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    miércoles, 2 de septiembre de 2026

    ¿Fe infantil o adulta?


    Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc

     


    ¿Fe infantil o adulta?

    (Miércoles 2 de septiembre 2026. Vigésima segunda semana tiempo ordinario, lecturas: 1corintios 3,1-9. Salmo 32,12-21. San Lucas 4,38-44).

     

    Queridos hermanos y hermanas:

    La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos invita a hacernos una pregunta muy importante: ¿cómo es nuestra fe: infantil o adulta? No se trata de la edad que tenemos, sino de la manera como vivimos nuestra relación con Dios. Una fe infantil depende siempre de lo que siente, de lo que recibe y de que todo salga como quiere. Una fe adulta aprende a confiar en Dios, incluso cuando no entiende, sabe esperar y se compromete con el Evangelio.

     

    1. Primera lectura: 1 Corintios 3,1-9. San Pablo encuentra en la comunidad de Corinto personas que todavía viven una fe inmadura. Les dice que no puede hablarles como personas espirituales, sino como quienes todavía necesitan alimento sencillo.

    El problema no era que fueran nuevos en la fe, sino que seguían comportándose como niños: había divisiones, celos y rivalidades. Unos decían: “Yo soy de Pablo”; otros: “Yo soy de Apolo”.

    Aquí tenemos un primer elemento para nuestra vida: Una fe infantil divide; una fe adulta construye unidad.

    También hoy podemos caer en el peligro de identificarnos demasiado con una persona, un grupo, un movimiento o una manera determinada de vivir la Iglesia. Podemos llegar a decir: “Este es mi sacerdote”, “este es mi grupo”, “esta es mi comunidad”, olvidando que todos pertenecemos a Cristo.

    San Pablo aclara: “¿Qué es Apolo? ¿Qué es Pablo? Servidores”. Uno planta, otro riega, pero es Dios quien hace crecer.

    Qué hermoso reconocer esto: el sacerdote planta, los padres educan, los catequistas enseñan, los agentes pastorales sirven, pero el crecimiento verdadero lo da Dios.

    Por eso, una fe adulta no busca protagonismo. Sirve y deja que Dios sea quien dé el fruto.

    Preguntémonos:

    ¿Estoy creciendo espiritualmente o sigo reaccionando como un niño cuando las cosas no salen como quiero? ¿Busco la unidad o alimento divisiones? ¿Sirvo a Cristo o busco que reconozcan mi trabajo?

     

    2. Salmo 32: “Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad”. El salmo nos presenta una actitud fundamental de la fe adulta: confiar en Dios.

    El salmista dice: “Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y nuestro escudo”.

    Una fe infantil dice: “Creo en Dios mientras Dios haga lo que yo quiero”.

    Una fe adulta dice: “Señor, aunque no entienda lo que estás haciendo, sigo confiando en ti.”

    Esta es una de las grandes diferencias entre una fe inmadura y una fe madura.

    Cuando todo marcha bien, es fácil decir: “Dios es bueno”. Pero la verdadera madurez espiritual se manifiesta cuando llegan las dificultades, cuando tenemos que esperar, cuando una oración parece no ser escuchada, cuando sufrimos una decepción.

    El salmo nos enseña a esperar en el Señor.

    El cristiano adulto no vive solamente de emociones; vive de confianza.

     

    3. Evangelio: Lucas 4,38-44. En el Evangelio encontramos a Jesús entrando en la casa de Simón. Allí encuentra a la suegra de Pedro enferma, con fiebre. Jesús se inclina sobre ella, increpa a la fiebre y la enfermedad desaparece.

    Y sucede algo muy significativo: inmediatamente ella se levanta y se pone a servirles.

    Aquí encontramos otro elemento fundamental: La fe adulta no solamente recibe; también sirve.

    Jesús nos levanta para que nosotros levantemos a otros.

    No podemos acercarnos a Cristo solamente para pedir: “Señor, dame salud; dame trabajo; resuelve este problema; ayúdame en esto”. Todo eso podemos pedirlo. Pero después debemos preguntarnos: “Señor, ¿para qué me estás levantando?”

    La suegra de Pedro, después de ser sanada, se puso a servir.

    También nosotros hemos recibido mucho de Dios: la vida, la familia, la fe, la Iglesia, los sacramentos, personas que nos han ayudado. Por eso, la pregunta no es solamente: “¿Qué me puede dar Dios?”, sino también: “¿Qué puedo hacer yo por Dios y por mis hermanos?”

     

    4. Jesús sana a muchos.

    El Evangelio continúa diciendo que al ponerse el sol llevaron a Jesús todos los enfermos. Él imponía las manos sobre cada uno y los curaba. Esto nos muestra el corazón misericordioso de Cristo.

    Jesús no es indiferente ante el sufrimiento humano. Se acerca, toca, escucha, sana y libera. Pero también encontramos algo muy importante: Jesús se retira a un lugar solitario para orar.

    Aquí aparece otra característica de la fe adulta: Una fe madura sabe servir, pero también sabe retirarse para estar con Dios.

    Hay personas que quieren servir a todo el mundo, pero se olvidan de alimentar su propia relación con Dios. Se cansan, se frustran y terminan vacías.

    Jesús nos enseña el equilibrio: acción y oración; servicio y silencio; entrega y descanso en Dios.

     

    5. “Tengo que anunciar también a las otras ciudades”

    Cuando la gente quiere retener a Jesús, Él responde: “También a las otras ciudades tengo que anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, para eso he sido enviado.”

    Jesús tiene clara su misión.

    Una fe adulta también descubre que ha sido enviada.

    No somos cristianos solamente para venir a misa. Somos cristianos para llevar a Cristo a nuestra familia, a nuestro trabajo, a nuestro barrio, a nuestros amigos y a quienes necesitan una palabra de esperanza.

    Por eso, hermanos y hermanas, la pregunta de hoy es muy concreta:

    -                     ¿Cómo está mi fe?

    -                     ¿Es una fe infantil que solamente pide?

    -                     ¿Es una fe infantil que se pelea por protagonismo?

    -                     ¿Es una fe infantil que abandona a Dios cuando llega la dificultad?

    -                     ¿O es una fe adulta que confía, sirve, perdona, persevera, ora y anuncia?

     

    Para llevar a nuestra vida

    Primero: Una fe adulta busca la unidad y no las divisiones.

    Segundo: Una fe adulta confía en Dios, aun cuando no entiende sus caminos.

    Tercero: Una fe adulta agradece lo recibido y se pone al servicio de los demás.

    Cuarto: Una fe adulta combina oración y acción. No podemos servir sin alimentarnos de Dios.

    Quinto: Una fe adulta tiene conciencia de misión. Cristo nos ha enviado a anunciar el Reino.

    Queridos hermanos y hermanas, pidámosle hoy al Señor que nos ayude a pasar de una fe infantil a una fe adulta, firme y responsable.

    -                     Que no seamos cristianos que solamente buscan recibir, sino cristianos capaces de dar.

    -                     Que no seamos cristianos que dividen, sino que unen.

    -                     Que no seamos cristianos que abandonan cuando llegan las pruebas, sino hombres y mujeres capaces de decir:

    “Señor, confío en ti.”

    Y que cuando Cristo nos levante de nuestras enfermedades, heridas, tristezas y dificultades, podamos hacer como la suegra de Pedro: levantarnos y ponernos a servir. Amén.







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