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    lunes, 31 de agosto de 2026

    ¿Sabiduría humana o poder de Dios?


    Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc


     

    ¿Sabiduría humana o poder de Dios?

    (Lunes 31 de agosto 2026. Vigésima segunda semana tiempo ordinario, lecturas: 1corintios 2,1-5. Salmo 118,97-102. San Lucas 4,16-30)

     

    Queridos hermanos y hermanas:

    La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos presenta una pregunta muy importante para nuestra vida: ¿en qué ponemos nuestra confianza: en la sabiduría humana o en el poder de Dios?

    Vivimos en un mundo que valora mucho el conocimiento, la preparación, el dinero, la influencia, los títulos y las capacidades humanas. Todo esto tiene su valor, pero San Pablo nos recuerda que, cuando se trata de anunciar a Cristo, la fuerza principal no está en nosotros, sino en Dios.

     

    1. Primera lectura: 1 Corintios 2,1-5. “No quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y este crucificado.”

    San Pablo llega a Corinto y no se presenta como un gran filósofo ni pretende conquistar a la gente con discursos brillantes. Él anuncia sencillamente a Jesucristo crucificado.

    Pablo reconoce que su fuerza no viene de sus capacidades personales, sino del Espíritu Santo. Por eso dice que su predicación no se apoya en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

    Aquí encontramos un primer elemento para nuestra vida: No debemos confiar solamente en nuestras capacidades.

    Podemos tener inteligencia, experiencia, preparación, dinero o buenas relaciones; pero si dejamos a Dios fuera de nuestra vida, todo eso puede quedarse vacío.

    La pregunta es: ¿dónde está puesta nuestra confianza?

    Hay personas que dicen: “Yo puedo solo”. Pero llega un momento en que descubrimos que no podemos resolverlo todo. Hay situaciones familiares, enfermedades, dificultades económicas, problemas personales y decisiones importantes en las que necesitamos reconocer: “Señor, yo necesito de ti.”

    Pablo nos enseña que la verdadera sabiduría consiste en reconocer que Dios es Dios y nosotros somos criaturas necesitadas de Él.

     

    2. Salmo 118. “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!” El salmista encuentra sabiduría en la Palabra de Dios. Dice que sus mandamientos le hacen más sabio que sus enemigos y que de la Palabra ha aprendido a distinguir el camino correcto.

    Segundo elemento para nuestra vida: La Palabra de Dios es una escuela de sabiduría.

    No basta con tener muchos conocimientos. Podemos saber muchas cosas y, sin embargo, equivocarnos en lo más importante de la vida.

    -                     Podemos saber cómo ganar dinero, pero no saber compartirlo.

    -                     Podemos saber defender nuestros derechos, pero no saber perdonar.

    -                     Podemos saber hablar, pero no saber escuchar.

    -                     Podemos tener muchos títulos, pero no tener humildad.

    -                     Podemos conocer muchas cosas del mundo, pero desconocer el camino que conduce a Dios.

    Por eso el salmista nos invita a amar la Palabra de Dios. La Biblia no es solamente un libro para leer; es una Palabra para vivir.

    Cuando escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica, ella comienza a iluminar nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra manera de enfrentar las dificultades.

     

    3. Evangelio: San Lucas 4,16-30. Jesús entra en la sinagoga de Nazaret, toma el libro del profeta Isaías y proclama: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.”

    Jesús anuncia que ha venido para llevar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y proclamar el año de gracia del Señor.

    Aquí aparece algo impresionante: la gente de Nazaret conocía a Jesús desde pequeño.

    Por eso se preguntan: “¿No es este el hijo de José?”

    Ellos conocen su familia, su pueblo, su historia. Pero precisamente porque creen conocerlo demasiado, no son capaces de reconocer quién es realmente Jesús.

    Y este es un tercer elemento para nuestra vida: No debemos acostumbrarnos tanto a Jesús que dejemos de reconocerlo.

    Existe un peligro para nosotros: acostumbrarnos a la misa, a la oración, al Evangelio, a la Eucaristía, a las imágenes religiosas, y que todo eso termine convirtiéndose en una rutina. Podemos estar físicamente en la iglesia y tener el corazón lejos de Dios.

    Los habitantes de Nazaret tenían a Jesús delante de ellos, pero no fueron capaces de aceptar su misión.

     

    4. La sabiduría humana puede cerrarnos a Dios. El Evangelio nos muestra que, cuando Jesús habla de la misericordia de Dios, sus paisanos se llenan de indignación.

    ¿Por qué?

    Porque ellos tenían una idea determinada de Dios. Querían un Dios que actuara según sus criterios. Pero Jesús les presenta un Dios que es misericordioso, un Dios que también quiere salvar a los que ellos consideraban alejados.

    Aquí encontramos otro elemento: La sabiduría humana, cuando se llena de orgullo, puede convertirse en obstáculo para la fe.

    No es malo estudiar, prepararse y utilizar la inteligencia que Dios nos ha dado. El problema aparece cuando creemos que sabemos más que Dios.

    Cuando decimos:

    -                     “Yo sé lo que Dios debe hacer.”

    -                     “Dios tiene que actuar como yo quiero.”

    -                     “Yo no tengo que perdonar.”

    -                     “Esa persona no merece otra oportunidad.”

    -                     “Yo tengo la razón y los demás están equivocados.”

    Entonces nuestra sabiduría humana empieza a ocupar el lugar de Dios.

    La verdadera sabiduría no consiste en saberlo todo. Consiste en saber escuchar a Dios.

     

    5. Jesús nos invita a confiar en el poder de Dios.

    Pablo dice: “Mi palabra y mi predicación no fueron con persuasivos discursos de sabiduría, sino en la manifestación y el poder del Espíritu.”

    Jesús tampoco busca impresionar a la gente. Él anuncia la verdad y cumple la misión que el Padre le ha confiado.

    Por eso hoy debemos preguntarnos: ¿Estoy viviendo apoyado solamente en mis fuerzas o estoy dejando actuar a Dios en mi vida?

    Hay cosas que nosotros podemos hacer, pero hay otras que solamente Dios puede transformar.

    -                     Nosotros podemos sembrar, pero Dios hace crecer.

    -                     Nosotros podemos enseñar, pero Dios toca el corazón.

    -                     Nosotros podemos aconsejar, pero Dios transforma la vida.

    -                     Nosotros podemos perdonar, pero Dios sana las heridas profundas.

    -                     Nosotros podemos comenzar un camino, pero Dios nos da la perseverancia.

    Para nuestra vida.

    Hermanos y hermanas, llevemos hoy cuatro enseñanzas:

    Primera: No despreciemos la preparación humana, pero pongámosla al servicio de Dios.

    Segunda: Busquemos diariamente la sabiduría en la Palabra de Dios.

    Tercera: No nos acostumbremos a Jesús. Cada día debemos descubrirlo nuevamente y preguntarnos: “Señor, ¿qué quieres de mí?”

    Cuarta: No permitamos que el orgullo nos cierre al poder de Dios. Tengamos un corazón humilde capaz de decir: “Señor, yo confío en ti.”


    Conclusión

    Queridos hermanos y hermanas, la sabiduría humana puede ayudarnos a caminar por este mundo, pero solamente la sabiduría de Dios puede enseñarnos a vivir plenamente y alcanzar la salvación.

    Por eso, cuando tengamos que escoger entre nuestros propios criterios y la voluntad de Dios, recordemos que la cruz de Cristo parece debilidad ante los ojos del mundo, pero es fuerza y sabiduría de Dios.

    Pidamos al Señor la gracia de no vivir apoyados únicamente en nuestras capacidades, sino de abrir el corazón al Espíritu Santo.

    Que podamos decir con el salmista: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!”

    Y que nuestra vida sea una respuesta concreta a esta pregunta:

    ¿Sabiduría humana o poder de Dios?

    Señor, danos la sabiduría para reconocerte, la humildad para escucharte y la fe para confiar siempre en tu poder. Amén.







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