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    sábado, 27 de marzo de 2021

    El oficio de contar (I)


    Cultura | Xavier Carbonell/Corresponsal de SIGNIS

     



    El oficio de contar (I)

     

    Cuando nos enfrentamos por primera vez a un texto —cada uno es distinto y especial— aparece ante nosotros una multiplicidad extraordinaria de preguntas. De entre todas, propongo que les prestemos atención a las siguientes: ¿quién cuenta la historia?; ¿cómo se manejan el tiempo y el espacio en ella?; ¿qué son los personajes?; ¿es clasificable en algún género?; y ¿cómo nos ayuda el contexto a entender el texto? Desde luego, ante cada obra las preguntas o su prioridad serán distintas, porque cada texto encapsula un mundo único.

     

    En los artículos que componen El oficio de contar quisiera referirme a las grandes preguntas que plantean las historias. Y aunque la mayoría de ellos utilizan ejemplos de la literatura de ficción, los principios que rigen a un relato, tenga o no su referente en la vida real, son universales. Intentaré, sobre todo, sintetizar y transmitir mi experiencia como lector —¿cómo he leído estos textos, qué problemas me han presentado?—, sin abrumar a nadie con citas o dolores teóricos de cabeza. El relato de esa experiencia, mi historia personal como lector, es en realidad lo más valioso que puedo compartir con ustedes.

     

    ***

     

    En una biblioteca imaginaria, compuesta de laberintos hexagonales, un lector recorre cada estantería buscando un libro cuyas palabras tengan sentido. Muy lejos de ahí, una mujer narra una infinita cadena de relatos, para que su marido —un sanguinario sultán— le perdone la vida. Antes de que todo eso sucediera, a un héroe griego se le dio a escoger una vida larga y sin fama, o una muerte rápida, tan gloriosa que todos tendrían que hablar y escribir sobre él, y su memoria sobreviviría a través de los siglos.

     

    Si hay entre ustedes algún lector inquieto, habrá reconocido a estos personajes: el héroe griego es Aquiles, muerto en Troya hace más de tres mil años y cuya historia cuenta la Ilíada; la mujer que narra es Scherezada, que teje sin descanso Las mil y una noches; y el hombre que inventó la biblioteca hexagonal es Jorge Luis Borges, el escritor argentino que cambió nuestro modo de entender la literatura.

     

    Lo que tienen en común todas estas imágenes es cómo llevan al extremo la relación entre la vida y la literatura, cómo exploran el vínculo de las palabras con la muerte, la memoria y el sentido.

     

    Y es que, precisamente, la escritura tiene mucho que ver con estos elementos: Scherezada narra para sobrevivir; Aquiles lucha porque se conserve la memoria de su existencia y el lector de la biblioteca de Borges busca un libro, entre muchos, que tenga significado —al igual que nosotros buscamos sentido en la existencia.

     

    En otro cuento de Borges, «Las ruinas circulares», el protagonista descubre que es el sueño o la ficción de otro hombre. Al leer, se nos despierta una duda antigua: ¿y si nuestra vida es en realidad la historia que otro cuenta, una historia en la que estamos tan inmersos que hemos olvidado preguntarnos si es real? Apartemos por un momento nuestra cabeza de estos temblores metafísicos.

     

    Al fin y al cabo, si no somos reales, por lo menos los libros lo son; si nuestra vida es una ficción, que sea una ficción entretenida.

     

    Parece ser que el hombre, temeroso de que se pierda el recuerdo de su paso por la vida, buscó desde siempre medios para dejar su huella. Las historias fueron una de las maneras más antiguas de ganar esa inmortalidad, y se encarnaron en la voz, luego en formas y pinturas, y más tarde en la escritura sobre distintas superficies hasta llegar al libro y, hoy día, a la pantalla de nuestros dispositivos.

     

    Fue un viaje largo, pero qué otra opción teníamos. En el Antiguo Egipto, el dios de los escribas, Toth, promete al faraón que la escritura acabará con los problemas de la memoria. Los antiguos, que eran gente desconfiada, sabían que lo que estaba fuera de la cabeza podía desaparecer en un robo o en un incendio —como los que exterminaron, siglos después, la famosa Biblioteca de Alejandría, en la propia costa egipcia—; de modo que su respuesta al dios fue lapidaria: «la escritura no nos da las cosas, sino la sombra de las cosas».

     

    Sin embargo, la escritura prevaleció, desde los antiguos alfabetos fenicio y hebreo, hasta los caracteres griegos y latinos, que son la base de las grafías del mundo occidental. La escritura se convirtió entonces —a pesar del faraón— en la única y verdadera máquina del tiempo.

     

    Publicado en:

    http://www.signis.net/noticias/cultura/22-03-2021/el-oficio-de-contar-i

    Imagen: Unsplash/Laura Kapfer

     

     

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