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    Elecciones dominicanas 2020

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella, sj / Instituto Superior Bonó


    Elecciones dominicanas 2020: participación y compromiso
    Con motivo de la Carta pastoral de los obispos

    Una vez más, con motivo de la festividad de Nuestra Señora de la Altagracia, los obispos dominicanos han dirigido una carta pastoral a los miembros de la Iglesia católica, pero también a todos los dominicanos de buena voluntad.

    Para el 21 de enero 2020 redactaron un mensaje que se enmarca dentro de la doctrina social de la Iglesia. El documento reflexiona sobre las elecciones de este año a la luz de los principios éticos fundamentales que se desprenden de una visión cristiana del mundo. A nosotros nos puede servir de ayuda evidenciar y analizar los supuestos que guían de manera implícita las palabras de los obispos. En este análisis se delineará la silueta de una Iglesia para nuestros tiempos y del camino a seguir para la construcción de la democracia.

    1.              La Iglesia preocupada por “las cosas de este mundo”
    Los obispos salen al paso de una objeción que se escucha con cierta frecuencia en el debate público: ¿por qué la Iglesia se mete en temas políticos si de lo que se debe de ocupar son de “las cosas del cielo”?  La respuesta a esa objeción es muy sencilla para quienes han seguido a Jesucristo de cerca y de manera personal. Si los cristianos confiesan que el Hijo único de Dios tomó forma humana, quiere decir que nada de lo humano les es ajeno. Cualquier esfera de la realidad histórica es un espacio para el encuentro con Dios de acuerdo a las enseñanzas cristianas.

    Sin embargo, algo de verdad tienen quienes entienden que la Iglesia no debe meterse en política. En efecto, el objetivo constitucional de la Iglesia no es la conquista del poder civil y militar, sino anunciar a Jesucristo como salvador del mundo. Pero es justamente en ese proceso de anunciar a Jesús que se topa con esa esfera de la actividad humana que tantas energías convoca y consume: la esfera política. Jesús también pasó por este trance (Mc 10, 41-45; Lc 13, 31-33), pero no por ello se le recuerda en la historia de la humanidad como un líder político. El papel de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Jesús, no es poner y quitar autoridades gubernamentales, sino aclarar las cualidades de una actividad política que responda a lo anunciado por Jesucristo con sus hechos y palabras como señales del Reino de los Cielos.

    Dentro de los registros del habla humana hay uno que se encarga de discernir lo que debe hacerse de lo que debe evitarse y exponer las razones que justifican esas distinciones. A esta manera de hablar se le llama ética o moral. El mensaje de los obispos se mueve en este terreno y por eso está dirigido a todo ser humano de buena voluntad, no solo a los cristianos que pertenecen a la Iglesia. En palabras de los propios obispos: “A quienes cuestionan el derecho de la Iglesia a opinar sobre temas políticos o sobre los procesos electorales aclaramos que, como dominicanos y pastores de este pueblo, nos preocupa todo lo referente al ser humano, especialmente aquellas situaciones que atentan contra la dignidad y la paz” (Carta pastoral 2020, n. 14).

    2.              Moral y política
    El otro presupuesto importante de la carta pastoral reside en la convicción de que una actividad política sin moral está condenada a no cumplir sus propósitos, a saber, administrar el bien común. Sin embargo, este no es el modo de pensar que prevalece en aquellos que se dedican formalmente a la política en suelo dominicano.

    En efecto, muchas personas que se dedican a la política parten del presupuesto opuesto: la política es el espacio de la mera estrategia, de las prácticas oscuras y de los bajos instintos. Lo importante es obtener el poder y no importan los medios que se usen para este propósito.
    La argumentación de los obispos a este respecto se encuentra en el número 15 de la Carta: “El aniquilamiento de la ética marca el paso hacia el uso degradante del poder, a la explotación y a los abusos por parte de quienes ocupan los primeros puestos, y al arrinconamiento de una clase desposeída a la que solo le asiste el derecho a consentir. Esa masa sufrida y condenada injustamente a vivir en la periferia solo es tomada en cuenta, en no pocas ocasiones por los líderes políticos, únicamente como instrumento para acceder y mantenerse en el poder. Tal ejercicio demanda reclamar a quienes pretenden dirigir los destinos del país reconocer la dignidad de toda persona humana como sujeto de derechos que nadie puede violar ni como grupos de poder ni como salvaguardas del orden público”.

    3.              Distinguir, sin separar, política y moral, democracia y elecciones
    Al leer el documento de los obispos se descubre un esfuerzo por distinguir la actividad política del acto moral, y el compromiso democrático de la participación electoral. Pero esta distinción no los lleva a una separación, como si estas realidades no tuvieran que ver una con la otra.

    Formalmente, la política es la actividad humana dirigida al control de la esfera pública a través de cargos oficiales de mando y de decisiones en el aparato estatal. Ya ha quedado claro que si se ejercen estos cargos sin apego a principios morales fundamentales, acabarán por perderse sus propósitos. Sobre este punto los obispos advierten lo siguiente: “La política no puede estar al margen de la moral si no quiere convertirse en una de las más nefastas actividades por sus implicaciones para la sociedad. Consideramos que en estos momentos es necesario recordar principios esenciales de la ética que no pueden ser ignorados, especialmente por aquellos que aspiran a cargos ejecutivos” (Carta pastoral 2020, n. 3).
    Un principio moral fundamental al que remiten los obispos es el de la verdad, que en el texto aparece asociado al esfuerzo por responder a las necesidades reales de la población. Según los obispos, “sólo el apego irrestricto a la verdad motiva a los hombres a trabajar por su propia promoción y por la de los demás; a establecer relaciones justas donde puedan superarse los intereses de clases, el antagonismo que genera la lucha de poder y las desigualdades que separan a los seres humanos” (Carta pastoral 2020, n. 15). Dicho de otro modo, la mejor vacuna contra el mal gobierno es una inyección de realidad contrastada con el juicio moral.

    Ahora bien, en sociedades complejas y modernas se accede a los cargos a través de procesos electorales que conllevan muchas variables. Entre estas, está la campaña y el momento de votación. La carta de los obispos muestra fehacientemente que un buen gobierno depende de una participación equitativa y honesta en el proceso electoral. Sobre esta base los obispos llaman a los candidatos y partidos a comprometerse con el bien común, a no abusar del dinero en la campaña, a no hacer propaganda sucia contra los adversarios y, algo que se debe destacar, a extirpar la deleznable práctica de la compra y venta de los votos. Todos los actores deben participar con un alto grado de honestidad y equidad para que la institucionalidad democrática se vea reforzada.

    Por último, entre las líneas se discierne la clara distinción de la lucha por la democracia como horizonte último tanto de la acción política como de la acción moral y de la acción electoral. Pero en el mismo tenor de lo que hemos dicho, no podemos aspirar a construir la democracia si no participamos en la política de manera honesta y nos valemos de las elecciones para seleccionar las personas más idóneas al ejercicio democrático. Según los obispos, “un auténtico ejercicio democrático solo es posible en un Estado de Derecho donde predomine el imperio de la Ley por encima de interpretaciones coyunturales y acomodaticias” (Carta pastoral 2020, n. 15).
    Por eso, los obispos llaman a los distintos actores de la sociedad dominicana a trabajar por tres temas preocupantes que a su entender afectan sensiblemente la convivencia y la integridad de la vida de quienes habitan el territorio dominicano. Estos asuntos apremiantes son: la violencia, la corrupción y la debilidad de la justicia. La lucha contra estos males no se presenta como una tarea exclusiva de quienes resulten triunfantes en el certamen electoral, sino de todas las instancias que componen la sociedad dominicana. Se trata, por lo tanto, de una auténtica lucha democrática.
    En pocas palabras, los obispos nos plantean la siguiente reflexión: si queremos seguir trillando el camino de la democracia, deberemos preguntarnos si nuestras prácticas personales e institucionales alimentan o atacan la violencia, la corrupción y la práctica institucional de la justicia. ADH 842

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