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    Iglesia Católica y Democracia

    Pablo Mella, sj | pablomellasj@bono.edu.do 



    Iglesia Católica y Democracia
    A propósito del sermón de las 7 palabras
    Ya constituye una tradición dominicana el «sermón de las 7 palabras», sobre todo el que se lleva a cabo en la Catedral de Santo Domingo. La pieza de oratoria sacra es utilizada para actualizar el significado de la Pasión de Cristo. Como hilo conductor, se utilizan las siete palabras pronunciadas por Jesús según consta en los cuatro evangelios. Sacadas de su contexto directo, estas frases se prestan fácilmente a diversas interpretaciones, sobre todo con fines moralizadores.
    No es el caso reflexionar en este momento cómo se debe de hacer esta actualización. Queremos señalar que, en el caso dominicano, la actualización se hace muchas veces desde una lectura de la realidad nacional, sobre todo política. Los medios de comunicación, sin grandes noticias aparentes en un Viernes Santo no laborable, dan cobertura al sermón y están a la espera de alguna frase profética para poder construir un buen titular.
    En este año 2019, el sermón de las 7 palabras de la Catedral causó un gran revuelo, porque se entendió que la Iglesia, en bloque, se oponía a la reelección del actual mandatario. La voz de los sacerdotes tuvo mucha similitud (sin haberse combinado previamente) e impactó a la opinión pública dominicana. Además, alguna de estas voces retomaba una entrevista televisiva del arzobispo en que se advertía que de no respetarse la división de los poderes en el país, se corría el riesgo de caer en dictadura. Voceros del actual gobierno respondieron atacando la autoridad de la iglesia de manera torpe, por lo que luego debieron ajustar su estrategia comunicativa.
    La visita posterior del arzobispo de Santo Domingo al Palacio Nacional, junto a dos de sus obispos auxiliares, impactó igualmente la opinión pública. Esta vez, en sentido negativo. Se ha leído el hecho como que las autoridades de la Iglesia católica han pactado nuevamente con el poder político a cambio de prebendas.
    Ya que el ambiente preelectoral está encendido (violando una vez más la ley electoral) y los ánimos muy caldeados, propongo hacer una reflexión teológico-pastoral sobre el papel de la Iglesia católica en la construcción de la democracia, tomando en cuenta en que nos encontramos en una sociedad postsecular, marcada por el pluralismo ideológico.
    1)     Interpretar la frase “den al César lo que es del César”
    Como toda reflexión eclesial, esta también debe partir de un análisis de la Biblia, tenida por los creyentes como Palabra de Dios. El texto clave es el dicho de Jesús, tantas veces citado: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 15-21 y paralelos: Mc 12, 13-17; Lc 20, 20-26).
    Estas palabras de Jesús se pueden interpretar básicamente de tres maneras diferentes. Nos quedamos con la tercera, que es más consonante con la tradición de la Iglesia:
    -Total exclusión: una cosa es la política, otra cosa es lo religioso; la religión no tiene nada que ver con lo político. Esta interpretación excluyente negaría la encarnación y presupondría una división de las esferas sociales impensable para la época en que vivió Jesús. En la Antigüedad, todo era religioso. La separación de esferas es una convicción moderna, como ha mostrado la sociología, sobre todo Max Weber.
    -Total sumisión de lo político a lo religioso: se trata de la llamada teoría de los dos reinos o de las dos espadas. Según esta doctrina, el poder político debe someterse al poder religioso, representado por los jerarcas de la Iglesia, sobre todo el Papa. A esto se le conocería luego como régimen de cristiandad. El teólogo Pablo Richard lo ha explicado así: «en un Régimen de Cristiandad la Iglesia procura asegurar su presencia y expandir su poder en la sociedad utilizando antes de todo la mediación del Estado». ¿Propone el dicho de Jesús un régimen de cristiandad? No, pues no habla de dar a la Iglesia ni a su jerarquía lo que es de la Iglesia, sino de dar a Dios lo que es de Dios. En otra parte afirma el evangelista Mateo que el dar a Dios lo que le pertenece no es otra cosa que la búsqueda de la  justicia (“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se les dará por añadidura”).
    -Denuncia profética del poder: La tercera interpretación entiende que la frase de Jesús pertenece al registro profético. Su función es desdivinizar el poder político. Los reyes en la Antigüedad, (y más los césares de Roma), se consideraban divinos. Recordar que por esta razón fue perseguida la Iglesia primitiva: por no prestar culto al César. De esto se ocupa el apocalipsis. El contexto de la frase no es formalmente político, no es construir una teología del poder, sino sobre si se debe o no pagar el impuesto. Y la respuesta es sí, con tal de que no se confunda ese pago con todo lo referente al César. Y una vez dada la respuesta, el texto no ofrece más explicaciones.
    Otro texto, esta vez de san Pablo, aborda el mismo tema, el pago del impuesto a Roma: Rom 13, 1. 5-7. Aunque no lo parezca la respuesta es la misma, pero la situación eclesial cambia. Este texto comienza así: “Todos deben someterse a las autoridades constituidas, porque no hay autoridad que no provenga de Dios y las que existen han sido establecidas por él… Es necesario someterse a la autoridad, no solo por temor al castigo sino por deber de conciencia”. Y concluye: “Den a cada uno lo que le corresponde: al que se debe impuesto, impuesto… al que se debe respeto, respeto;  y honor a quien le es debido”.
    Parecería que san Pablo llama a la sumisión total a partir de una divinización de la autoridad. Pero se observan dos cosas que matizan la afirmación. La sumisión se hace “por deber de conciencia”, lo que se opone a “temor al castigo”. Y luego se aclara que “los funcionarios están al servicio de Dios”. Se trata de un oficio de ordenamiento social, que debe de estar igualmente sujeto a la justicia divina.
    Puede decirse que estamos ante un texto conciliador. La Iglesia ya está siendo perseguida como minoría y no debe llamar la atención. Sin embargo, la línea profética del dicho de Jesús se conserva. La dimensión política no es absoluta; el impuesto se paga… pero igualmente se debe respetar a quien se debe respeto.
    En resumen: del Nuevo Testamento no se puede sacar una teología política completa. La Iglesia debió ajustar desde un inicio su reflexión sobre cómo relacionarse con el poder político. Conclusión: el tema queda reservado al discernimiento histórico de la misma Iglesia, que, desde una perspectiva creyente, es asistida por el Espíritu Santo.
    2. La democracia en la doctrina social de la Iglesia
    La democracia aparece citada entre los principios de la doctrina social de la Iglesia, asociada a la noción de participación. Debemos recordar que cuando se habla de principios, uno no excluye al otro, sino que todos deben de colaborar. Estos son los principios de la doctrina social de la Iglesia: bien común, destino universal de los bienes, principio de subsidariedad, participación y solidaridad. En los números 190 y 191 del Compendio de la doctrina social de la Iglesia se resumen los aspectos éticos de la relación entre la Iglesia y la democracia.

    b) Participación y democracia
    190 La participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia. El gobierno democrático, en efecto, se define a partir de la atribución, por parte del pueblo, de poderes y funciones, que deben ejercitarse en su nombre, por su cuenta y a su favor; es evidente, pues, que toda democracia debe ser participativa. Lo cual comporta que los diversos sujetos de la comunidad civil, en cualquiera de sus niveles, sean informados, escuchados e implicados en el ejercicio de las funciones que ésta desarrolla.
    191 La participación puede lograrse en todas las relaciones posibles entre el ciudadano y las instituciones: para ello, se debe prestar particular atención a los contextos históricos y sociales en los que la participación debería actuarse verdaderamente. La superación de los obstáculos culturales, jurídicos y sociales que con frecuencia se interponen, como verdaderas barreras, a la participación solidaria de los ciudadanos en los destinos de la propia comunidad, requiere una obra informativa y educativa. Una consideración cuidadosa merecen, en este sentido, todas las posturas que llevan al ciudadano a formas de participación insuficientes o incorrectas, y al difundido desinterés por todo lo que concierne a la esfera de la vida social y política: piénsese, por ejemplo (…) en la praxis de limitarse a la expresión de la opción electoral, llegando aun en muchos casos, a abstenerse.

    El Compendio pasa luego, en el capítulo octavo, a reflexionar sobre la comunidad política. En el apartado IV, se ocupa concretamente de “El sistema de la democracia”, abordando los siguientes puntos: los valores y la democracia; instituciones y democracia; el componente moral de la representación política e información y democracia
    El contenido es muy rico. Escojo solo el número 406, que es el que más se acerca al tema que abordamos esta vez, a saber, la reacción que causó el sermón de las 7 palabras en la opinión pública dominicana:
    406 Un juicio explícito y articulado sobre la democracia está contenido en la encíclica « Centesimus annus »: « La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la “subjetividad” de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad ».

    Cabe subrayar lo siguiente: el sistema democrático es aquel donde el pueblo puede manifestarse y participar y tener un real control sobre los gobernantes; igualmente, se trata de una organización estatal que garantiza los derechos de todo el mundo. Esto parece deficitario en estos momentos en RD.
    Actualmente existe un discurso formal democrático; pero prácticas partidarias antidemocráticas. La Iglesia católica tiene la responsabilidad de participar en la construcción democrática, pero renunciando a crear un régimen de cristiandad.
    Reflexiones conclusivas: la iglesia y la democracia dominicana
    Antes de abordar este punto conclusivo, conviene dejar claro que la Iglesia no tiene que ser una democracia para poder hablar de democracia. La democracia es una forma de gobierno político, es decir, una propuesta para las prácticas estatales. La Iglesia no es un Estado. La Iglesia es una comunidad de fe. Es verdad que existe un Estado del Vaticano o Ciudad del Vaticano, pero eso no siempre ha existido y no tiene por qué existir para siempre. Fue una salida histórica a un problema histórico del país que hoy conocemos como Italia: el momento en que se desintegraron los Estados Pontificios. La Ciudad del Vaticano no tiene ni siquiera medio kilómetro cuadrado (0.44 km2). Son 4 hectáreas, es decir, cuatro cuadras. Esta curiosa figura política le permite a la Iglesia católica enfrentar el cesaropapismo (el control político de la religión) y servir de interlocutor moral a escala internacional. Si se quiere, el Vaticano es más bien una monarquía no hereditaria, electoral, que es otra forma de gobierno. Vale la pena insistir: desde la filosofía, el tema de la democracia se inscribe en las formas de gobierno estatales.
    Entiendo que el papel de la Iglesia en la situación actual dominicana es comprometerse con reforzar las formas organizativas de la sociedad, en seguir apostando por una educación crítica, en denunciar los malos funcionamientos del Estado y reconocer cuando el trabajo se hace bien, colaborando para que así sea. La Iglesia no tiene que restringirse a la sacristía o a los grupos de oración, como se plantea desde un secularismo extremo, hoy superado. Tampoco tiene que convertirse en partido político. Sencillamente, debe ejercer responsablemente la ciudadanía, en apego a la Constitución, velando por la división de los poderes, y buscando crear condiciones para que se persiga la corrupción estatal. ¿Quién dirá en su sensatez que esto no es debido? El problema viene cuando el dedo apunta claramente a alguien como culpable, con nombre y apellido. ADH 835



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