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    Enseñanza de la Historia Dominicana



    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, sj /Instituto Superior Bonó  

    Sobre la enseñanza de la Historia Dominicana  
    El lunes 7 de septiembre anunciaba el Listín Diario con orgullo en su primera plana que el Ministro de Educación había suspendido la publicación de un libro de texto de historia de sexto grado. La decisión se había tomado a raíz de un supuesto informe científico escrito por un intelectual ultranacionalista no entendido en historia, sino en lingüística. Esta noticia, publicitada también en otros medios de comunicación dominicanos, es falsa, pues no se ha emitido ninguna suspensión; sencillamente, el libro en cuestión se había dejado de imprimir desde hacía más de un año, dado el proceso de reforma curricular actualmente en curso.
    Es de mucha preocupación que un medio de comunicación emblemático vehicule falsedades, arrastrando a los demás;  pero quizá sea más preocupante que el mismo Ministro de Educación aparezca como voz periodística de una campaña que forma parte de una agenda electoral de un grupo político de extrema derecha.
    El hecho adquiere más dramatismo después de que Raymundo González, miembro de la Academia Dominicana de la Historia y profesor del Instituto Superior Bonó, envió dos largas cartas a ese medio de comunicación para responder con amplios y fundados argumentos la cantidad de errores y despropósitos del referido informe del supuesto especialista. Renunciando a la racionalidad, el Listín Diario mantuvo su posición propagandística, saludando posteriormente con satisfacción la supuesta retirada del libro.  En ese sentido, es de lamentar que el Ministerio no saliera a desmentir el uso de la voz de su principal funcionario para apoyar la campaña ultranacionalista. Por eso, hasta el día de hoy, reina una profunda confusión en la opinión pública dominicana sobre lo sucedido y lo que sucederá con la enseñanza de la historia en el sistema educativo nacional.
    Podrían destacarse dos aspectos a tomar en cuenta en este vendaval desatado por un celo nacionalista desordenado. Estos aspectos tienen que ver con el Pacto Educativo firmado en abril de 2014 por los actores principales de la educación dominicana: 1) la despolitización y la cientificidad del sistema educativo; 2) la enseñanza razonable de la historia a la altura de los tiempos actuales.

    1) La despolitización y la cientificidad del sistema educativo
    El actual ministro de educación no es educador; fue designado fundamentalmente para realizar el ingente trabajo de sembrar de planteles educativos todo el territorio nacional. La ideología que sostiene este plan atropellado de construcción de planteles es que el gobierno cumple así con el gasto del 4% del PBI para educación preuniversitaria, respondiendo con hechos tangibles a la gran demanda ciudadana de hace unos años y a su promesa de campaña. El acelerado plan de construcción se justifica además porque estos planteles escolares servirán para implementar la tanda extendida a nivel nacional.  No es el lugar para evaluar este proceso de un ministerio de educación convertido en ministerio de obras públicas; pero se sabe a través de diversos observatorios que el mismo está lleno de lagunas y que no se sabe aún cómo se implementará de manera eficiente la tanda extendida.
    En reuniones con equipos técnicos de la reforma curricular, el Ministro ha manifestado su desaprobación de la campaña en torno al libro de historia supuestamente retirado. Hubiera sido conveniente que esa posición se hubiera hecho pública de manera instructiva, desarrollando sopesados argumentos, pues por esta vía de creación de opinión pública también se cumple con la tarea educativa, la cual consiste, entre otras cosas, en formar personalidades democráticas. Los medios de comunicación de masas tienen gran influencia en la configuración de las mentalidades contemporáneas.
    En este tenor, puede formularse la siguiente pregunta: ¿por qué el MINERD no ha sido más claro ante la opinión pública para orientar acerca de la enseñanza de la historia que conviene al pueblo dominicano en el siglo XXI? La respuesta parece apuntar a la actividad político partidaria. Estamos en etapa preelectoral y en momentos como este predomina el deseo de quedar bien con todo el mundo. El afán de construir planteles escolares en todo el territorio nacional no se ha visto acompañado del mismo ímpetu para finalizar la reforma curricular, tarea que implica un profundo debate social.
    Para que un ministerio de educación pueda cumplir con su tarea en temas históricos, tendría que reunir previamente a sus técnicos sobre el asunto y organizar consultas y campañas educativas claras y bien fundadas, tomando en cuenta el estado actual de las ciencias sociales. Así se garantiza que la formación de la conciencia de las personas se hará de acuerdo a las prácticas científicas actuales en ciencias sociales, no de acuerdo a las expectativas electorales. En el caso que nos ocupa, dicho trabajo científico ha sido en buena medida realizado por el historiador dominicano Raymundo González en la citada carta dirigida al Listín Diario. A la carta de respuesta de González se pueden añadir los artículos de otros intelectuales dominicanos que han terciado en el debate.
    El Ministro ha anunciado que se constituirá una comisión de la Academia Dominicana de la Historia para presidir la sustitución o reformulación de los libros de texto de historia. La medida es correcta desde el punto de vista estatal; pero desde el punto de vista social, sería bueno tomar en cuenta las investigaciones en ciencias sociales de sectores no oficialistas, que visibilicen voces acalladas por la historia oficial. También será importante volver a discutir el tema de la participación privada en la confección de los libros de texto y el uso de dichos libros de texto en el aula.

    2) Enseñar historia a la altura de los tiempos actuales
    La investigación histórica dominicana que prevalece hasta hoy en día corresponde a lo que se llama “historia de los grandes acontecimientos”. Es la historia que, a través de su escritura, pinta héroes patrios divinizados y establece determinadas fechas para decir que la historia de la sociedad estudiada giró para siempre en ese momento (como por ejemplo, el 12 de octubre, “Día de la raza”). Esta manera de escribir la historia no comprende cabalmente lo sucedido en el pasado, sino que agranda determinados hechos que concibe como fundamentales y decisivos. Como consecuencia de esta operación, la vida cotidiana de la población estudiada desaparece del horizonte de comprensión del presente y se olvida que los procesos colectivos toman décadas para sufrir transformaciones radicales.
    La historia como narración de grandes acontecimientos tiene tres defectos importantes: 1) ofrece una interpretación única del pasado, muy ingenua, la cual consagra como protagonistas del proceso histórico del país a los sectores sociales que controlan la sociedad en el presente; 2) fija esa interpretación como oficial y denigra toda investigación que vaya en su contra, declarándola como “traidora de la patria”; 3) crea un discurso lleno de odio contra el extranjero, sobre todo contra aquellos de quienes supuestamente se independizó la sociedad en cuestión. Es el tipo de historia con la que se escriben todas las historias patrias modernas en el mundo entero.
    En las ambiguas declaraciones del Ministro de educación sobre la supuesta suspensión del libro, se leen en la prensa dominicana estas palabras, fechadas igualmente el 7 de septiembre de 2015: “La revisión y actualización curricular nos legará los nuevos libros de texto de la educación dominicana, los que deberán reflejar los avances de la ciencia y la cultura y ser fieles a la verdad histórica”. Al Ministro habría que preguntarle: primero, qué entiende por “verdad histórica”; segundo, por qué en su enunciado coloca la ciencia en primer lugar y, tercero, por qué solo habría que hablar de los avances y no de las amenazas e imposiciones que se hacen en nombre del progreso tecno-científico. En estas pocas palabras citadas se evidencia que el Ministro presupone una concepción positivista de la historia, que es la concepción de las élites latinoamericanas, predominante desde fines del siglo XIX. Esta concepción supone que la ciencia es lo que hace avanzar la humanidad, descalificando las sabidurías populares y minimizando las relaciones de opresión social.
    La historia que debemos enseñar hoy debe de ser más reflexiva, es decir, debe de tomar en cuenta los límites de toda actividad humana. Ningún historiador o historiadora podrá decir que tiene total certeza de lo que sucedió en un momento dado de la historia. En consecuencia, tampoco podrá decir que tiene la verdadera interpretación de los acontecimientos del pasado. La escritura de la historia abre sencillamente perspectivas interpretativas. El proceso de enseñanza-aprendizaje deberá de estar orientado a posicionarse razonablemente sobre las distintas interpretaciones si es que quiere estar a la altura de las ciencias sociales contemporáneas. Para ello, deberá superar la idea de que el libro de texto lo es todo y ofrecer una multiplicidad de recursos pedagógicos que desarrollen el pensamiento crítico del estudiantado, signo por excelencia de la racionalidad. Dicho pensamiento crítico no es sinónimo de despotricar e insultar a quien no piensa como uno, sino una capacidad cognoscitiva que implica muchas cosas: comparar, validar, sopesar, aplicar, estimar, etc.
    Entre las figuras de la racionalidad se encuentra la ética. Un uso de la historia para sembrar odio y alimentar un nacionalismo violento es contrario a la racionalidad, porque no es consonante con una reflexión ética prudente, es decir, una reflexión ética que considere cuidadosamente la diversidad de implicaciones de toda acción humana. En pocas y sentenciosas palabras, la enseñanza de la historia debe de hacer a los dominicanos y dominicanas mejores personas, como miembros de la aventura humana y de la realidad cósmica, la cual a todos y todas nos iguala y nos distingue, al mismo tiempo, en misteriosa armonía. ADH 795.

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