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    lunes, 22 de febrero de 2021

    El camino de las comunidades


    Fe y Vida | Amigo del Hogar





    El camino recorrido por los primeros 

    creyentes

     

    El ciclo litúrgico de la cuaresma se ofrece en clave de itinerario pascual. Nos vamos preparando en el trayecto de estas semanas cuaresmales para llegar a la Pascua. Por eso, no podemos entender este tiempo sin el binomio vida-muerte, muerte-resurrección. Este trayecto de preparación para el gran acontecimiento de la Pascua nos ayuda a entender que no se puede resucitar si antes no se ha muerto. Y en toda muerte está presente la vida, es decir, la resurrección.

     

    Necesitamos andar este camino de la vida recorriendo el camino de Jesús y fijarnos en el camino recorrido por los primeros creyentes y luego la Iglesia a través del tiempo. Se nos insiste en la conversión como un volvernos a Jesús, a su persona, a su proyecto. El siguiente texto de Pagola nos puede ayudar a profundizar en ese sentido.

     

    Jesús de Nazaret apareció en el pueblo judío como un personaje con rasgos propios de profeta, que, después de la muerte de Juan el Bautista, causó un fuerte impacto en la sociedad judía.  La originalidad de su mensaje y de su actuación despertó la expectación política y las esperanzas religiosas dentro de su pueblo.  Sin embargo, muy pronto se convirtió en motivo de discusiones apasionadas, fue rechazado por los sectores más influyentes de la sociedad judía y terminó su vida muy joven, ejecutado por las autoridades romanas que ocupaban el país.

     

    Jesús de Nazaret, terminado en el fracaso total ante su pueblo, los dirigentes religiosos e incluso, ante sus seguidores más cercanos, parecía estar destinado al olvido inmediato.  Sin embargo no fue así.  A los pocos días de su muerte, el círculo de sus desalentados seguidores vivió una experiencia única: aquel Jesús, crucificado por los hombres, ha sido resucitado por ese Dios al que Jesús invocaba con toda su confianza como Padre.

     

    A la luz de la resurrección, estos hombres volvieron a recordar la actuación y el mensaje de Jesús, reflexionaron sobre su vida y su muerte, y trataron de ahondar cada vez más en la personalidad de este hombre sorprendentemente resucitado por Dios.  Recogieron su palabra no como el recuerdo de un difunto que ya pasó, sino como un mensaje liberador confirmado por el mismo Dios y pronunciado ahora por alguien que vive en medio de los suyos.  Reflexionaron sobre su actuación, no para escribir una biografía destinada a satisfacer la curiosidad de las gentes sobre un gran personaje judío, sino para descubrir todo el misterio encerrado en este hombre liberado de la muerte por Dios.

     

    Empleando lenguajes diversos y conceptos procedentes de ambientes culturales diferentes, fueron expresando toda su fe en Jesús de Nazaret.  En las comunidades de origen judío reconocieron en Jesús al Mesías (el Cristo), tan esperado por el pueblo, pero en un sentido nuevo que rebasara todas las esperanzas de Israel.  Reinterpretaron su vida y su muerte desde las promesas mesiánicas que alentaban la historia de Israel.  Y fueron expresando su fe en Jesús como Cristo atribuyéndole títulos de sabor judío (Hijo de David, Hijo de Dios, Siervo de Yavé,  Sumo Sacerdote…)  En las comunidades de cultura griega, naturalmente, se expresaron de manera diferente.  vieron en Jesús al único Señor de la vida y de la muerte, reconocieron en él al único Salvador posible para el hombre y le atribuyeron títulos de sabor griego (Imagen del Dios invisible, Primogénito de toda la creación, Cabeza de todo…)

     

    De maneras diferentes, todos proclamaban una misma fe:  en este hombre Dios nos ha hablado.  No se le puede considerar como a un profeta más, portavoz de algún mensaje de Dios.  Este es la misma Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14).  En este hombre Dios ha querido compartir nuestra vida, vivir nuestros problemas, experimentar nuestra muerte y abrir una salida a la humanidad.  Este hombre no es uno más.  En Jesús, Dios se ha hecho hombre para nuestra salvación.



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