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    La Iglesia en el Mundo


    Fe y Vida | Juan Manuel Pérez.  Enviados al mundo. “Cristo hizo a su cuerpo, que es la iglesia, sacramento universal de salvación” (LG 48). Según esto el mundo es el escenario de la actividad de la iglesia y, como sacramento de salvación, debe dar una señal clara de que el anuncio del evangelio es el único motivo de su actuación. No es fácil, pero cuenta con la promesa del Señor: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20) .
    Sobre esta base se comprende fácilmente que la manera de presentarse la iglesia ante el mundo y las relaciones, que promueve en sus contactos, sean de capital importancia. Cualquier duda o sospecha en contra será motivo de rechazo de la iglesia y del mensaje que pretende transmitir en nombre de Cristo.
    Por desgracia, durante largos periodos de la historia, las relaciones de la iglesia con el mundo estuvieron marcadas por fuertes tensiones y mutuas condenas. Unas veces porque la iglesia pretendía someter el mundo bajo su dirección. Otras veces, cuando el poder civil rechazó la tutela de la iglesia para legitimar su autoridad, las relaciones con el mundo terminaron en enfrentamientos y en condenas.

    Cambio de perspectiva
    El Concilio Vaticano II estudió detenidamente el problema de las relaciones de la iglesia con el mundo en la “Constitución pastoral sobre la iglesia en el mundo actual”. Este documento del Concilio se cita con las dos primeras palabras con que comienza: Gaudium et Spes, que ordinariamente se trascriben en plural: los gozos y las esperanzas.
    Desde el principio, en el primer párrafo, el documento corrige la actitud de desconfianza y de condena del mundo, que era la tónica de muchos de los últimos documentos oficiales de la iglesia, y propone una relación de solidaridad haciendo suyos los problemas de la gente: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (n.1)
    Sin entrar en detalles (no es posible en este espacio) voy a señalar los puntos que indican este cambio de actitud de la iglesia en su relación con el mundo.

    Diálogo, no confrontación
    El Concilio no puede dar mayor prueba de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella sobre los problemas que le afectan (n.2) porque los discípulos de Jesús, la iglesia, somos parte de la misma y única familia humana.
    A través del diálogo la iglesia espera que el mundo le ayude de múltiples maneras para anunciar el evangelio de forma que sea mejor comprendido y aceptado. Por otra parte, la iglesia ofrece al mundo el anuncio del mensaje de Jesucristo (n.40)

    La autonomía de las realidades terrenas
    “Las cosas creadas y la sociedad misma gozan de sus propias leyes y valores que el hombre ha de descubrir. Tienen una autonomía absolutamente legítima, pues responde a la voluntad del Creador”. La persona humana es libre independientemente de que tenga fe o sea ateo; la estructuración de la sociedad y los posibles modos de gobierno no caen bajo los dictados de la fe; la ocurrencia de los fenómenos naturales, etc. tienen sus propias leyes y no dependen de la fe. Según esto, la iglesia no puede pretender interpretar y dirigir la realidad creada argumentando que es la depositaria de la revelación divina. Esto no significa, sin embargo, que la fe y las realidades creadas sean contrarias y se nieguen mutuamente, porque tienen su origen en un mismo Dios. A pesar de ser ámbitos autónomos, yendo por distintos caminos, deben coincidir cuando se trata del sentido y de la finalidad de la persona y de la sociedad (n 36)

    Salvar la persona humana; renovar la sociedad.
    El Concilio sintetiza la misión de la iglesia en el mundo en esta frase:”es la persona humana la que hay que salvar y es la sociedad humana la que hay que renovar” (n.3) Explicamos brevemente.

    Salvar la persona humana. La iglesia sigue la línea del reconocimiento de la grandeza y dignidad de la persona humana. Es el camino que siguió Dios para salvar a la humanidad: Tanto amó Dios al mundo que le entregó su propio Hijo para que no se pierda ninguno (cf Jn 3, 16) y es también la manera de actuar de Jesús, que dio su vida por la redención de todos. La iglesia ofrece la salvación a través del anuncio de la persona y del evangelio de Jesús: él descubre al hombre qué es ser hombre, pues le muestra el verdadero sentido de su existencia y la sublimidad de su vocación (22). El que sigue a Cristo se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre (n.41) Jesús de Nazaret es el modelo acabado del ser humano según el proyecto que tiene Dios.

    Renovar la sociedad. El Reino de Dios, anunciado por Cristo en el evangelio, es el reverso, lo contrario, de “este mundo”. La llegada del reino de Dios anula toda relación de dependencia y de exclusión. Es la propuesta de una sociedad que favorece el desarrollo y perfección plena de la persona humana. Como criterio base para renovar la sociedad el Concilio pide que la organización de la sociedad tenga como prioridad la persona humana: “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana” (25)

    La misión de la iglesia es religiosa.
    La misión que Cristo confió a su iglesia no es de orden político, económico o social, sino religioso (n.42) El calificativo “religioso” no se entiende en el sentido que se le da en el uso diario de realizar prácticas piadosas. En este contexto tiene un significado mucho más profundo, como indica la etimología de la palabra: toda la vida humana, desde el principio hasta el fin, está re-ligada a Dios.
    La iglesia, como institución, no tiene la solución técnica de los problemas de orden político, social o económico que afectan a la humanidad, porque, como hemos dicho, esas realidades tienen sus leyes y métodos propios independientemente de la fe. Son el objeto de las ciencias sociales.
    “Incumbe a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del evangelio, deducir los principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción” (Pablo VI, OA,4)
    Los laicos viven y actúan en la sociedad, no como miembros de la iglesia, sino como ciudadanos de pleno derecho, presentes en todas las áreas de la vida social, política y económica de la sociedad. Si todos los católicos actuaran con responsabilidad y de forma coherente con las exigencias de la fe, tendríamos una nueva sociedad renovada, menos injusta y más humana. Fe y Vida|Juan Manuel Pérez  , ADH 761