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    Crisis o ignorancia de la Fe


    Fe y Vida | Juan Manuel Pérez.  El papa quiere que el Año de la Fe sea “un tiempo especial de reflexión y redescubrimiento de la fe” (n 4). Esta llamada del papa era necesaria y urgente, porque es evidente que el divorcio entre la fe y la vida se va extendiendo cada vez más. Creemos una cosa y no hacemos caso. El papa reconoce que muchos cristianos, aunque siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común, hoy no parece que sea así en vastos sectores de la sociedad (n.2). Entre nosotros, en vez de decir que son muchos los que no saben el credo, habría que decir que es la mayoría.
    Hoy pretendo señalar algunos motivos para redescubrir y reflexionar sobre la fe que profesamos.
    El núcleo de nuestra fe. La carta a los Hebreos comienza diciendo que Dios habló muchas veces y de muchas maneras en el AT por medio de los profetas, pero últimamente nos ha hablado por medio de su Hijo (cf He 1, 1.2). Jesús es la palabra definitiva de Dios. Todo lo que Dios quería darnos a conocer sobre el proyecto que tiene para salvar a la humanidad nos lo ha comunicado Jesús.
    Los elementos esenciales de nuestra fe católica están contenidos en el credo. Conocemos dos versiones: el llamado Símbolo de los Apóstoles y el credo niceno-constantinopolitano. Voy a seguir el primero por ser la versión original, la más corta y concisa. Es el que aprendimos en el catecismo.
    Los artículos del credo señalan los puntos fundamentales del proyecto de Dios para salvar a la humanidad. Tiene sólo trece artículos. El más largo y detallado es el segundo: creo en Jesucristo. Y es natural que resalte que Jesucristo es hombre, porque Dios no realiza la redención desde fuera de la historia, por ejemplo con un decreto, sino que respeta nuestra autonomía y libertad. Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre y, viviendo la experiencia de la vida humana, asumió sobre sí todos los pecados y desgracias de la humanidad reconciliándonos con Dios con su muerte y resurrección. Jesús, en su condición humana, es el que inicia y consuma nuestra fe. Por eso, nosotros, los que creemos que Jesús es el salvador, debemos recorrer la vida con la mirada fija en Jesús (cf He 12,2), porque los artículos del credo no son verdades abstractas, teóricas, sino que marcan el camino para vivir como creyentes, asumiendo como propio el proyecto de salvación que nos reveló Jesús.
    Después de esta sucinta exposición del contenido de la fe católica, quiero señalar algunas manifestaciones de nuestra manera de entender y de vivir la fe, que necesitan, según pienso, una profunda revisión.
    1.- Ignorancia de los contenidos de la fe. En la homilía de la misa en la que anunció el comienzo del Año de la Fe, ante 40.000 peregrinos llegados de todos los continentes, el papa afirmó que hay muchos cristianos que ni siquiera conocen el credo y caen en el sincretismo y relativismo religioso creando una religión a su gusto. Entre nosotros la ignorancia del contenido de la fe católica es mucho más profunda de lo que podríamos imaginar. Pensemos, por ejemplo, en tantos bautizados cuya fe no influye para nada en su vida.
    2.- La confianza en las revelaciones privadas. La revelación está cerrada. Es decir, todo lo que necesitamos conocer para vivir el proyecto de salvación Dios nos lo ha dado a conocer por medio de Jesús. Pero, a pesar de todo, a lo largo de la historia han ido apareciendo revelaciones privadas que, aún suponiendo que sean verdaderas, no tienen el mismo valor que la revelación del evangelio. Sin embargo, muchos confían más en esas revelaciones privadas que en la revelación hecha por Jesucristo.
    Pensemos, por ejemplo, en las múltiples apariciones de la virgen María: Lourdes, La Medalla Milagrosa, Fátima, Medjugorje, ... A veces se podría afirmar que la fe de algunos fieles es fe mariana más que cristiana. No deja de sorprender, en este sentido, que la imagen de María, según estas manifestaciones, aparece sin el Hijo, sin tener en cuenta que María es la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres, precisamente por ser la madre de Jesús.
    3.- Prácticas piadosas: Basados también en revelaciones privadas, se han ido introduciendo prácticas piadosas que prometen la salvación definitiva sin necesidad del misterio de la cruz. Por ejemplo, comulgar los nueve primeros viernes de cada mes asegura morir en gracia de Dios con la condición de que sean ininterrumpidos. Según esto, uno que haya hecho los nueve primeros viernes podría seguir pecando tranquilamente. Hay otra práctica que promete lo mismo pero de forma más sencilla: rezar todos los días tres avemarías y promete además que el primer sábado después de la muerte la Virgen bajará a sacarnos del purgatorio. Y hay muchas más por el estilo.
    4.- La devoción a los santos. La iglesia proclama santos y santas a personas que han vivido en plenitud la fe cristiana y los propone como ejemplo y estímulo a todos los creyentes de cualquier estado y condición de vida. Hay papas, obispos, presbíteros, religiosos y seglares de todos los estados de vida: reyes, mendigos, casados, solteros, niños, jóvenes, ancianos. Pero, en la práctica, no se tiene devoción a los santos por ser modelos de vida cristiana, sino por ser hacedores de milagros. En la mente de los fieles hay santos y santas a quien acudir en cualquier situación en que nos encontremos. Hay santos patronos para las causas imposibles, para encontrar un objeto perdido, para encontrar novio, para evitar un accidente de carro, para curar la vista, para los males de garganta, para aclarar el día,... Esta devoción al santo protector se expande por un tiempo y después es sustituido por otro santo o santa más “eficaz”. Como si se tratara de un ídolo de la canción o de la moda.
    Por otra parte, la devoción a los santos manifiesta en cierto sentido nuestra falta de confianza en Dios, pues nuestra condición de hijos de Dios no nos anima a acercarnos directamente y con plena confianza al Padre y buscamos el “enganche” del santo de nuestra devoción para que nos sirva de intermediario.
    5.- Suplencia de los sacramentos por devociones. La fuente de la gracia es Jesús. El nos lo dijo con toda claridad: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no por mí (Jn 14, 6). Los sacramentos son signos de nuestro encuentro con Cristo en los momentos que marcan el sentido de nuestra vida cristiana. Sobre todo la eucaristía, memorial de muerte y resurrección de Cristo, como proclama el preste después de la consagración: “Este es el sacramento de nuestra fe”. A pesar de que sabemos todo esto, la mayoría de los fieles pasan de los sacramentos (excepto el bautismo de los niños, que se pide más como exigencia social que como signo de adhesión y compromiso con la fe cristiana) y suplen su ausencia con devociones, promesas, prácticas religiosas, visitas, velas,… y hasta con limosnas.
    Ciertamente se ve que es urgente la necesidad de conocer más en profundidad los elementos esenciales de nuestra fe. Hay necesidad de que en la pastoral se insista más en el seguimiento de Jesús y menos en las devociones. En una palabra, hay necesidad de conocer el proyecto de salvación, revelado por Cristo Jesús, para asumirlo como proyecto personal y llevarlo a la práctica.
    Para terminar una tarea: Vamos a tomar en serio la invitación del papa a “celebrar este Año de la Fe de manera digna y fecunda intensificando la reflexión sobre la fe” (n 8). Para ello propongo reflexionar cada semana sobre uno de los 13 artículos del credo. Si es necesario (que sí lo será) buscamos apoyo en el Catecismo de la Iglesia Católica. Para esto tendremos que sacar un tiempo durante la semana a fin de reflexionar sin prisas y con tranquilidad. Cuando lleguemos al último comenzamos de nuevo por el primero. Siempre aparecerán aspectos desapercibidos en la primera reflexión. Con este esfuerzo, al final del año, podremos confesar nuestra fe de forma consciente y responsable y agradecer a Dios el don de la fe.