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    miércoles, 31 de marzo de 2021

    Ante la Semana Santa


    Reflexiones | Gabriel Mª Otalora/Eclesalia




    Ante la Semana Santa

     

    Entre todas las semanas del año, la más importante para los cristianos es la llamada Semana Santa, santificada precisamente por el acontecimiento que conmemoramos en la liturgia y que no es otro que el amor extremo que Cristo manifiesta a toda la humanidad, en presente continuo. La frase central para meditar durante toda a Semana Santa sería esta: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final” (Jn 13,1). Antiguamente se le conocía como “la semana grande” y la “Pascua en la cumbre” por constituir el centro y el corazón cristiano de todo el año.

     

    Hasta el Concilio de Nicea (325 d.C.), la iglesia sólo celebraba el día de la Pascua, que empezaba el sábado por la noche y concluía el domingo por la mañana, en la que se conmemoraba la liberación del pueblo israelita de la esclavitud. Por tanto, la Resurrección era lo esencial, la Buena Noticia. Luego se compensó este mensaje finalista con el de la Cruz como la consecuencia inevitable de seguir el camino de Jesús transmitiendo la Buena Noticia desde el ejemplo (evangelización).

     

    Pero la cruz del negarse a sí mismo no significa legitimar las cargas religiosas formalistas que agobian el alma (Mt 11, 29) y fomentan el miedo impidiendo la paz auténtica que viene de Dios.

     

    Podemos distinguir dos o tres cruces, según se mire. La primera es la cruz humana que se deriva de la existencia imperfecta y finita; ocasiona no pocos dolores sin que hayamos hecho nada para ello. El mundo, el planeta Tierra, no es estático, la naturaleza está viva, se transforma, ocurren terremotos, mil situaciones que pueden provocar mucho sufrimiento por causas naturales. Nuestra propia limitación humana hace el resto: vejez, enfermedades, fallos y accidentes fortuitos. A lo que hay que añadir nuestras carencias capitales: envidias, egoísmos de todo tipo, codicias, venganzas, calumnias…

     

    La segunda cruz, la verdaderamente cristiana, se puede dividir en dos: la que Jesús nos pide para seguir implantando la Buena Noticia de que Dios es Amor a través del ejemplo. Es lo que llamamos evangelizar o mostrar la Buena Noticia quitando o aliviando las cruces de los demás; ofrezco consuelo, soy compasivo y misericordioso, me pongo de parte del débil, no soy indiferente a las injusticias, perdono de corazón y me implico con amor en los sufrimientos ajenos.

     

    La otra parte de esta cruz cristiana tiene que ver con la actitud. Se trata de trabajar nuestro interior para ser luz para otros; esto supone un verdadero esfuerzo hasta el punto de que existen tiempos fuertes en la liturgia para trabajar en ello: se llaman Cuaresma, conversión, cambio de actitud para predicar con el ejemplo mediante la humildad y la oración que pide al Espíritu luz para saber qué y cómo hacer y fuerza para hacerlo en lo cotidiano; es algo exigente si queremos hacernos disponibles con amor, más allá de la filantropía. Igual que resulta exigente para el deportista modelar su cuerpo antes de competir en condiciones.

     

    La consecuencia suele ser la incomprensión e incluso la persecución: la cruz cristiana no es, en absoluto, abandonarnos en nuestros sufrimientos, sino trabajar para salir de ellos; no provocarnos dolores y sí realizar el esfuerzo por vivir de manera confiada en Dios. Tomar la Cruz de Cristo es aceptar con humildad lo que no podemos cambiar sin perder de vista los dones recibidos por Dios con actitud agradecida. Abrirnos a los demás queriéndonos mejor es el plan. Amar al prójimo “como a ti mismo” y ser egoísta son polos contrarios pues, quien se quiere sanamente se acepta y valora, mientras que mirarse el ombligo juzgando a los demás por su utilidad, se incapacita para amarse y amar a los demás. Reconozcámoslo, es más fácil hacer sacrificios con privaciones, aunque sean radicales, que ejercitarnos en el verdadero amor al prójimo, la única cruz querida por Dios.

     

    Esta es la llave para sentir verdadera alegría, plenitud interior y la paz. Y en cuento a las limitaciones sobrevenidas de la vida (enfermedades, fracasos…), Jesús nos dejó un mensaje en forma de promesa: todo lo demás se nos dará por añadidura, sin olvidar los mensajes consoladores de “pedid y se os dará” y “te basta mi gracia”.

     

    Ante la Semana Santa del coronavirus, es necesario reflexionar en oración pidiendo luz y fuerza. La fe pascual en el Resucitado alimenta nuestra esperanza sabiendo que la vida ha vencido a la cruz, cualquiera que esta sea, transformada con nuestra actitud en expresión del Amor, el verdadero protagonista de todo este acontecimiento Pascual.


    gabriel.otalora@outlook.com

    (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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