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    viernes, 2 de abril de 2021

    El Sábado santo de María


    Nuestra Señora del Sábado | Card. Carlo Martini





    El Sábado santo de María

     

    El Viernes santo, después de la muerte de Jesús, el discípulo Juan “tomó a María consigo” (Jn 19,27), en su corazón y en su casa. No resulta fácil imaginar lo que quiere decir esto: ¿se trata de una casa en Jerusalén? ¿O de un simple lugar de apoyo para los peregrinos de Galilea a Jerusalén en ocasión de la Pascua?

     

    Trato de entrar en esta casa donde la Madre de Jesús vive su “Sábado santo” y de iniciar, con el permiso de Juan, un diálogo con ella. Un diálogo hecho ante todo de contemplación de su modo de vivir este momento dramático.

    Contemplo a María: permaneció en silencio al pie de la cruz en el inmenso dolor de la muerte del Hijo y permanece en silencio en la espera sin perder la fe en el Dios de la vida, mientras el cuerpo del Crucificado yace en el sepulcro. En este tiempo que está entre la oscuridad más densa – “se oscureció toda la tierra” (Mc 15,33) – y la aurora del día de Pascua – “a la madrugada del primer día después del sábado... cuando salía el sol” (Mc 16,2) – María revive las grandes coordenadas de su vida, coordenadas que resplandecen desde la escena de la Anunciación y caracterizan su peregrinación en la fe. Justamente así ella nos habla al corazón, a nosotros, peregrinos en el “Sábado santo” de la historia.

     

    1.    El sábado del silencio de Dios, Tú eres y permaneces la “Virgo fidelis” y nos obtienes la “consolación de la mente”.

    ¿Qué nos dices, Madre del Señor, desde el abismo de tu sufrimiento? ¿Qué sugieres a los discípulos desorientados?

    Me parece que tú nos susurras una palabra, semejante a la que un día pronunció tu Hijo: “¡Si tuvieran fe como una semilla de mostaza...!” (Mt 17,20).

    ¿Qué quieres comunicarnos? Tú querrías que nosotros, partícipes de tu dolor, participáramos también de tu consolación. Tú sabes, en efecto, que Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que también nosotros podamos consolar a los que están en toda clase de aflicción con la consolación con la cual nosotros somos consolados por Dios” (2Cor 1,4).

     

    Es la consolación que viene de la fe. Tú, María, en el Sábado santo eres y permaneces la “Virgo fidelis”, la Virgen creyente, tú llevas a cumplimiento la espiritualidad de Israel, alimentada de escucha y de confianza.

     

    Pero ¿cómo obra la consolación que viene de la fe? Esta asume formas diversas y una de ellas – de la cual hoy tenemos tanta necesidad – puede ser llamada la “consolación de la mente”. ¿De qué se trata?

     

    Es un don divino muy simple, que permite intuir como en una mirada única la riqueza, la coherencia, la armonía, la cohesión, la belleza de los contenidos de la fe. Un teólogo contemporáneo, Hans Urs von Balthasar, la llamaba “percepción de la forma” (“Schau der Gestalt”), intuición del vínculo que une entre sí todas las verdades de salvación y devela su proporción y fascinación. Frente a la evidencia del sufrimiento y de la muerte, que tiende a aplastar el corazón, esta intuición se presenta como una gracia del Espíritu Santo que hace resplandecer tanto la “gloria de Dios” que ilumina con la luz de la verdad hasta los ángulos más tenebrosos de la historia. Es la gracia de percibir la gloria de Dios que se manifiesta en el conjunto de los gestos con los que el Padre se da al mundo en la historia de la salvación y, en particular, en la vida, muerte y resurrección de Jesús. Es el don de presagiar detrás y debajo de los acontecimientos de la fe los vestigios del misterio de la Trinidad.

     

    La “consolación de la mente” (o “consolación intelectual”) se tiene cuando los gestos y las palabras consignadas en las Escrituras se relacionan con otros gestos y palabras de la revelación: quien recibe esta gracia siente que cada piedrecita del mosaico ilumina las vecinas y se compone con las más lejanas en un diseño convincente y fulgurante. Entonces ya no se queda uno bloqueado en la oración frente a uno u otro de los momentos singulares de la historia de salvación, incapaz de ver la relación y el encadenamiento de un hecho o una palabra singular con todas las otras; la mente advierte una luz que la inunda, el corazón se dilata, la oración brota como de un fresco manantial.

     

    Es la gracia de la visión sintética y mística del plan de Dios que a Ti, María, se ha comunicado por las palabras del ángel Gabriel cuando resumía en tu presencia el destino del hijo de David (“Será grande y llamado Hijo del Altísimo... su reino no tendrá fin”, Lc 1,32-33). Es la gracia de contemplación unitaria de las constantes del obrar divino que Tú has cantado en el Magnificat (Lc 1,40-55). Es el ejercicio del recuerdo meditativo de los hechos salvíficos que Tú, María, has practicado desde el principio. “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19); “Su madre conservaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,51).

     

    Cada uno de nosotros, cuando recibe esta gracia, aunque sea sólo un indicio de ella, vive algo semejante a lo que vivieron los tres discípulos en el monte de la Transfiguración. Contemplando a Jesús con Moisés y Elías, y oyéndolos hablar del “éxodo” de Jesús a Jerusalén (cf. Lc 9,21), ellos intuyen los lazos profundos que vinculan los miles de episodios narrados en las Escrituras y perciben la fuerza de unidad que los reúne y lleva a cumplimiento en la Pasión y Resurrección del Señor. Es una apertura de los ojos y del corazón que da un sentido profundo de satisfacción y de paz. Entonces, también las sombras y las tragedias de este mundo se revelan como atravesadas por la luz de amor, de compasión y de perdón que proviene del corazón del Padre. Se percibe algo de la verdad de las bienaventuranzas, el corazón se abre a la esperanza de justicia, a la visión de la victoria de los pobres y oprimidos de esta tierra.

     

    Un santo que ha gozado de esta gracia de manera extraordinaria la describe así: “se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento... y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas... recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como en aquella vez sola.” (S. IGNACIO DE LOYOLA, Autobiografía, n. 30)

     

    Nosotros no sabemos, María, qué tipo de consolación profunda te ha sostenido en tu Sábado santo. Pero estamos seguros de que Quien te ha concedido tan grandes dones en momentos decisivos de tu existencia te ha sostenido también en aquel día, en continuidad con todas las gracias precedentes. La fuerza del Espíritu, presente en ti desde el inicio, te ha sostenido en el momento de la oscuridad y de la derrota aparente de tu Jesús. Tú has recibido el don de poder confiarte hasta el fondo en el designio de Dios y has reconocido en tu intimidad su potencia y su gloria. Así, tú nos enseñas a creer también en las noches de la fe, a celebrar la gloria del Altísimo en la experiencia del abandono, a proclamar la primacía de Dios y a amarlo en sus silencios y en las derrotas aparentes. Intercede por nosotros, Madre, para que no nos falte jamás aquella consolación de la mente que sostiene nuestra fe y haz que de una semilla de mostaza brote un árbol capaz de ofrecer refugio a los pájaros del cielo (cf. Mt 13,31-32).


    Carlo Maria MartiniCardenal Arzobispo de Milán: NUESTRA SEÑORA DEL SÁBADO SANTO. Carta Pastoral para el año 2000-2001.




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