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    Acoger la Palabra

    Valor del Mes | P. Juan Tomás García, msc


    Acoger la Palabra  

     “Hágase en mi según tu palabra (Lucas 1,38)

    El valor a promover este año es, “Un pueblo discípulo misionero de Jesucristo que escucha, medita y vive la Palabra e Dios”. Con el lema, “Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11, 28), iremos profundizando los aspectos concretos de la escucha y la práctica de la Palabra de Dios.
    Iniciamos el año reconociendo el valor de acoger la palabra de Dios, inspirados por la acogida que le dio María al anuncio del Ángel, “hágase en mi según su palabra” de Lc 1,38. Acoger la palabra es disponerse a dejarse transformar por ella de acuerdo con la voluntad de Dios, abrirse al don de Dios que siempre favorece a sus hijos e hijas. Cuando fundamentamos nuestras vidas, nuestras decisiones y todas nuestras acciones en la palabra de Dios, en el Evangelio, todo resulta beneficioso.

    Palabra de Dios que transforma las comunidades
    Acogiendo la Palabra con determinación y humildad, nuestras familias y comunidades cristianas se transformarán visiblemente en espacios que fomentan la «ternura maternal» hacia todos sus miembros, cuidando el calor humano en sus relaciones con todos. Unas comunidades de brazos abiertos, que no rechazan ni condenan, sino que acogen y encuentran un lugar adecuado para cada uno y cada una; que proclaman con alegría la grandeza de Dios y su misericordia también con las generaciones actuales y futuras; que se convierten en signo de esperanza por su capacidad de dar y transmitir vida; que saben decir «sí» al mensaje de Dios sin saber muy bien a dónde les llevará su obediencia; que como María, siempre a la escucha de la Palabra de Dios y dispuestas a acogerla;  preocupada por la felicidad de todos los que «no tienen vino» para celebrar la vida; que anuncia la hora de la mujer y promueve con gozo su dignidad, responsabilidad y creatividad femenina…
    Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas. Nos hace falta acoger, como María y tantos cristianos en la historia de la Iglesia, la frescura original y transformadora del Evangelio.

    La Palabra es alimento para el camino
    Los cristianos somos, antes que nada, seguidores de Jesús. Esto significa creer en Jesucristo, entrar por su «camino» siguiendo sus pasos. Un «camino nuevo y vivo». Un camino inaugurado por Él para nosotros (Heb 10, 20). Este camino cristiano es un recorrido que se va haciendo paso a paso a lo largo de toda la vida. A veces parece sencillo y llano, otras duro y difícil. En el camino hay momentos de seguridad y gozo, también horas de cansancio y desaliento. Caminar tras las huellas de Jesús es dar pasos, tomar decisiones, superar obstáculos, abandonar sendas equivocadas, descubrir horizontes nuevos ... Somos llamados a esforzarnos por recorrer este camino «con los ojos fijos en Jesús», solo él es «el que inicia y consuma la fe» (Heb 12, 2). ¿Cómo explicar la mediocridad espiritual que padecemos los cristianos de nuestra época? Probablemente la causa principal esté en la ausencia de adhesión vital a Jesucristo. Muchos cristianos no conocen la energía dinamizadora que se encierra en Jesús cuando es vivido y seguido por sus discípulos desde un contacto íntimo y vital con él, a través de la escucha y práctica de su palabra.

    “Nos hace falta acoger, como María y tantos cristianos en la historia de la Iglesia, la frescura original y transformadora del Evangelio


    Acoger la Palabra en comunidad
    Las comunidades cristianas no sospechan la transformación que hoy mismo se produciría en ellas si la persona concreta de Jesús y su Evangelio ocuparan el centro de su vida. Hemos de esforzarnos por poner el relato de Jesús en el corazón de nuestra práctica de fe y en el centro de las comunidades cristianas. Necesitamos fijar nuestra mirada en su rostro, sintonizar con su vida concreta, acoger el Espíritu que lo anima, seguir su trayectoria de entrega al reino de Dios hasta la muerte y dejarnos transformar por su resurrección. Para todo ello, nada nos puede ayudar más que adentrarnos en la Sagrada Escritura. La experiencia de escuchar y acoger juntos los evangelios se convierte entonces en la fuerza más poderosa que posee una comunidad para su transformación. En ese contacto vivo con el relato de Jesús, los creyentes recibimos luz y fuerza para reproducir hoy su estilo de vida y para abrir nuevos caminos al proyecto del reino de Dios.

    Jesús es la voz de Dios: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

    Si escuchamos la palabra de Dios con fe sencilla, nos ayudará a creer en Jesús de manera más profunda. «La Palabra de Dios se ha hecho carne». Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne. Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que sólo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que la puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida. Esta Palabra de Dios «ha acampado entre nosotros». Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontrarnos con él, no tenemos que salir del mundo, sino acercarnos a Jesús. Para conocerlo hay que sintonizar con Jesús, comulgar con él. Sólo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Sólo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro cuando acogemos su palabra y aprendemos de él. ADH 830.

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