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    miércoles, 31 de marzo de 2021

    Jerusalén y el cristianismo


    Religión | Xavier Pikaza





    Jerusalén y el cristianismo

     

    Jesús, la subida a Jerusalén. Jesús sube a Jerusalén anunciando la llegada del Reino de Dios que, lógicamente, debe manifestarse allí, pero de una forma distinta: con un templo sin culto sacrificial, abierto para todas las naciones, con un nuevo orden humano abierto al Reino de Dios.

     

    Jesús, Hijo de David, tenía que subir a la ciudad de su antepasado David, no para conquistarla militarmente y reinar desde ella sobre el mundo, como había hecho David, sino para instaurar allí otro Reino, fundado precisamente en los pobres y expulsados de los reinos de la tierra. El evangelio de Mateo ha entendido bien esta dinámica, al afirmar que los ciegos y cojos son los portadores de la promesa real de la ciudad (cf. Mt 21, 14; quizá en contraposición a 2 Sam 5, 6-8); ellos rodearon a Jesús en Jerusalén, que así podrá entenderse como centro de la nueva humanidad mesiánica, capital del Reino de los expulsados de la vieja historia humana (como ha sabido Ap 20).



    La ciudad se tomaba como lugar de presencia de Dios. Por eso es normal que Jesús haya allí para encontrar al Dios en cuyo nombre ha proclamado el Reino



    Así subió Jesús para iniciar el Reino de Dios, pero Pilato, delegado del emperador de Roma, le condenó a muerte, rechazando su proyecto (ser Rey de los judíos), precisamente ante las puertas de la ciudad (que debía ser “capital” de su reino). Su entrada en la ciudad había tenido un elemento mesiánico-político: vino rodeado de un grupo de amigos; pero, después, ellos parecen haberle abandonado, pues Pilato mandó matarle sólo a él, ante la ciudad, rechazando su pretensión escatológica.

     

    Jerusalén había tenido un carácter sacerdotal. Allí estaba el templo construido precisamente por el “hijo de David” (Salomón), de tal forma que la ciudad se tomaba como lugar de presencia de Dios. Por eso es normal que Jesús haya allí para encontrar al Dios en cuyo nombre ha proclamado el Reino. Eso significa que, al menos en un sentido, que Jesús ha aceptado el reto de Jerusalén con sus pretensiones teocráticas, pero las ha entendido de un modo distinto, siendo rechazado por los sacerdotes.

     

    (a) Jerusalén era ciudad del Gran Rey (cf. Mt 5, 35), en cuyo nombre actuaban los sacerdotes en el templo. Pues bien, Jesús ha subido allí, como verdadero y último representante del Dios-Rey de Jerusalén, es decir, como pretendiente mesiánico, por lo que tendrá que enfrentarse con los funcionarios sagrados del templo (como indica los pasajes donde se habla de la purificación del templo: Mc 11, 15-19 par).

     

    (b) Jerusalén es la ciudad de los sacerdotes, ante quienes presenta Jesús su mensaje. Pero no lo hará como representante de un sacerdocio más puro, en la línea de los esenios de Qumrán, o más legítimo, como los conquistadores del 67 d. C., sino desde una perspectiva no-sacerdotal, es decir, como portador “laico” de la venida del Reino (como enviado del Dios Padre, rey mesiánico). Por eso su gesto de “purificación” del templo no será un signo sacral (para instaurar un sacerdocio mejor), sino mesiánico: el templo pierde su función antigua y se convierte en casa de oración para todas las naciones.

     

    Jerusalén era la ciudad del fin del mundo, el lugar donde debía tener lugar la manifestación final de Dios. Por eso, Jesús sube y llama allí a su Padre, a fin de que instaure su Reino, en la línea del mensaje que había iniciado en Galilea. Viene porque espera en Dios y espera también, probablemente, que Dios haga que los muertos retornen a la vida, de manera que empiece así el tiempo de la resurrección final, en el entorno de Jerusalén, donde la tradición situaba el Valle de Josafat o del juicio (cf Joel 3, 2.12), como indican las tumbas que habían empezado a construir algunos judíos piadosos y ricos. En ese contexto se sitúa el famoso texto de la resurrección de los muertos, que empieza a realizarse precisamente en este mundo, conforme a Mt 27, 52-53, texto que Mateo presenta como signo de la pascua de Jesús. Estos son algunos rasgos que definen el carácter escatológico de la ciudad.

     

    Era la ciudad de la promesa, lugar donde debían venir en procesión todos de los pueblos.La tradición profética había anunciado desde antiguo una “subida” de los pueblos, que vendrían a Jerusalén, para iniciar un camino de paz y adorar a Dios en el templo, que estaría abierto para todos los pueblos (cf. Is 2, 2-4; 60, 1-12). Posiblemente, el templo en cuanto tal había perdido ya para Jesús su función sacrificial (propia de los sacerdotes), de manera que no aparecía a sus ojos como lugar de sacrificios de animales y de un culto especial de los judíos. Pero toda la ciudad podía interpretarse de algún modo como templo, lugar donde se cumple la esperanza de los pueblos (cf. Mt 8, 11: “vendrán de Oriente y Occidente…”).

     

    Ciudad de paz. La tradición israelita define a Jerusalén como promesa de paz y plenitud futura, tras la gran batalla en la que Dios derrotará a los enemigos (de su pueblo). La manifestación de Dios en Jerusalén forma parte de la doctrina común del judaísmo del tiempo de Jesús (partiendo de Is 2, 24). Pues bien, conforme a Lc 19, 42, Jesús sube a Jerusalén para anunciar precisamente esa paz, ofreciendo allí una garantía de reconciliación final. En ese contexto, en principio, debemos afirmar que él no ha buscado un Reino para fuera de este mundo, en línea platónica o puramente intimista, sino que ha querido iniciarlo aquí, precisamente a partir de Jerusalén, como culminación del camino profético de Israel.

     

    Jerusalén: lucha final, tumba vacía. Ap 16, 16 afirma que la lucha decisiva del fin de los tiempos tendrá lugar en Armaguedón, que parece aludir a Meguido, ciudad de frontera, entre la costa y Galilea, donde Josías había sido derrotado y había muerto (2 Rey 23, 29). Pero la mayor parte de la apocalíptica sitúa la batalla final en el entorno de Jerusalén, como supondrán, algunos años después de Jesús, Teudas y un profeta egipcio (Hech 5, 36; cf. Sal 48, 1-5). Conforme a esa visión, todos los pueblos combatirían contra Jerusalén, pero Dios la defendería, de manera que la misma ciudad vendrá a presentarse como expresión de su victoria final. Pero Jesús murió en Jerusalén y no pasó nada: le enterraron, sin que sucediera cosa extraordinaria alguna (cf. Lc 24, 21).

     

    La misma subida de Jesús a Jerusalén había sido un signo mesiánico, de tipo político y religioso: entró como rey, aclamado por los galileos que le acompañaban (cf. Mc 11, 1-10 par), entró como iniciador de un culto distinto al de los sacerdotes, purificando de esa forma el templo (cf. Mc 11, 11-30); entró anunciando a sus discípulos el Reino de Dios, en el que beberían la próxima copa de vino (Mc 14, 25). Subió para esperar la respuesta de Dios, pero fue ajusticiado, sin que nadie le defendiera en un plano externo. Desde entonces, para los cristianos, Jerusalén es la ciudad de la muerte de Jesús, es decir, de su “martyrion”, vinculado a un tipo de fracaso de todas las esperanzas anteriores.

     

    Pero, al mismo tiempo, Jerusalén empezó a ser la ciudad de la experiencia pascual, vinculada a una tumba vacía. Ciertamente, el surgimiento de la Iglesia cristiana está vinculado a varios grupos de discípulos de Jesús, que viven quizá en lugares diversos (Galilea y Jerusalén). Pero, como Pablo ha puesto de relieve (1 Cor 15, 3-9), todos esos grupos tienen algo en común: sus fundadores han visto a Jesús resucitado, transformando y recreando de esa forma todo el mensaje y camino anterior del evangelio. Pues bien, entre esos grupos cristianos ocupan un lugar central los de Jerusalén, centrados primero en torno a Pedro y luego en torno a Santiago, el hermano del Señor (como aparece en Hech 1-15). Ellos, los cristianos de Jerusalén, se quedaron allí porque tenían la certeza de que el mismo Jesús que había sido ajusticiado y que había muerto en Jerusalén volvería allí mismo, para iniciar el Reino en la misma ciudad santa. Para aquellos cristianos primeros, Jerusalén era no sólo la ciudad de la muerte de Jesús, sino también la ciudad de su parusía.



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