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    Educación Intercultural

    Educación Intercultural   Ha comenzado el año escolar 2011-2012, después de mucha agitación en el mundo de la educación dominicana. La lucha por el 4% ha logrado mostrar lo que quería: que la pobre asignación presupuestaria en educación, violatoria de la Ley, evidencia una falta de compromiso político por una educación de calidad. Una educación de calidad es aquella que promueve una vida digna en equidad para todas las personas que comparten el territorio nacional en su diversidad, sobre todo para los más pobres. La presión social aceleró el cambio del Ministro de Educación por diversos motivos. Ahora, en la nueva coyuntura, el debate público puede ampliarse y preguntarnos qué educación queremos para nuestra sociedad. Dados los cambios sociales que se están verificando a escala planetaria, existe una amplia discusión que propugna por una “educación intercultural”. Queremos ofrecer algunas reflexiones al respecto, para comenzar a crear una corriente de discusión y presión sobre cuáles deben de ser los verdaderos fines de nuestro sistema educativo, sofocado hasta estos momentos por el ideal capitalista de la competitividad. Debe señalarse en primer lugar que por lo novedoso del término, algunos planificadores de la educación pueden reducir el rico sentido del concepto de interculturalidad y la multiplicidad de desafíos que puede entrañar para las políticas educativas. Por ejemplo, podría confundirse interculturalidad con enseñanza de diversidad de lenguas, y argumentar que como estamos en un país donde solo se habla una lengua (cosa que es mentira, dicho sea de paso) no hace falta el enfoque intercultural. Otra reducción conceptual podría restringir lo intercultural a las variaciones dentro de una misma cultura. Otra posición errónea podría limitar la interculturalidad al mero respeto de la diversidad cultural. También podría pensarse que interculturalidad es más un enfoque pedagógico para gestionar la diversidad en el aula, que una auténtica opción ético-política que afectaría todo el currículo. O pensar que la interculturalidad es una parte de la realidad existente ya comprendida en lo sociocultural. Siguiendo las ideas del filósofo cubano radicado en Alemania, Raúl Fornet-Betancourt, conviene reflexionar sobre la interculturalidad en términos normativos, y no en términos meramente descriptivos. Se trata de preguntarse por la convivencia social que nos parece más justa. Preguntarnos por una definición exacta a priori de qué significa interculturalidad sería una manera no intercultural de trabajar, porque vuelve a colocar en primer plano el modo específicamente centroeuropeo e instrumentalizador de pensar los problemas: una idea clara para un plan claro establecido desde el principio. Fornet-Betancourt sugiere que se haga esta tarea de comprensión retomando las tensiones conceptuales que se han ido creando en el proceso histórico por el que la interculturalidad ha pasado a ser un tema dominante de nuestro tiempo. Para nuestra reflexión, cabe señalar dos de esas tensiones, sin pretender dar una definición acabada y dogmática de interculturalidad, porque se trata de crearla en el mismo proceso de encuentro entre personas como libres e iguales y creadores de cultura. En primer lugar, la noción de interculturalidad ha ganado terreno en tensión con la noción de multiculturalismo. El multiculturalismo promueve un tratamiento liberal de lo que podría llamarse el faktum intercultural, es decir, el hecho de que existen diversas culturas humanas y que estas culturas se encuentran en determinados y diversos momentos de la historia. El multiculturalismo es la política social orientada a la tolerancia de las diferencias culturales de determinados colectivos humanos, sobre todo en contextos como las grandes ciudades del primer mundo. Estas políticas no promueven la acción positiva del mutuo enriquecimiento de las comunidades culturales de las grandes urbes, sino la “acción negativa” de respetar lo que el otro hace (“No me meto con el otro”), bajo la restricción de que las diversas comunidades culturales no excedan el espacio que se les tiene claramente asignado. Aquí no hay encuentro ni compartir; tampoco puede haber crítica de la propia cultura para hacerla crecer; hay meros ghettos culturales, y por tanto no puede haber creación histórica. La interculturalidad, como se puede colegir inmediatamente en esta primera tensión señalada por Fornet-Betancourt, apuesta por el encuentro y el enriquecimiento mutuo, así como por la reflexión crítica de las propias tradiciones en nombre de la dignidad de cada ser humano. En la práctica intercultural no pueden medrar ni el aldeanismo, criticado por José Martí, ni el totalitarismo, denunciado ejemplarmente por Hannah Arendt. Este sería el caso de una noción de patria que tienda a normalizar sentimientos xenófobos ante población inmigrante, sobre todo si es pobre. En segundo lugar, existe una tensión entre considerar la interculturalidad más como una praxis que como una teoría. En los procesos de encuentro y desencuentro de comunidades culturales, o de sujetos portadores de mundos culturales diversos, los conceptos serán con frecuencia imprecisos, pero la actitud personal debe de ser coherente y humanizante. Fornet-Betancourt insiste en que la interculturalidad es ante todo una disposición personal, que consiste en aprender a vivir en la inseguridad, en la apertura a la diferencia, y en el reconocimiento de que la mayoría de los nombres propios que hemos aprendido, sobre todo los de la historia oficial, son nombres impropios. Interculturalidad implica frecuentemente desaprender lo aprendido y lo que tenemos como verdad incontestable. Con esos cambios prácticos y cognitivos, asumimos la realidad de otra manera y podemos hacernos más sensibles a las poblaciones históricamente silenciadas. Por eso, el ethos intercultural es arduo, exigente. Una educación intercultural implicará preparar a las nuevas generaciones para una convivencia más justa y solidaria. Tendrá que criticar muchas de las visiones dominantes de modelos educativos anteriores centrados en valores patrios xenófobos y culturalistas, pero sobre todo, en estos momentos, deslegitimar una educación que sólo pretende crear seres competitivos para una economía capitalista globalizada, donde lo importante es “hablar inglés” para venderse ventajosamente en el mercado. No es lo mismo ni es igual / Pablo Mella, Bonó Espacio de Acción y reflexión, ADH 749

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