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    sábado, 12 de diciembre de 2020

    Adviento y Liturgia



    Adviento y Liturgia

    El Adviento es el tiempo litúrgico que abarca cuatro domingos hasta la Navidad con el cual se inicia el año cristiano. Si nos vamos al diccionario, la liturgia es el conjunto de prácticas establecidas que regulan el culto y las ceremonias religiosas. El adviento es un tiempo de preparación y la liturgia es la forma reglada de manifestar aspectos concretos de nuestra fe, la manifestación externa y pública del culto en comunidad.

    Este tiempo prenavideño debiera serlo para la preparación a la venida del Mesías (adventus, venida) para centrarnos en el Misterio que supone que todo un Dios se haga de condición frágil como la nuestra, sin ostentar poder ni rango alguno excepto la fuerza del amor. Pero, ¿qué debemos hacer de especial en este tiempo?  Escuchar. Se trata de hacer sitio a la Palabra mediante una especial actitud de escucha para una mejor evangelización cada uno en su entorno.

    Sobre la principal misión que tenemos, es decir, evangelizar, José Antonio Pagola recuerda que no es accidental que en el Evangelio hable en primer lugar de la curación de los enfermos antes que de la predicación del Reino de Dios. Curación en forma de convivencia más justa y solidaria; sanación de las relaciones haciéndolas más fraternas; curación de las patologías religiosas poniendo la religión al servicio del ser humano; cura de la culpabilidad ofreciendo el perdón gratuito de Dios; cura de la relación entre varones y mujeres restaurando la igualdad; liberación del miedo a la muerte desde la confianza en Dios...

    El Adviento es tiempo de esperanza, pero también de escucha que nos abra al compromiso, más aún cuando el coronavirus nos ha destrozado la existencia y está poniendo a prueba los verdaderos resortes de nuestra fe. Sin embargo, esta época del año estamos lastrados por el consumismo más materialista, apoyados confortablemente en el bombardeo por tierra, mar y aire de la publicidad para gastar y comprarlo todo.

    En este año, el Aviento litúrgico está inseparablemente unido al adviento de los miles de refugiados que vienen a nosotros y sus hermanos que somos nosotros, no les recibimos. Mansamente nos vamos olvidando del drama que tenemos ahí, en la puerta de una Europa que ha echado sus valores solidarios por la borda renunciando a visualizar los tres millones de sirios retenido en Turquía, o los sursaharianos retenidos a conveniencia de Marruecos, previo pago de la Unión Europea para que no sigan su camino hacia el cogollo europeo tan encastillado en su egoísmo.

    No podemos ningunear el Adviento pasando sin pena ni gloria por encima de estas cuatro semanas para plantarnos ante las llamadas fiestas navideñas cada vez más centradas en el gran gasto al dios Mamón mientras nos centramos en la liturgia navideña. Necesitamos abrirnos a la escucha.

    Si la Navidad ha perdido su significado, el Adviento todavía más al quedarnos con el oropel del envoltorio en lugar de centrarnos en la experiencia. Teresa de Calcuta lo expresó muy bien cuando dijo que es Navidad cada vez que sonrío a mi hermano y le ofrezco mi mano. Desde este enfoque, abiertos a lo que nos pide Dios hoy y aquí, es desde donde debemos trabajar el Adviento, unido siempre a la experiencia pascual de Cristo resucitado. La sociedad de consumo nos quiere borrar del corazón que los regalos más importantes no se pueden comprar con dinero. Y el más grande de todos, es el gran regalo de Dios dándonos a su propio Hijo. Cada nuevo Aviento navideño supone un signo de confianza de Dios en el ser humano, a pesar de nuestras contradicciones y de una fe contagiada de materialismo pagano.

    Nos encantan los fastos incluidos los litúrgicos, pero lo que nos demanda este tiempo de preparación pascual en plena crisis es centrarnos en el meollo del problema, que no es otro que arreglar nuestro interior para recibir a Jesús con la actitud que tuvo María, abierta y a la escucha, agradecidos por este inmenso regalo que debemos anunciar a otros con el amor como ejemplo; esto exige esfuerzo. Como recordaba el teólogo y poeta Ángelus Silesius: “Aunque Cristo nazca mil veces en Belén, mientras no nazca en tu corazón…” la liturgia será un signo más bien vacío, añado yo.

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