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    Canonización de Monseñor Romero

    La Iglesia Hoy | Miguel Angel Ciaurriz. ¿Con el Papa Francisco está más cerca la canonización de monseñor Romero? 
    Desde que lo asesinaron mientras celebraba la eucaristía en la capilla del hospital de los cancerosos de Sal Salvador, a monseñor Romero la gente del pueblo lo hizo “santo súbito”. Algunos, como el obispo brasileño Casaldáliga, lo declararon con toda solemnidad San Romero de América.
    Por distintas razones, fáciles de entender, pero difíciles de justificar, el proceso formal de la elevación a los altares de este obispo que aprendió a leer el evangelio yéndose, como pide insistentemente el nuevo Papa llegado a Roma del otro lado del mundo, a la periferia donde están los pobres y dejando que su sotana cogiera olor a oveja, se ha estancado.
    En un libro titulado “Francisco el nuevo Juan XXIII” dos periodistas españoles expertos en información religiosa, aparecido apenas una semana después del elección del nuevo Papa, se recogen unas referencias del cardenal Bergoglio sobre el obispo argentino Angelelli, gran opositor a la dictadura militar argentina y muerto en 1976, según las autoridades, como consecuencia de un accidente automovilístico.
    De este obispo de la Rioja, de quien todos dicen que fue asesinado por el régimen militar, dijo Bergoglio al conmemorarse el 30 aniversario de su muerte, que “era un pastor con sus ovejas. Yo viví ese diálogo entre el pastor y su pueblo. Angelelli nos dio un retiro espiritual y pasamos unos días maravillosos e inolvidables, porque tenía la sabiduría de un pastor que dialogaba con su pueblo”. Y dijo más. Dijo que “caminaba con su pueblo hasta las periferias, era un hombre de periferias, salía al encuentro; por eso fue perseguido y los anhelos de su pueblo se hicieron sangre en su pastor.
    Si esto pensaba Bergoglio de su colega Angelelli, los devotos de monseñor Romero albergan la esperanza de que los inconvenientes hasta ahora surgidos en el camino a los altares del obispo salvadoreño se desvanezcan y en un breve periodo de tiempo, tal vez con alguna visita del Papa a ese país centroamericano, pueda la Iglesia colocar oficialmente 24 de marzo como el día de San Romero.

    Un camino a los altares cargado de obstáculos
    El 24 de marzo de 1980 un grupo de mercenarios acribilló a balazos al arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero y Galdámez.
    En 1994 su sucesor en la arquidiócesis de San Salvador, Arturo Rivera y Damas, inició el tortuoso y difícil camino de Romero a los altares de la Iglesia. El proceso fue lento y resultaba incómodo para determinadas instancias eclesiásticas. Y no faltó quien, recurriendo a cuestiones meramente técnicas, señaló que a Romero no se le podía considerar un mártir porque no fue asesinado por el “odium fidei”, es decir, por motivaciones religiosas sino políticas.
    En el año 2000 la Congregación para la Doctrina de la Fe comenzó el estudio de todos los discursos de Romero pues algunas voces se alzaron para decir que el obispo negaba verdades fundamentales de la fe católica.
    En 2005 el postulador de la causa, el obispo italiano Vincenzo Paglia, aseguró públicamente que “Romero no era un obispo revolucionario, sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y de los pobres”.
    La santa Sede no ha tenido en este caso la prisa que ha tenido con otros hombres de Iglesia como Escriba de Balaguer, el propio Juan Pablo II, o la Madre Teresa de Calcuta. Se ha dicho que la Iglesia espera que pase tiempo suficiente para neutralizar cualquier intento de instrumentalizar la figura del obispo salvadoreño.
    Cuando visitó el país Juan Pablo pidió orar ante la tumba de Romero. Era algo que no estaba en agenda. Dicen que ni siquiera la catedral estaba abierto y que hubo que buscar al párroco a toda prisa.

    Bergoglio siente una gran admiración por Romero
    Que éste es ahora el momento de avanzar lo dice también monseñor Gregorio Rosa Chavez, auxiliar de San Salvador y colaborador de Romero. Ha dicho: “el Papa, al que tengo la dicha de conocer personalmente, tiene una devoción por Romero y una convicción total de que es un santo y un mártir; por tanto, todo indica que los astros están alineados para que lo beatifique”.
    “Si hubiera una encuesta, sigue diciendo Chávez, entre los países de América Latina hay una absoluta mayoría abrumadora a favor de monseñor Romero; por tanto, creo que el momento está madurando, solo que estamos en los tiempos de Dios, que no son iguales a los tiempos de nosotros”.
    ¿Será así? ¿Veremos en los próximos meses la beatificación de Romero? Sería, desde luego, un gesto de gran relevancia y muy significativo hacia una Iglesia latinoamericana que ha derramado mucha sangre y en cuyo territorio se encuentran más de la mitad de los católicos del mundo.
    Ciertamente, como dice el obispo Rosa Chávez, los tiempos de Dios no son nuestros tiempos ni sus plazos nuestros plazos. Esto lo saben lo salvadoreños muy bien. Cuando se cumplía el veinte aniversario de la muerte de Romero pude estar en San Salvador en las celebraciones con ocasión de un encuentro de la CLAR. Me impresionó la devoción con que la gente acudía a la tumba de Romero en la cripta de la catedral. Le rezaban como quien pide la intercesión de un santo, le dejaban flores como quien agradece la intercesión que les ha estado favorable.
    A uno de los tantos que a diario pasaban por ese lugar, que el presidente Obama visitó cuando estuvo en ese pequeño país centroamericano a quien la pluma de la escritora chilena, Gabriela Mistral, llamó el pulgarcito de América, le pregunté si creía que algún día monseñor Romero sería reconocido como santo. Me dijo que eso no le preocupaba, que para él ya lo era y que todo lo demás era secundario.
    No lo decía por decir. Conoció bien de cerca a monseñor Romero, primero cuando era un obispo temeroso y extremadamente precavido y cuando abrió los ojos al Evangelio y asumió posturas verdaderamente proféticas. Carlos Alvarenga, que así era como se llamaba este catequista de Romero, cuando lo declaren santo pensará seguramente que la Iglesia, una vez más, llega tarde. Aunque claro, nunca es tarde si la dicha es buena. ADH Mayo, 768.