Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
“Cada árbol se conoce por su fruto”
(Sábado12
de septiembre 2026. Vigésima tercera semana del tiempo ordinario, Lecturas: 1
Corintios 10,14-22; Salmo 115,12-18; San Lucas 6,43-49)
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos presenta una pregunta muy sencilla,
pero muy profunda: ¿qué frutos estamos produciendo en nuestra vida?
Jesús
nos dice en el Evangelio: “Cada árbol se conoce por su fruto”. No basta
con parecer buenos, hablar bonito o decir que tenemos fe. La verdadera fe se
manifiesta en nuestras obras, en nuestras decisiones, en la manera como
tratamos a los demás y, sobre todo, en la forma como vivimos nuestra relación
con Dios.
1.
Primera lectura: Huir de la idolatría. San Pablo comienza
diciéndonos: “Huyan de la idolatría”.
¿Qué
significa esto para nosotros hoy? Quizás nosotros no tenemos imágenes de
otros dioses en nuestra casa, pero podemos tener otros ídolos escondidos en el
corazón.
Puede
convertirse en ídolo el dinero, cuando vivimos solamente para acumular. Puede
ser el poder, cuando queremos dominar a los demás. Puede ser la vanidad, cuando
necesitamos constantemente que nos reconozcan. Puede ser una persona, cuando
ponemos en ella la confianza que solamente debemos poner en Dios.
San
Pablo nos recuerda que no podemos participar de la mesa del Señor y, al mismo
tiempo, alimentar otros altares en nuestro corazón.
Aquí
aparece una primera enseñanza para nuestra vida: debemos revisar qué
ocupa el primer lugar en nuestro corazón.
Porque
aquello que ocupa el primer lugar en nuestro corazón termina produciendo frutos
en nuestra conducta.
Si
Dios ocupa el primer lugar, produciremos frutos de amor, paciencia,
misericordia, servicio y perdón. Pero si el egoísmo ocupa el primer lugar,
comenzaremos a producir frutos de división, resentimiento, orgullo y violencia.
2.
Salmo: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”.
El
salmista expresa una actitud muy hermosa: gratitud. “¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?”
Hermanos,
muchas veces somos rápidos para pedir y lentos para agradecer. Pedimos salud,
trabajo, dinero, soluciones, favores; pero pocas veces nos detenemos para
decir: “Señor, gracias por la vida, gracias por mi familia, gracias por este
día, gracias porque todavía me das una oportunidad para cambiar.”
El
árbol que reconoce que todo lo ha recibido de Dios comienza a producir un fruto
muy importante: la gratitud.
Una
persona agradecida no vive permanentemente quejándose. Aprende a
descubrir las bendiciones de Dios incluso en medio de las dificultades.
El
salmo también nos invita a cumplir nuestros compromisos con el Señor. Nuestra
fe no puede quedarse solamente en palabras. Lo que celebramos en el altar debe
continuar en nuestra vida diaria.
Venimos
a Misa, recibimos la Eucaristía y salimos a nuestras casas. La pregunta es: ¿qué
fruto produce en nosotros la Eucaristía que recibimos?
Si
recibimos a Cristo, debemos parecernos un poco más a Cristo.
3.
Evangelio: “Cada árbol se conoce por su fruto”. Jesús utiliza una imagen
que todos podemos entender: un árbol y sus frutos.
Dice:
“No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno;
porque cada árbol se conoce por su fruto.”
Jesús
nos está diciendo que nuestras acciones revelan lo que llevamos dentro.
Podemos
engañar a algunas personas durante un tiempo. Podemos aparentar. Podemos hablar
de amor y al mismo tiempo guardar odio. Podemos hablar de perdón y mantener
resentimientos. Podemos hablar de fe y vivir como si Dios no existiera.
Pero
tarde o temprano, los frutos revelan la calidad del árbol.
Por
eso debemos preguntarnos:
-
¿Qué frutos estoy produciendo en mi familia?
-
¿Frutos de paz o de pleitos?
-
¿Frutos de comprensión o de intolerancia?
-
¿Frutos de perdón o de resentimiento?
-
¿Frutos de servicio o de egoísmo?
También
debemos preguntarnos:
-
¿Qué frutos estoy produciendo en mi comunidad?
-
¿Soy una persona que une o que divide?
-
¿Soy de los que construyen o de los que destruyen?
-
¿Llevo esperanza o llevo desánimo?
Y
una pregunta todavía más profunda: ¿Qué fruto estoy produciendo delante de
Dios?
Porque
podemos tener una buena apariencia delante de los demás, pero Dios mira nuestro
corazón.
4.
El fruto depende de lo que hay en el corazón. Jesús dice también: “De lo
que rebosa el corazón habla la boca.” Esto es muy importante.
Cuando
el corazón está lleno de amor, salen palabras de amor. Cuando está lleno
de resentimiento, salen palabras hirientes. Cuando está lleno de orgullo,
aparecen palabras de desprecio. Cuando está lleno de Dios, comienzan a aparecer
palabras de esperanza. Por eso, hermanos, no basta con cambiar las palabras;
hay que cambiar el corazón.
A
veces queremos cambiar nuestra conducta sin cambiar lo que llevamos dentro.
Pero Jesús comienza desde el corazón.
-
Si queremos frutos nuevos, necesitamos una raíz
nueva.
-
Si queremos más paciencia, necesitamos acercarnos
más a Cristo.
-
Si queremos perdonar, necesitamos experimentar
primero el perdón de Dios.
-
Si queremos amar a los demás, necesitamos dejarnos
amar por Dios.
5.
“¿Por qué me llaman: Señor, Señor, ¿y no hacen lo que digo?”
Esta
frase de Jesús es una llamada de atención.
No
basta decir: “Señor, Señor.”
-
No basta bautizarse.
-
No basta venir a Misa.
-
No basta rezar.
-
No basta llevar una cruz.
-
No basta conocer la Biblia.
Todo
eso es bueno y necesario, pero debe producir frutos.
Jesús
quiere una fe que se traduzca en vida.
El
cristiano se conoce por sus frutos.
-
Un padre cristiano se conoce por cómo trata a sus
hijos.
-
Una madre cristiana se conoce por su amor y
paciencia.
-
Un esposo cristiano se conoce por su fidelidad.
-
Una esposa cristiana se conoce por su entrega.
-
Un joven cristiano se conoce por sus decisiones.
-
Un servidor de la Iglesia se conoce por su
humildad.
6.
Construir sobre roca. Finalmente, Jesús nos dice que quien escucha sus
palabras y las pone en práctica “se parece a un hombre que, al construir una
casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca.”
La
roca es Cristo.
-
Podemos construir nuestra vida sobre el dinero, y
el dinero puede desaparecer.
-
Podemos construirla sobre la fama, y la fama pasa.
-
Podemos construirla sobre el poder, y el poder
termina.
-
Podemos construirla sobre las personas, y las
personas pueden fallarnos.
-
Pero quien construye sobre Cristo tiene un
fundamento que permanece.
Vendrán
las dificultades. Vendrán las enfermedades. Vendrán los problemas familiares.
Vendrán momentos de crisis. Pero una vida cimentada en Cristo puede resistir.
7.
Para nuestra vida
Hermanos
y hermanas, hoy la Palabra de Dios nos deja tres grandes enseñanzas:
Primera: revisemos
nuestras raíces. Preguntémonos qué está alimentando nuestra vida. ¿Dios o los
ídolos de este mundo?
Segunda: revisemos
nuestros frutos. No preguntemos solamente: “¿Soy bueno?” Preguntémonos: “¿Qué
están recibiendo de mí las personas que viven a mi alrededor?”
Tercera: construyamos
sobre Cristo. No construyamos nuestra vida solamente sobre lo material, sino
sobre la Palabra de Dios, la oración, la Eucaristía, el amor y el servicio.
Queridos
hermanos y hermanas, un árbol no necesita decir que es bueno; sus frutos lo
dicen por él.
Que
nuestras familias puedan decir de nosotros:
-
“De esa persona recibí amor.”
-
“De esa persona recibí perdón.”
-
“De esa persona recibí esperanza.”
-
“Esa persona me acercó a Dios.”
Pidamos
hoy al Señor que nos conceda un corazón nuevo y buenas raíces, para que podamos
producir buenos frutos.
-
Señor Jesús, haz de nuestra vida un árbol bueno.
-
Arranca de nosotros todo lo que no viene de ti.
-
Danos raíces profundas en tu Palabra.
Y
haz que nuestros frutos sean de amor, de paz, de perdón, de misericordia y de servicio.
Amén.


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