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    El trajecito blanco

    Casa de Luz | Juan Rafael Pacheco  


    El trajecito blanco

    En la escuela hicieron un concurso. El primer premio: un precioso juego de té. Todas querían ganar, resultando ganadora Paulita. Sumamente feliz lo enseñó a su mamá.

    Ese sábado, Gloria, su mejor amiguita, vino justo cuando Paulita salía con su mamá. Le pidió le dejara el juego para jugar en el jardín, resistiéndose Paulita, cediendo finalmente ante su insistencia, recomendándole cuidárselo mucho.

    Al regresar, la gran sorpresa. Todas las piezas tiradas por el suelo, faltaban tazas y platos, y la bandeja rota.

    Sumamente enojada, lloró desesperadamente: “¿Te fijas? Yo no quería prestárselo y fíjate lo que me hizo ¡lo rompió y lo dejó tirado en el patio! ¡Ya verás lo que le voy a hacer!”

    Estaba hecha una rabia, completamente fuera de control. La mamá se la sentó en las piernas. Con mucho cariño le fue pasando la mano, mientras le recordaba el día aquel en que Paulita había estrenado su trajecito blanco, y un carro la salpicó de lodo de arriba abajo.

    “¿Recuerdas, mi amor, que querías lavarlo inmediatamente, pero tu abuelita no te dejó, diciéndote que había que dejar que el barro se secara, porque así seria más fácil sacar la mancha? Ahora pasa exactamente lo mismo. Es preferible dejar que primero  la ira se seque, que después será más fácil resolverlo todo. Si vas ahora, podrías decir cosas que hieran grandemente a tu amiguita, y hasta podrían perder la amistad. Créeme que luego te arrepentirías.”

    Paulita estaba tan molesta que ni entendió lo que la mamá le decía, ya que lo que quería era ir a reclamarle a Gloria. Finalmente accedió y se sentó a ver televisión.

    Al rato sonó el timbre. Era Gloria.  Traía en sus manos un regalo bellamente envuelto con un gran lazo, y entregándoselo a Paulita le dijo: “¿Te acuerdas del niño malcriado que vive en la otra calle, el que siempre nos está molestando? Pues no bien ustedes salieron, vino insistiendo en querer jugar conmigo. No lo dejé porque sabía que no iba a cuidar tu juego. ¿Y sabes lo que hizo? Me lo arrebató de las manos y lo desbarató. Llorando se lo conté a mi mamá.  Ella me calmó y fuimos a comprar otro juego igualito, aquí está. ¿Estás brava conmigo? ¡No fue culpa mía!”, Paulita le dijo: “Eso no es nada, no te mortifiques. ¡Mi ira ya se secó!” Le dio un abrazo apretado, y de manos cogidas fueron a su cuarto, contándole la historia de aquel vestidito blanco que una vez se ensució de lodo.

    No podemos dejarnos llevar de nuestros primeros impulsos. Personas hay, muchas, muchísimas, que fácilmente reaccionan violentamente al más mínimo contratiempo, y no se dan tiempo de digerir lo que les ha sucedido o lo que le están diciendo, porque no tienen oído de escucha, tan importante antes de tomar decisiones. Precisamente lo que Salomón le pidió de regalo a Dios cuando lo hizo rey de su pueblo.

    Paz, calma, tranquilidad.  Respira, oye, y luego actúa.  Y si puedes posponer la actuación para seguir conversándolo luego, muchísimo mejor.

    Importante partir de la base de que el otro no quiere molestarte, no quiere hacerte daño, y que lo que te está diciendo es por tu propio bien.  Date tiempo para entenderlo. 

    Deja que se seque tu ira.

    Bendiciones y paz. ADH 837

    Mis cuentos aparecen publicados en Catholic.net
    Este cuento aparece publicado en la página 103 de mi libro “¡Descúbrete! Historias y cuentos para ser feliz”. Disponible en Librerías Paulinas, La Sirena y Librería Cuesta.

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