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    domingo, 1 de diciembre de 2019

    Esperamos al Salvador

    Espiritualidad Litúrgica | Roberto Núñez, msc  


    Esperamos al Salvador

    «Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación» (Prefacio I de Adviento).

    Al iniciar este último mes del año, empezamos el tiempo de Adviento y el nuevo Año Litúrgico (Ciclo A). El Adviento es tiempo privilegiado de preparación a la Navidad. Nos propone una doble mirada a la venida de Cristo: la histórica y la escatológica o al final de los tiempos.

    «Adviento evoca, ante todo, la presencia de Dios en la historia para salvarla y llevarla a la plenitud de los hijos de Dios; la presencia de un Dios que se revela en plenitud como un Dios de amor, despojado de toda apariencia de poder y de gloria.

    Junto a esta dimensión histórico-salvífica, Adviento aparece como un tiempo que privilegia la dimensión escatológica del misterio cristiano. La historia es, ciertamente, el lugar donde se revela  y realiza la salvación; pero la historia no es el lugar de la revelación y salvación totales y definitivas. Éstas sólo acontecerán más allá de esa misma historia, cuando Cristo venga al encuentro de sus elegidos para otorgarles la herencia plena y eterna que les había prometido.

    La Iglesia del Adviento vive así en la tensión de “ya pero todavía no” de la salvación, sintiéndose “ya” salvada pero “todavía” no del todo, y, por eso, celebrando y anhelando la llegada definitiva del Esposo que se convierte así en la roca inquebrantable de su esperanza».[1]

    El origen histórico del Adviento es complicado de situar. Los primeros testimonios aparecen en España, hacia el año 380, cuando el concilio de Zaragoza prescribe que había que frecuentar la iglesia desde el 17 de diciembre hasta la Epifanía. En el siglo V, Perpetuo de Tours prescribe un ayuno de tres días por semana desde la fiesta de San Martín (11 de diciembre) hasta la Navidad. En Roma viene a  conocerse ya entrado el siglo VII, el cual duraba cuatro semanas, mientras que en Milán duraba seis semanas. Entre finales del siglo VIII  e inicios del IX, se estableció el tiempo definitivo de cuatro semanas.

    El Adviento encierra un rico contenido teológico, se considera todo el misterio, desde la entrada del Señor en la historia hasta su final. Los diferentes aspectos del misterio se remiten unos a otros y se fusionan en una admirable unidad. Se evoca la dimensión histórico-sacramental de la salvación. Dios se revela en la historia, donde vino en plenitud para salvar la humanidad en Jesús de Nazaret, en quien se revela el rostro del Padre (cf Jn 14,9). Y se evidencia con fuerza la dimensión escatológica del misterio cristiano. Dios nos ha destinado a la salvación, que se revelará al final de los tiempos. La historia es el lugar del cumplimiento de las promesas, las cuales se orientan hacia el día del Señor.
    En su dimensión espiritual, el Adviento es un llamado a vivir algunas actitudes esenciales del cristianismo: la espera vigilante y gozosa, la esperanza, la conversión, la pobreza. Decimos algo de cada una de estas actitudes:

    Espera vigilante y gozosa. Debe caracterizar al cristiano y a la Iglesia, porque el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, el cual ha manifestado toda su fidelidad en Cristo. Resuena la voz del profeta Isaías, reavivando la esperanza, cumplida ya en Cristo y esperada en la plenitud con el grito y suspiro: “Ven, Señor Jesús”. Esta espera está acompañada con la invitación a la alegría. Esperamos con gozo, porque lo que se espera sucederá con toda seguridad. Dios es fiel.

    La esperanza. El Dios que revela Jesús, es el “Dios de la esperanza” (Rom 15,13). La Iglesia vive  en la esperanza su existencia como gracia de Cristo, total y exclusivamente anclada en la palabra del Evangelio.

    Conversión. No hay posibilidad de esperanza y de alegría sin volver al Señor con todo el corazón en la esperanza de su retorno. Exige sobriedad y oración continua: “sean sobrios, velen y oren” (1Pd 5,8).
    Pobreza. Entendida en sentido bíblico. Aquel que se confía en Dios y se apoya confiadamente en Él. Mansos y humildes, teniendo como disposición fundamental la humildad, el temor de Dios y la fe. ADH 840



    [1] abad, j. a. Adviento, en Diccionario del agente de pastoral litúrgica. Monte Carmelo, Burgos 2003. p. 18.

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