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    jueves, 13 de mayo de 2021

    La resurrección de los muertos


    Nuestra Fe | Antonio Gil de Zúñiga/Atrio





    Creo en la resurrección de los muertos
    A H. Küng, in memoriam

     

    Si hay sed es porque hay agua, si hay oscuridad es porque hay luz, si hay odio es porque hay amor… si hay muerte es porque hay resurrección. No sé si M. Heidegger tuvo esto en cuenta al establecer su axioma ontológico de que el hombre es un-ser-para-la-muerte. Lo cierto es que su propuesta es una verdad que puede parecer una verdad de perogrullo, pero que se queda estancada en una realidad achatada, sin transcendencia, un horizonte sin resurrección.

     

    Aquí está la clave de la resurrección del creyente y de todo ser humano: poder habitar en un ‘cielo nuevo y en una tierra nueva’ (Apc, 21,1)

     

    Para mí, como creyente cristiano, la resurrección es la última realidad de mi existencia y, sobre todo, la radicalidad de mi fe en Dios, no un complemento, a pesar de que el mundo de la fe, como decía el cardenal Newman, se configura por la “capacidad de soportar dudas”. Cristo ha resucitado y es para el creyente la “resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera vivirá” (Jn 11,25); por eso los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor resucitado (Jn 20,20). Aquí está la clave de la resurrección del creyente y de todo ser humano: poder habitar en un “cielo nuevo y en una tierra nueva” (Apc, 21,1) donde no caben las posiciones nihilistas del ser abocado a la muerte sin más ni las agnósticas de estar establecidos cómodamente en la finitud sin un horizonte abierto a una existencia vivida en plenitud.

     

    Habitar un cielo nuevo y una nueva tierra, donde se contempla a Dios “cara a cara” (I Cor 13,12) y donde esa vida plena se desarrolla mediante ausencia de sufrimiento y de dolor, del mal; características de la vida terrenal del ser humano. Una vida plena, donde la utopía y la esperanza tampoco tienen ya cabida, pues han cumplido con su misión, que es guiar como un GPS al ser humano a ese nuevo cielo y a esa nueva tierra, a la eutopía. El amor y la alegría son los frutos inmediatos de la contemplación divina, que implica la creación de “nuevos corazones, nuevo espíritu” (Ez 36,26). Y, en especial, donde la fábula de las abejas de B. Mandeville de ninguna manera puede llevarse a cabo: En una colmena, como sociedad bien organizada, no faltaban los malos médicos, los políticos corruptos, los malos sacerdotes, hasta la reina era mala. Decidieron un día cambiar de rumbo y ser una colmena honrada y virtuosa, donde el amor al bien fue su pauta de nueva conducta. Ya no había disputas ni excesos en el vivir…; este cambio profundo desencadenó una quiebra económica, desaparecieron los médicos, los abogados… La conclusión a la que llega B. Mandeville: “sólo los tontos se esfuerzan por hacer de un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir, si queremos gozar de sus dulce beneficios”. Por el contrario, en esa nueva creación resucitada se realiza lo incomprensible, lo antinatural en nuestro mundo, como es que el lobo y el codero cohabiten, lo mismo que el león y el buey; “no habrá mal ni corrupción” (Is 65,25).

     

    Ahora bien, cuando uno lee escritos de escatología, parece que sus autores han estado en el más allá y, a su regreso, nos cuentan ce por be cómo es el nuevo mundo, cómo es aquel lugar: el ser humano con sus características corpóreas resucitado, una vida en plena libertad de hacer lo que a uno más le ha gustado aquí, en la vida terrenal, y que bien no ha podido realizar o lo ha hecho a medias, como lo que nos cuenta H. Küng del tenor alemán que en su alabanza a Dios cantaba sin parar un aleluya; al final, ante tanta monotonía, echaba de menos su buena cerveza en un bar de Múnich.

     

    La resurrección pertenece al mundo de la fe y podemos hablar de ella por no estar callados, pero desde la fe en Cristo resucitado, sabemos que resucitaremos con Él, a pesar de las múltiples preguntas que nos podemos plantear: ¿resucita sólo el alma o también con el propio cuerpo?, ¿resucitan sólo los creyentes?, ¿resucitan sólo los buenos, los que han llevado una vida honrada?, ¿se resucita o se reencarna?, etc.

     

    Me atrevo a sugerir alguna respuesta a estas preguntas. Respecto a la primera, ¿resucita sólo el alma o también con el propio cuerpo?, desde la posición dualista de Platón, la respuesta es fácil. Al ser el alma inmortal, ésta no muere y vuelve al mundo divino, de donde salió. Pero desde posiciones antropológicas modernas el ser humano es un todo, que como advertía Pablo de Tarso, “se siembra lo corruptible, resucita incorruptible…, se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (Cor 15,42-44); un todo único, un todo perenne que resucita con sus características ónticas individuales, que configuran a la persona concreta con sus nombres y apellidos (Salmo 87). Desde esta perspectiva la reencarnación tiene menos fundamento al diluirse la personalidad individual en sucesivas entidades con algunos recuerdos del pasado.

     

    Respecto a la segunda pregunta, ¿resucitan sólo los creyentes?, no me parece acertado este reduccionismo, porque es tanto como decir que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, (extra Ecclesiam nulla sakus) dogma (¿?) que fue corregido por el Vaticano II. La bondad no es patrimonio de los creyentes. Si echamos un vistazo a nuestro alrededor, sobre todo en estos días de zozobra política por las elecciones en Madrid, vemos que los “malos” son más sensibles, por ejemplo, a los pobres y a la resolución de sus problemas. Allí, pues, donde hay bondad, allí hay presencia y huella divinas.

     

    Otro tanto habría que decir de la tercera pregunta, ¿resucitan sólo los buenos, los que han llevado una vida honrada? Si Dios es todobondadoso y misericordioso, si, como dice Jesús de Nazaret, hay que perdonar hasta setenta veces siete y hay que amar, incluso, al que consideramos enemigo, no puede triunfar el mal sobre el bien, máxime en el territorio de la bondad, en la eutopía, en el territorio de la reconciliación. Si aquí en la tierra se dan esos actos heroicos de reconciliación y perdón, mucho más allí en la “nueva tierra y en el nuevo cielo”. No es que Auschwitz, o tantas monstruosidades humanas, se olviden y permanezcan en la oscuridad del odio, sino que la luz de Dios iluminará a las víctimas y a los verdugos en un abrazo de reconciliación.

     

    Creer en la resurrección de los muertos es tanto como creer en la victoria sobre la muerte y que esta no tenga la última palabra sobre la existencia humana. Pero la resurrección, como sostiene H. Küng, implica la lucha diaria contra la muerte, que se manifiesta de muy diversa manera: pobreza, hambre, explotación, emigraciones de países pobres o en guerra… Creer en la resurrección de los muertos “no puede aplazar, escribí en mi artículo Valores éticos de la resurrección, la tarea del creyente de vivir la utopía de la fraternidad y de cuantos valores éticos que contribuyen al desarrollo de la comunidad eclesial y civil”. No cabe, pues, la actitud de brazos cruzados, como hicieron los de Tesalónica, cuya conducta fue reprochada por Pablo de Tarso con aquello de “quien no trabaje que no coma” (2 Tes 3,10).

     

    Creer en la resurrección de los muertos es aceptar que el caminar humano está repleto de sufrimiento y de dolor y que la vida humana puede parecer un río que desemboca en un mar sin agua, la nada; pero el caminar con el fogoso anhelo de una meta confortable, de una pradera llena de cromáticas flores, de que el Padre-Madre, como al hijo pródigo, nos espera con los brazos abiertos, no puede ser una alucinación engañosa. Y está el dato irrefutable para el creyente de que Jesús de Nazaret nos precede con su resurrección y con su victoria sobre la muerte.



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