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    miércoles, 27 de enero de 2021

    Presencia entre los Pecadores

    Rincón de la Palabra | Hna. Ángela Cabrera, mdr

     


    La Misión de Jesús en Galilea: Una reflexión a partir del Evangelio de Lucas (Lucas 4,14-44; 5,1__9,62)

     

    En la Misión de Jesús: Presencia alternativa entre los pecadores (8)

     

    Referencia a los textos:

     

    “No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lucas 5,32). Esta citada frase recoge uno de los criterios centrales de la misión de Jesús. En su itinerancia misionera compartía la mesa con las personas que socialmente y religiosamente estaban desacreditadas. Este contacto con los pecadores era de las críticas más fuertes que le hacían sus opositores, como los escribas y fariseos (Lc 5,30). En la época, compartir la mesa era compartir el mismo proyecto de vida. Y de ahí venía la provocación del gesto de Jesús para aquellos que no entendían ni su persona ni su propuesta.

     

    De ahí que Jesús les argumentara: “No necesitan médicos los que están sanos, sino los que están mal” (Lc 5,31). Jesús se sitúa, entonces, como médico de las almas enfermas. Su salud absorbía las enfermedades de los débiles en la fe. Este pensamiento jesuánico es coherente con el pensamiento paulino cuando dice:

     

    “Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos; es decir que, para ganar a los que están bajo la Ley, me conduzco como alguien que está bajo la Ley —aun sin estarlo—. 21 Por otra parte, para ganar a los que están sin ley, me conduzco como alguien que está sin ley, aunque, a decir verdad, no estoy sin ley de Dios, pues vivo bajo la ley de Cristo. 22 Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos para salvar a algunos al precio que sea. 23 Y todo esto lo hago por el Evangelio, para ser partícipe del mismo. 24 Ya saben que en las carreras del estadio todos corren, pero sólo uno recibe el premio. ¡Pues corran, de manera que lo consigan! 25 Los atletas se privan de todo, y total ¡por una corona que se marchita!; nosotros, en cambio, competimos por una inmarcesible” (1Cor 9,20-25).

    Llama la atención la firmeza en la persona de Jesús, que no se deja influenciar por los pecadores, sino que los atrae hacia Él, provocando que se conviertan y crean en el Evangelio. Jesús está consciente de lo que es y claro de la misión que ha asumido, en obediencia al Padre. Vale aplicarle estas palabras suyas, a su personalidad, a la hora de comer en la mesa con los pecadores: “El hombre bueno saca lo bueno del buen tesoro del c

    orazón, y el malo, del malo saca lo malo, pues su boca habla de lo que rebosa el corazón” (Lc 6,45).

    De igual manera, en Lucas 7,36-50, se narra el episodio cuando Él está comiendo en casa de un fariseo, cuando una mujer, del pueblo, conocida por todos como pecadora:

     

    “Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar. Con sus lágrimas le humedecía los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume” (v.37-38).

     

    La paciencia de Jesús se deja sentir, ya que su discernimiento le permitía tener acceso al pensamiento de los que observaban la escena. Pero, la enseñanza de Jesús fue fantástica, pues, al a quien más se le perdona más ama (v.42-43). Esto queda demostrado, conforme a las observaciones de Jesús, en la postura de cada uno, el de la mujer reconocida públicamente como pecadora, y el fariseo:

     

     

    El fariseo

    La mujer

    Entré a tu casa y no me diste agua para los pies

    Ha humedecido mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos

    No me diste un beso

    Desde que entró no ha dejado de besarme los pies

    No me ungiste mi cabeza con aceite

    Ha ungido mis pies con perfume

     

     

    “Por eso te digo que quedan perdonados sus numerosos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra”.

     

    Espiritualidad misionera

     

    Hay que alimentar, en nosotros, los misioneros de la Palabra, una vida intensa de oración. Porque somos ligeros para descalificar, descartar, tenemos poca paciencia para esperar sin juzgar la transformación de las demás personas, y las nuestras. Ahí se mide el nivel de amor de la persona.

    Jesús es una escuela de superar los prejuicios, tachaduras, y rescatar la dignidad de las personas. Algunas veces nos sentiremos cómodos entre personas que se han iniciado en la vida cristiana, pero el gran desafío es estar entre las personas que nos resultan incómodas, porque no reúnen los criterios para ser identificados, de lejos, como hijos de Dios. Ahí hay que purgar el alma, pacientemente, para santificar y santificarnos, en el nombre de Jesús, acogiendo a todos de igual manera.

    Cuando juzgamos a los demás como pecadores, nos colocamos nosotros mismos en el espacio de los justos. Entonces jugamos a ser como dioses. Pero sólo el Señor, en su infinita bondad y misericordia tiene a su autoridad la administración de la justicia. Jesús nos abre, en el evangelio, una ventana de cómo comportarnos, y de sentirnos bien compartiendo con todas las personas, sin olvidar el objetivo de tal convivencia: atraerlos a todos para Él.

     

    ¿Qué nos provocan los textos?

     

    El Evangelio es santidad, y nada menor de ahí se encuentra entre sus líneas. De ahí que un misionero, misionera, en la escuela de Jesús, ha de vivir la experiencia de ensanchar el corazón:

    1.    ¿Qué significa ensanchar el corazón?

    2.   ¿Qué significa contemplar la bondad en los pecadores?

    3.   ¿Qué significa abrir el espacio, el corazón y la acogida para la gente que socialmente es discriminada?

    ADH 843

     

     

     

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