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    jueves, 15 de octubre de 2020

    La espiritualidad y la media mitad de la vida

    En el Exilio | Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf)

     


    La espiritualidad y la media mitad de la vida

     

    Una misma talla de ropa no sienta bien a todos. Esto no sólo vale para la ropa, vale también para la espiritualidad. Nuestros desafíos de la vida cambian conforme crecemos. La espiritualidad no siempre ha sido del todo sensible a esto. Ciertamente, siempre hemos tenido instrucción y actividades personalizadas para niños, jóvenes y personas que están criando a niños, llevando un empleo y pagando una hipoteca, pero nunca hemos desarrollado una espiritualidad para lo que suceda cuando esos años se acaban.

     

    ¿Por qué la necesitamos? Jesús aparentemente no la tuvo. No tuvo una serie de enseñanzas para los jóvenes, otra para los de mediana edad e incluso otra para los ancianos. Él simplemente enseñó. El Sermón de la Montaña, las parábolas y su invitación a cargar con su cruz están proyectados de igual modo para todos, al margen de la edad. Pero oímos esas enseñanzas en muy diferentes momentos de nuestra vida; y una cosa es oír el Sermón de la Montaña cundo tienes siete años, otra cuando tienes veintisiete, y otra no poco diferente cuando tienes ochenta y siete. Las enseñanzas de Jesús no cambian, pero nosotros sí, y ofrecen desafíos muy específicos en diferentes momentos de nuestras vidas.

     

    La espiritualidad cristiana generalmente ha tenido presente esto, con una excepción. Excepto Jesús y algún ocasional místico, ha dejado de desarrollar una espiritualidad explícita para nuestros postreros años, en cuanto a cómo debemos ser generativos en nuestra ancianidad y cómo vayamos a morir de un modo vivificante. Pero hay una buena razón para esta laguna. Dicho simplemente, no se necesitaba, porque, hasta este último siglo, la mayoría de la gente nunca llegaba a tan avanzada edad. Por ejemplo, en Palestina, en tiempos de Jesús, el promedio de esperanza de vida era de treinta a treinta y cinco años. Hace un siglo, en los Estados Unidos, aún era menos de cincuenta años. Cuando la mayoría de la gente en el mundo moría antes de llegar a los cincuenta, no había verdadera necesidad de una espiritualidad del envejecimiento.

     

    En los Evangelios sí hay tal espiritualidad. Aun cuando murió a los treinta y tres años, Jesús nos dejó un paradigma de cómo envejecer y morir. Pero ese paradigma, mientras comunica y refuerza saludablemente la espiritualidad cristiana en general, nunca fue desarrollado más específicamente en una espiritualidad del envejecimiento (a excepción de algunos de los grandes místicos cristianos).

     

    Después de Jesús, los padres y las madres del desierto recogieron la cuestión de cómo envejecer y morir en el entramado general de su espiritualidad. Para ellos, la espiritualidad era la búsqueda para “ver el rostro de Dios”; y eso, como aclara Jesús, requiere una cosa: la pureza de corazón. Así pues, para ellos, sin importar su edad, el desafío era el mismo: intentar lograr la pureza de corazón. Después, en la edad de las persecuciones y de los primeros mártires cristianos, se fomentó la idea de que la manera ideal de envejecer y morir era a través del martirio. Más tarde, cuando los cristianos ya no eran martirizados físicamente, se mantuvo la idea de que se podía asumir un tipo voluntario de martirio al vivir los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Creían que viviéndolos, como la búsqueda de la pureza de corazón, te enseñaba todo lo que necesitabas saber, sin importar tu edad. Finalmente, esto pasó a significar que cualquiera que respondía fielmente a los deberes de su vida, independientemente de su edad, aprendería todo lo necesario para acceder a la santidad por el camino de la fidelidad. Como lo dijo un antiguo aforismo: Permanece dentro de tu celda y eso te enseñará todo lo que necesitas saber.  Entendido con propiedad, hay una espiritualidad del envejecimiento y de la muerte en estos pensamientos, pero hasta recientemente había poca necesidad de sonsacarla más explícitamente.

     

    Felizmente, hoy la situación está cambiando y estamos desarrollando, más y más, algunas espiritualidades explícitas del envejecimiento y la muerte. Quizá esto refleje una población que está envejeciendo, pero hay ahora un naciente cuerpo de literatura, religioso y secular, que está haciendo suya la cuestión del envejecimiento y la muerte. Estos autores, demasiado numerosos para mencionarlos, incluyen muchos nombres ya familiares para nosotros: Henri Nouwen, Richard Rohr, Kathleen Dowling Singh, David Brooks, Cardinal Bernardin, Michael Paul Gallagher, Joan Chittister, Parker Palmer, Marilyn Chandler McEntyre, Paul Kalanithi, Erica Jong, Kathie Roiphe, y Wilkie y Noreen Au, entre otros. Procediendo de una variedad de perspectivas, cada una de estas ofrece ideas en lo que Dios y la naturaleza proyectan para nosotros en nuestros postreros años.

     

    En esencia, aquí está el problema: hoy, estamos viviendo más y de forma más saludable en la edad avanzada. Hoy es común jubilarnos al comienzo de los sesenta después de haber criado a nuestros hijos, liberados de nuestros trabajos, y haber pagado nuestras hipotecas. Así pues, ¿qué es lo siguiente, dado que probablemente tenemos por delante veinte o treinta años más de salud y energía? ¿Para qué son estos años? ¿A qué somos llamados ahora, además de amar a nuestros nietos?  A Abrahán y Sara, en su avanzada edad, se les invitó a marchar a una nueva tierra y concebir un hijo mucho después de que esto ya era biológicamente imposible para ellos. Esa es nuestra llamada también. ¿A qué “Isaac” somos llamados a dar a luz en nuestros postreros años? Necesitamos guía.

    Publicado en www.ciudadredonda.org.

     

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