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    Dar de beber al sediento: obra de misericordia

    Rincón de la Palabra | Hna. Angela Cabrera, MDR

    Obras de Misericordia Corporales  

    Dar de beber al sediento
    Segunda obra de misericordia (Mt 25,35)



    El agua es el principal componente del cuerpo humano. Ella, incrustada en las células, humedeciendo los tejidos, circulando en la sangre, protegiendo y dinamizando tanto el cerebro como las articulaciones, desplazando los nutrientes a todos los órganos, y desechando los desperdicios corporales, es un elemento imprescindible para la existencia.
    Ese líquido vital, escasea en el pueblo de la Biblia. Los textos atestiguan tanto la crisis por agua, como la consecuente hambruna y migración social (Ex 17,3). La arqueología comprueba construcciones de cisternas y acueductos para conservarla y transportarla, indispensables en una cultura agrícola. No extraña, pues, que las imágenes de pozos y las añoranzas por zonas fértiles sean comunes en los textos bíblicos (Rt 2,8-9; Sl 42,6). Dentro de este contexto, imaginemos lo que supone “dar un vaso de agua al sediento”.
    A partir de una sociedad lastimada por la sed, las personas elaboran su reflexión de fe. En Am 8,11 se dice: “He aquí, vienen días - declara el Señor Dios - en que enviaré hambre sobre la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír las palabras del Señor”. El mundo bíblico no desconoce una sociedad que confunde y que juega con la sed de las personas: “Y por comida me dieron hiel, y para mi sed me dieron a beber vinagre” (Sl 69,21). El profeta Isaías describe los angustiados buscando agua, con la lengua reseca de sed. Él deja claro que, ante el engaño social, el Dios vivo es quien abre manantiales y transforma el desierto en estanque de aguas (Is 41,17-18). El llamado se lee en el capítulo 55,1: “Todos los sedientos, vengan a las aguas… sin dinero”.
    La teología bíblica insiste en direccionar toda nuestra atención a la única fuente. En los Sl 63,1; 143,6, los salmistas se comparan, en su búsqueda de Dios, con una tierra seca y árida. Tal espera angustiante se asemeja a la impaciencia del vigilante aguardando el amanecer (Sl 103,5-6). El Salmo 42, es más explícito: “Como la cierva anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (v.1-2). En Juan 4,14, Jesús dice a la samaritana: “El que beba del agua que yo le dé, no volverá a tener sed”. Y ella responde: “Señor, dame de esa agua” (Jn 4,15). Una vez gustado el agua viva, la persona no se conforma con cualquier bebida sucia. También en Mateo 5,6 se dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados”. La sed de Dios y la sed de justicia es la misma cosa. Se trata pues, de una sed que lleva al compromiso solidario.
    La Encíclica Laudato Si 30, trata de la cuestión del agua. El Papa constata, con lucidez, que pueblos enteros, y especialmente los niños, enferman y mueren por beber agua no potable, mientras continua la contaminación de las láminas acuíferas a causa de las descargas realizas por fábricas y ciudades: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano esencial, fundamental y universal, puesto que determina la supervivencia de las personas y por esto es condición para el ejercicio de los otros derechos humanos. Privar, pues, a los pobres del acceso al agua significa negar el derecho a la vida fundamentado en su inalienable dignidad”.[1]
    Dar agua al sediento es una de la caridad que distingue la espiritualidad cristiana (Mt 25,42). Quien comparte un vaso de agua restaura la garganta para forjar servidores y servidoras del Reino.
    ·                    En nuestro país, cuando escasea el agua, ¿la compartimos?
    ·                    ¿Nuestras cisternas están al servicio de los necesitados?
    Animando al compromiso

    • Ofrecer agua a los sedientos.
    • Ofrecer agua fresca a las personas que trabajan en obras del ayuntamiento, si están cerca o pasan por nuestras casas.
    • Regar la siembra, y/o las plantas.
    • No dejar las llaves del agua abiertas.
    • Arreglar las tuberías averiadas.
    • Tener un recipiente para cargar agua y evitar comprar botellas plásticas.




    [1] Consejo Pontificio, Las obras de misericordia, 38.

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