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    Al rescate de la Economía solidaria

    Humanismo Integral | Ignacio Miranda. 
    Al rescate de la Economía solidaria
      
    Toda ocasión es propicia para reflexionar sobre el humanismo cristiano, especialmente para la sociedad dominicana, que nace inculturada por el humanismo cristiano, como lo demuestra el Ideario del Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, no solo en su discurso sino en su estilo de vida. Así mismo los símbolos patrios manifiestan la cultura cristiana.
    Sin embargo, la Cincuentena Pascual es el mejor de los Tiempos, tan largo en extensión como rico en el contenido de los valores del humanismo cristiano, como libertad, la verdad, bien común, solidaridad, justicia, equidad, laboriosidad, compasión, caridad, paz, amor.
    Creemos, y expresamos, con pocas palabras, que Pascua es el reconocimiento del valor de la dignidad de la persona humana. El histórico tiempo de Pascua se nos va, como cada año. Pero podemos y debemos mantener la meditación sobre el contenido de sus valores y principios. Y, sobre todo, encarnar sus virtudes, entendidas como la práctica de los valores y principios; vale decir, como estilo de vida digno de imitación.
    Creemos, asimismo, que ese humanismo cristiano, enraizado en la Cincuentena Pascual, lo encarnan, fundamentalmente, San Juan, maestro que, con su pedagogía y espiritualidad, nos da a conocer al Espíritu Santo, que con su luz ilumina nuestros pasos, y, con su ardor, dinamiza nuestras acciones; San Pablo, el gerente pastoralista forjador de estructuras de participación comunitaria, fundador que no manipula ninguna comunidad, sino que siempre está en marcha, sin perder la comunicación con ninguno de los pueblos por donde pasa evangelizando.
    Estructuras de participación
    La virtud, como práctica de los valores y principios encarnados en las personas, requiere de estructuras de participación, especialmente en los órdenes político y económico, para que pueda expresarse el valor de la equidad que se enraíza en un bien aún superior, que es la justicia.
    El humanismo cristiano nos enseña que el fin de la sociedad es procurar el bien común promovido y disfrutado por todos sus miembros, mediante la participación decisoria y receptora de todos sus recursos, en proporción al esfuerzo realizado y la cooperación comunitaria conducida por la autoridad legítima dignamente representada a todos los niveles.
    Paradójicamente, en la sociedad dominicana, que nace inculturada por el humanismo cristiano, se observan líneas muy claras, indicadoras de que nuestras estructuras de participación políticas y económicas están secuestradas, no solo por unas pocas personas, sino, peor aún, por una situación cultural despótica, en la cual, los poderosos oprimen a los de más abajo mientras adulan a los de más arriba, tanto en el orden interno, y, peor aún, por los intereses externos, a pesar de las líneas claras trazadas por nuestra identidad nacional.
    Unas estructuras secuestradas constituyen un pueblo oprimido, aunque sus dirigentes tengan un discurso formalmente democrático. La esencia de la democracia es la libertad.
    La democracia se encarna en las personas que viven y practican la libertad, aplicándola, en primer lugar, al interior de las estructuras políticas que dirigen.
    La Economía Solidaria es el modelo económico fundamentado en el humanismo cristiano. Esto supone claros conceptos de los principios económicos, el valor de la solidaridad, y, personas que encarnen ambas cosas en función del bien común.
    El fin legítimo de la Economía es satisfacer las necesidades de todos los miembros de la sociedad; la solidaridad es la vocación de servicio incondicionalmente abierta a toda persona que padece alguna carencia. En consecuencia, la economía solidaria tiene como objetivo fundamental el proceso permanentemente abierto para elevar la calidad de vida, personal y social, mediante el esfuerzo propio y la cooperación comunitaria.
    En nuestro país, no solo están secuestradas las estructuras de participación política, sino también las de orden económico, contrario a las líneas indicadas en nuestra identidad nacional.
    Los oprimidos sufren un creciente deterioro de marginación en la participación decisoria y receptora. Y si acaso manifiestan inconformidad solo lo hacen con críticas a la espalda de los poderosos, mientras participan del círculo vicioso de medrar en masa alrededor del poder.
    Peor aún, culturalmente, consumen sus exiguos recursos en falsas esperanzas de obtener un premio mediante el juego de azar y otros medios ilusorios de fácil enriquecimiento al vapor.
    Las loterías y bancas de apuestas, pirámides, endeudamiento, crecen a favor de los ricos y en perjuicio de los pobres. En otras palabras los desposeídos enriquecen a sus opresores con su comportamiento cultural usurero y facilista.
    Las estructuras de más idóneas de participación de las personas de más bajos niveles de ingresos, como las cooperativas y otras empresas de economía solidaria, se han dejado contaminar y, en cierto modo, también están secuestradas por los sectores de poder, dando primacía a la eficacia a favor de los funcionarios sobre la eficacia al servicio de los socios. Supeditar la eficiencia a la eficacia es lo que da legitimidad a la economía solidaria.
    EN RESUMEN, una permanente mirada retrospectiva a las fuentes primarias del humanismo cristiano, contentivo de la economía solidaria, constituye la razón fundamental de la liberación del secuestro en que nos encontramos, mientras los poderosos se ufanan de su creciente éxito.
    La peor opresión de esta época es que el dinero ha secuestrado al trabajo, entendido como el esfuerzo humano destinado a producir los bienes requeridos para elevar la calidad de vida de todas las personas. El medio más idóneo de su rescate es la economía solidaria, que enriquece a todos y no empobrece a nadie, porque es la siembra de la justicia para cosechar la paz.
    En la multiplicación y repartición de los bienes Jesús lo expresa muy bien (Jn 6), basta un verso para entender la espiritualidad de la economía solidaria: “Cuando quedaron satisfechos dice a sus discípulos: Recojan los trozos que han sobrado, que nada se eche a perder”.
    Lo mismo hace San Pablo (Hch 20) para destacar la primacía del trabajo: “No he deseado dinero, oro ni ropa de nadie; saben por experiencia que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros”. ADH780.

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