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    Como a las niñas de los ojos

    Dios cuida de nosotros. Toda la revelación a través de la Biblia, toda la historia de la salvación, supone y, al mismo tiempo, muestra la grandeza y la dignidad del ser humano, de todo hombre y mujer.
    Dios cuida de toda la creación por medio de leyes llamadas naturales haciendo así que el mundo no sea un caos. Pero el cuidado que tiene por el ser humano, que es la obra suprema de sus manos, es especial por ser más personal y directa. La Biblia describe el cuidado de Dios por el hombre y la mujer, por todo hombre y mujer, con rasgos de extrema delicadeza, como a “las niñas de los ojos” (cf salmo 17,8). Las pupilas de los ojos son la parte más delicada y vulnerable del cuerpo humano y por eso el organismo las protege por medio de los párpados que se cierran automáticamente ante cualquier objeto o cosa que pueda ser un peligro.
    ¿Qué es el hombre? Admirado del cuidado tan delicado de Dios por el ser humano, el salmista se pregunta: ¿Qué es el hombre (y la mujer) para que te acuerdes de él? (Sl 8)
    La respuesta ya la sabemos. El ser humano es la obra cumbre de toda la creación; es la criatura más noble y perfecta. La Biblia explica la grandeza y la dignidad del ser humano en el dato de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. No se trata evidentemente de un parecido en la forma exterior, porque Dios no tiene ni cuerpo ni figura. El hombre y la mujer han sido constituidos en su naturaleza según la matriz divina. Son personas como las tres Personas de de la santísima Trinidad, aunque a un nivel de perfección muy inferior. Dotados de razón tienen capacidad para pensar y para tomar decisiones personales. Por la conciencia nos damos cuenta de que las cosas no ocurren en nosotros, sino que somos nosotros los que actuamos. Dios nos hizo libres y la orientación y el sentido de la vida están en nuestras manos.
    Declaración de la ONU. A la humanidad le costó mucho tiempo y encontró muchas dificultades para llegar a comprender la grandeza y singularidad de la persona humana, de la universalidad de los derechos humanos. Fue el 10 de diciembre de 1948 cuando la ONU declaró solemnemente que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (art.1)
    Sabemos que, aún después de la declaración, la mayoría de la población mundial sigue sin poder disfrutar de los derechos fundamentales, como es el derecho a la seguridad contra la violencia y el derecho a disponer de los bienes necesarios para la vida.
    Nosotros los creyentes conocemos la dignidad y los derechos de toda persona humana desde siempre, porque la Biblia nos lo declara desde el principio, en el primer capítulo de la Biblia. Pero, por desgracia, como pasa con la declaración de la ONU, también en nuestro caso hay muchas deficiencias en cuanto al aprecio y al respeto de la dignidad humana.
    La grandeza del ser humano en la Biblia. El cuidado especial que Dios manifiesta por todos los seres humanos nos señala el camino a seguir a fin de valorar defender la dignidad y grandeza de todos los hombres y mujeres. Sin distinción de ninguna clase.
    A pesar del pecado que desorientó al hombre y a la mujer, llevándolos por caminos alejados de Dios y sin la posibilidad de volver, Dios no nos abandonó en la desgracia, sino que buscó la manera más sorprendente para que el proyecto de vida humana, que tenía desde el principio, no fracasara. Hablando a lo humano, Dios pensó que valía la pena que la segunda persona de la santísima Trinidad, el Hijo, asumiese la condición humana, haciéndose uno de nosotros. Es lo que afirmamos en el credo: “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen y se hizo hombre”. La encarnación de Dios en Jesús de Nazaret es el argumento más poderoso y fehaciente de la grandeza del ser humano.
    Jesús, durante su vida entre nosotros, respetó y defendió la dignidad de todos y, de manera especial, la dignidad pisoteada de los desvalidos, a quienes se les negaba – y se niega - la posibilidad de vivir de acuerdo con su condición de seres humanos, de vivir como personas.
    No podemos entrar en detalles. Sólo vamos a fijarnos en un gesto y en una valoración que hace Jesús.
    1) El gesto: En la sobremesa de la última cena, Jesús cogió una palangana con agua, se ciñó una toalla a la cintura y se puso a lavar los pies a los discípulos. ¡El Hijo de Dios de rodillas lavando los pies a hombres rudos! Desde la perspectiva humana, Pedro tenía razón al negarse a que Jesús le lavara los pies. Para él, para Pedro, lavar los pies a otro es un gesto humillante e indigno de una persona de categoría. En este caso era el Señor y el Maestro rl lavaba los pies a los discípulos. No podía ser. Pero Jesús lo veía de otra manera: cualquier servicio prestado a cualquier hombre o mujer significa el reconocimiento de su dignidad y no humilla, sino que engrandece al que lo hace, porque el ser humano es lo más sagrado que existe en este mundo.
    Al final Jesús les dice: les he dado ejemplo para que ustedes también se laven los pies unos a otros. Pero, cuando oímos la invitación a ponernos al servicio de los demás, volvemos los ojos a otra parte y nos arrodillamos ante otros valores que creemos equivocadamente que nos engrandecen.
    2) La valoración que hace Jesús. Se trata de un asunto muy importante porque se refiere a la valoración final de toda la vida. Dos grupos. A los del primero grupo Jesús les llama los “benditos de mi Padre” y les invita a la plenitud de la vida; a los del otro grupo Jesús los rechaza por malditos y los manda a hacer compañía al diablo. ¿Por qué motivo esta diferencia? La razón por la cual unos son aprobados y otros rechazados es la atención o la indiferencia y el abandono de los que pasan necesidad. Jesús no se avergüenza de llamar hermanos suyos, sus hermanos más pequeños, a los que pasan necesidad. Por eso dice: lo que hicieron con ellos m lo hicieron mí y, al contrario, lo que les negaron a ellos me lo negaron a mí (cf. Mt 25, 31-46)
    La praxis de Jesús demuestra que toda persona humana es lo más grande y sagrado que hay en el mundo. No es de extrañar que nuestras relaciones con Dios pasen necesariamente por las relaciones con los demás. Si, cuando vas a presentar una ofrenda a Dios, te acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja la ofrenda, reconcíliate primero con tu hermano y después presenta tu ofrenda al Señor porque Dios “no oye la oración si no estás reconciliado” (canto)
    Ahora en tiempo de Pascua, en tiempo de resurrección, les dejo esta afirmación de Juan: Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos (1Jn 3,14). Fe y Vida / Juan Manuel Pérez

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