Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
La Exaltación de la Cruz
(Lunes
14 de septiembre 2026.Vigésima cuarta semana tiempo ordinario, lecturas:
Números 21,4-9; Salmo 77; Filipenses 2,6-11; Juan 3,13-17)
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
la Iglesia celebra con profunda fe y esperanza la fiesta de la Exaltación de
la Santa Cruz. Para el mundo, la cruz puede parecer signo de sufrimiento,
fracaso y muerte. Pero para nosotros los cristianos, la Cruz es el signo más
grande del amor de Dios, de la entrega de Cristo y de nuestra salvación.
La
Cruz nos recuerda que Dios puede transformar el sufrimiento en
esperanza, la muerte en vida y la oscuridad en luz.
1.-
Números 21,4-9: La Cruz nos invita a mirar hacia Dios
El
pueblo de Israel camina por el desierto y comienza a desesperarse. Se queja
contra Dios y contra Moisés. Como consecuencia de su pecado, aparecen las
serpientes y muchos son mordidos.
Pero
cuando el pueblo reconoce su pecado y pide ayuda, Dios ofrece un camino de
salvación: Moisés debe colocar una serpiente de bronce en un lugar elevado, y
quien la mire con fe quedará curado.
Aquí
encontramos un primer elemento para nuestra vida:
Cuando
estamos heridos, debemos mirar hacia Dios. Todos tenemos heridas:
decepciones, problemas familiares, enfermedades, fracasos, conflictos,
preocupaciones y momentos de soledad. Pero el problema no es solamente tener
heridas; el verdadero problema es quedarnos mirando únicamente nuestras
heridas. El pueblo de Israel fue sanado cuando levantó los ojos.
También
nosotros necesitamos levantar la mirada y decir: “Señor, estoy herido, pero
confío en ti.”
Reconocer
nuestros errores es un camino de sanación. Israel tuvo que
reconocer que había pecado. También nosotros necesitamos aprender a decir: “Me
equivoqué”, “Perdóname”, “Necesito cambiar”. Una persona que nunca reconoce
sus errores difícilmente puede crecer.
2.
Salmo 77: No olvidemos los beneficios de Dios.
El
salmista recuerda la historia del pueblo y sus infidelidades, pero también
recuerda la misericordia de Dios.
No
debemos olvidar lo que Dios ha hecho por nosotros. A veces
recordamos rápidamente los problemas y olvidamos las bendiciones. Recordamos
aquello que nos falta y olvidamos aquello que hemos recibido. Tenemos que
aprender a mirar nuestra historia con gratitud.
Preguntémonos:
¿Cuántas
veces Dios me ha ayudado? ¿Cuántas veces me ha levantado? ¿Cuántas veces me ha
dado una nueva oportunidad? La Cruz misma es la prueba de que Dios no
abandona a su pueblo.
3.
Filipenses 2,6-11: Cristo se humilló y Dios lo exaltó.
San
Pablo nos presenta uno de los textos más profundos sobre Jesús. Cristo, siendo
Dios, no se aferra a su condición divina, sino que se hace servidor y se
humilla hasta aceptar la muerte, y una muerte de Cruz.
La
verdadera grandeza está en servir. Vivimos en una sociedad
donde muchas personas quieren ser importantes, reconocidas y admiradas. Pero
Jesús nos enseña otro camino: la grandeza está en servir y entregarse por los
demás.
En
la familia, en la Iglesia, en la comunidad y en el trabajo, no debemos
preguntarnos solamente:
-
“¿Qué puedo recibir?”, sino también:
-
“¿Qué puedo hacer por los demás?”
La
humildad nos acerca a Dios. Jesús se humilló y el Padre lo exaltó.
La
humildad no significa pensar que no valemos nada. Significa reconocer que
todo lo que somos y tenemos es un don de Dios.
El
orgulloso quiere subir pisando a los demás; el humilde sabe que para subir
delante de Dios muchas veces hay que aprender a bajar, servir y amar.
La
Cruz nos enseña que el sufrimiento no tiene la última palabra. Jesús pasó por
la Cruz, pero la Cruz terminó en Resurrección.
Por
eso, cuando atravesamos una dificultad, no debemos pensar que todo ha
terminado. Después del Viernes Santo llega la mañana de Pascua.
4.
San Juan 3,13-17: Dios amó tanto al
mundo que entregó a su Hijo
Llegamos
al centro del mensaje de esta fiesta. Jesús dice: “Porque tanto amó Dios al
mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca,
sino que tenga vida eterna.” La Cruz tiene un significado fundamental: Dios
nos ama.
No
debemos mirar la Cruz solamente como instrumento de sufrimiento. Debemos
contemplarla como el signo de un amor que llega hasta el extremo.
La
Cruz nos revela cuánto nos ama Dios.
Por
eso:
-
Cuando tengamos dudas sobre el amor de Dios,
miremos la Cruz.
-
Cuando pensemos que Dios se ha olvidado de
nosotros, miremos la Cruz.
-
Cuando nos sintamos solos, miremos la Cruz.
-
Cuando hayamos caído en el pecado, miremos la
Cruz.
La
Cruz nos dice: “Dios no te abandona; Dios te ama y quiere salvarte.”
La
Cruz no es condenación, sino salvación. Jesús no vino al mundo
para condenarlo, sino para salvarlo.
Por
eso:
No
debemos utilizar la fe para condenar a los demás.
Hay
personas que se acercan a la Iglesia buscando una palabra de esperanza y
encuentran críticas, juicios y rechazo.
Cristo
nos enseña que la Iglesia debe ser un lugar donde el pecador pueda encontrar
misericordia, conversión y una nueva oportunidad.
Llevar
nuestra propia cruz con Cristo. La Cruz de Jesús también nos enseña a
aceptar con fe las cruces de cada día.
Todos
tenemos una cruz que llevar.
La
enfermedad, la vejez, las dificultades económicas, los problemas familiares, la
incomprensión, el cansancio, las responsabilidades y tantas otras situaciones
forman parte de nuestra vida. Pero no tenemos que llevarlas solos.
Podemos
decir: “Señor Jesús, ayúdame a llevar mi cruz contigo.”
La
diferencia no está solamente en tener o no tener problemas. La diferencia está
en con quién llevamos nuestros problemas.
-
Una cruz llevada sin Dios puede convertirse en
desesperación.
-
Una cruz llevada con Cristo puede convertirse en
camino de santidad.
La
Cruz nos enseña a perdonar.
Quien
contempla la Cruz aprende a perdonar. Jesús, desde la Cruz, no
respondió al odio con odio. Su entrega fue un acto de amor.
Por
eso, cuando contemplamos la Cruz, debemos preguntarnos:
-
¿A quién necesito perdonar?
-
¿A quién necesito pedirle perdón?
-
¿Qué resentimiento necesito entregar hoy al Señor?
No
podemos venerar la Cruz de Cristo y mantener permanentemente odio en el
corazón.
5.
La Cruz nos invita a vivir con esperanza.
Hermanos
y hermanas, la Cruz no es el final. La Cruz conduce a la Resurrección. Por eso,
cuando la vida se ponga difícil, no abandonemos la fe.
En
medio de la prueba, mantengamos la esperanza.
Puede
haber momentos en los que no entendamos lo que Dios está haciendo. Pero podemos
confiar en que Él sigue caminando con nosotros.
La
Cruz nos enseña que Dios puede sacar vida incluso de aquello que nosotros
consideramos una derrota.
Conclusión.
Queridos
hermanos y hermanas, hoy no solamente debemos mirar la Cruz; debemos aprender
de la Cruz.
La
Cruz nos enseña:
-
Mirar hacia Dios cuando estamos heridos.
-
Reconocer nuestros errores y buscar la conversión.
-
Recordar con gratitud los beneficios recibidos de
Dios.
-
Servir con humildad.
-
Aceptar nuestras cruces con fe.
-
Comprender que el sufrimiento no tiene la última
palabra.
-
Reconocer en la Cruz el amor inmenso de Dios.
-
No condenar, sino ofrecer misericordia y
esperanza.
-
Aprender a perdonar.
-
Mantener la esperanza porque después de la Cruz
viene la Resurrección.
Que
cuando miremos un crucifijo no veamos solamente a un hombre que sufrió, sino al
Hijo de Dios que nos amó hasta el extremo.
Que
la Cruz de Cristo esté en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestros
corazones y, sobre todo, en nuestra manera de vivir.
Señor
Jesús, enséñanos a mirar tu Cruz, a aceptar nuestras cruces, a servir con
humildad, a perdonar con amor y a caminar siempre con esperanza hacia la
Resurrección. Amén.


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