdote que un día
conoceríamos.
Aprendimos a
querer a su familia sin haber estrechado sus manos. Llegamos a sentir un
profundo cariño por sus abuelos, porque en cada recuerdo descubríamos la
riqueza de los valores que sembraron en él. Sus correcciones, contadas con
sencillez y hasta con una sonrisa, también terminaron educándonos a nosotros.
Nos hicieron comprender que el amor verdadero no solo abraza, sino que también
corrige, forma el carácter y prepara el corazón para cumplir la voluntad de
Dios.
Sus historias
nos enseñaron que el servicio comienza mucho antes de entrar a un seminario o
de subir a un altar. Comienza en la mesa de un hogar donde se aprende a
compartir. A través de sus recuerdos entendimos cómo, siendo apenas un niño,
llevaba un plato de comida al vecino que lo necesitaba. Ese gesto sencillo nos
recordó que el Evangelio no empieza con grandes discursos, sino con pequeñas
obras de amor vividas en la familia.
También
admiramos el valor con el que respondió al llamado de Dios. Nos conmueve
escuchar cómo fue capaz de desprenderse de todo lo que tenía para seguir el
camino que el Señor le mostraba. Lo que para muchos habría sido un sacrificio
demasiado grande, para él se convirtió en el primer paso hacia una vida
completamente entregada a Cristo. Y fue aquel encuentro con los jóvenes, esa
visita que parecía una más entre tantas, la que Dios utilizó para tocar
profundamente su corazón y conducirlo hacia una respuesta generosa a su
llamado. Allí comprendimos que Dios escribe las vocaciones en la sencillez de
la vida cotidiana y que basta un corazón dispuesto para que Él transforme una
historia.
Cada consejo
llevaba el peso de la experiencia. Cada mirada al cielo durante las caminatas Marianas,
en la cuaresma, reflejaba su intimidad con Dios. Y cada historia que compartía
nos hacía descubrir que Dios prepara sus obras desde la sencillez de una
familia, desde el amor de unos abuelos, desde un campo, desde un plato de
comida compartido y desde un corazón dispuesto a decirle sí.
Hoy muchas
personas que lo vimos llegar con cierta reserva y hoy lo vemos partir con
gratitud y cariño. Nos deja mucho más que recuerdos, nos deja enseñanzas, una
comunidad más despierta y la certeza de que Dios suele hablar también a través
de quienes, al principio, no comprendemos del todo.
Gracias, padre,
por abrirnos también las puertas de su historia. Sin haber conocido su pueblo,
terminamos amándolo. Sin haber abrazado a sus abuelos, aprendimos de ellos. Sin
haber caminado aquellos senderos de su infancia, sentimos que también forman parte
de nuestra memoria. Porque cada vez que usted nos contaba una historia nos predicaba
el Evangelio y nos enseñaba amar a Dios con un corazón agradecido.
Gracias por
enseñarnos que la santidad exige valentía, que el amor también corrige, que la
fe necesita ponerse en marcha y que un corazón completamente entregado a Dios
puede transformar el corazón de toda una comunidad.
Que el Señor
continúe guiando cada uno de sus pasos y que la Santísima Virgen María lo cubra
siempre con su manto. Nosotros seguiremos dando gracias a Dios por el
privilegio de haber compartido este tiempo con usted y por haber sido testigos
de una vida que, nos recordó que las historias más hermosas son aquellas que
Dios escribe en el corazón de quienes se atreven a seguirlo.


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