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    domingo, 16 de mayo de 2021

    Religiosas entre dos fuegos


    Donne Chiesa Mondo | Franceso Grignetti





    Religiosas entre dos fuegos:  la guerra y la pandemia

     

    En Sofía, la capital de Bulgaria, hay un pequeño cementerio de guerra que data de la Primera Guerra Mundial. Reposan los restos de 201 soldados italianos, prisioneros del ejército austrohúngaro que fueron trasladados allí, lejos del frente.

     

    Cuando llegó la epidemia de gripe española en 1918, el campamento de Orlandovtsi, en las afueras de la ciudad, se convirtió en una trampa mortal. Murieron muchos. Entre ellos, también tres religiosas italianas que habían sido adscritas a las tropas y servían en la enfermería del campamento. Sus tumbas dan testimonio de ese sacrificio y lo rescatan del olvido.

     

    Hace un siglo, conflicto bélico y pandemia se entremezclaron sin tregua. La guerra misma ayudó a que el virus se propagara por los millones de soldados (y refugiados) viajando de un continente a otro, de un frente a otro, en un continuo ir de personas y mercancías. Los historiadores aseguran que los médicos militares eran muy conscientes del peligro de propagación de enfermedades infecciosas. Sobre todo, temían el tifus, el cólera y la viruela.




     

    En cambio, apareció una gripe de una virulencia sin precedentes: si la guerra causó 37 millones de muertes, la epidemia mató al menos a 50 millones. Y eran casi todos jóvenes de entre 15 y 40 años. La mayoría de las mujeres murieron probablemente porque eran las que cuidaban a los enfermos y se contagiaban en masa.

     

    Pero es una historia que ha permanecido oculta, la de la gripe española, y que ha sido redescubierta ahora que nos enfrentamos a una pandemia que se le asemeja. Entre medias ha pasado un siglo de descubrimientos científicos, de tecnologías cada vez más futuristas y de avance de la medicina.

     

    Enfermedad desconocida

    Hace cien años, cuando se propagó esa enfermedad que nadie llegaba a comprender, y sobre todo a curar, se afrontó de la mejor manera posible. Y ayer como hoy, médicos y personal de enfermería lo hicieron en primera línea. También las religiosas. “Tenemos que intentar entender la situación en 1918”, dice Eugenia Tognotti, ensayista y profesora de Historia de la Medicina en la Universidad de Sassari.

     

    A finales del siglo XIX se había producido un gran avance en materia de bacteriología, se veneraban los nombres de los “cazadores de microbios” como Robert Koch y Louis Pasteur, pero la ciencia aún no había descubierto los virus. Por tanto, se movía aún en la oscuridad ante esta enfermedad que provocaba tos, fiebre alta, hemorragia nasal, dificultad para respirar, efectos neurológicos y en muchos casos resultaba letal.

     

    ¿Cómo tratarla? La profesora Tognotti responde que, “no habiendo encontrado la causa y no existiendo una medicina realmente eficaz, se probaron muchos tratamientos. La única solución que funcionó fueron los denominados tratamientos no farmacéuticos, es decir, descanso, nutrición, hidratación e higiene. Como se pensó que la causa podría ser un bacilo anidado en la boca, se recomendó hacer gárgaras. Para combatir la fiebre, se prescribieron paños húmedos en la cara y el pecho.

     

    El papel de las religiosas

    Las religiosas, no solo las formadas en los hospitales, incluso las no especializadas, jugaron un papel fundamental. Especialmente activas en la asistencia a los enfermos, siendo una de las piedras angulares de su congregación, fueron las Hermanas Ministras de la Caridad de San Vicente de Paúl. Es imposible dar cifras, pero claramente las monjas frenaron la propagación del virus y limitaron el número de muertes”.

     

    Ya había sucedido antes. Por ejemplo, durante las epidemias de cólera que se desataron a fines del siglo XIX. Sor Asunción Riopedre, provincial de la Orden de las Hermanas Hospitalarias, congregación nacida en Madrid en 1881 por iniciativa del santo Benito Menni, explica: “Al principio nos ocupábamos de mujeres con enfermedades mentales. Unos años más tarde, cuando estalló una epidemia de cólera, las hermanas y hermanos recibieron formación para tratar a estos enfermos. Así, organizados por el padre Menni, se ocuparon de tratar a las familias afectadas en localidades madrileñas como Ciempozuelos, Getafe o Chinchón”.

     

    La expansión de la gripe española fue como una tormenta de viento imparable. Los centros sanitarios estaban al borde del colapso. En Italia, como en otros países europeos en guerra, no se pudieron aplicar contramedidas efectivas. Incluso en los primeros momentos nadie tenía datos precisos como para hablar de epidemia con lo que aislar brotes, imponer cuarentenas o movilizar medios especiales fue imposible.

     

    Lo que llevaron a cabo las monjas fue una acción caritativa espontánea de la que dan cuenta decenas de relatos que nos permiten conocer unas historias comunes a muchos, en todas partes de Italia, como la de Sor Fausta Finco, de la Orden de las Hermanas de la Caridad de Santa Giovanna Antida Thouret. En un viejo libro de la época, Opera dell’Ospedale Congregazionale 1915-19 (Obra del Hospital de la Congregación 1915-19), se narra cómo “las Hermanas de la Caridad durante la guerra sirvieron como enfermeras en casi todos los hospitales y ambulatorios de Módena y estuvieron en estrecho contacto con los soldados hospitalizados. Sor Fausta contrajo la gripe española y murió en Módena el 21 de febrero de 1919. Fue una víctima del deber que contrajo la enfermedad durante su servicio en el hospital de Campori. Durante 14 meses consecutivos, sin faltar un solo día, prodigó cuidados a los soldados que provenían del frente y alivió sus sufrimientos”.

     

    La situación americana

    En Estados Unidos, donde hubo una gestión más organizada, hay más información sobre el trabajo de las religiosas contra la epidemia. En 1919, la Sociedad Histórica Católica de Filadelfia, como recordó recientemente el New York Times, publicó un libro en memoria de las monjas que se habían desgastado valientemente en esa ciudad, bajo el título, ‘El trabajo de las hermanas durante la epidemia de gripe’. Los autores escribían en este volumen que “no había cómo asistir a los enfermos por la escasez de recursos debida a la guerra. Los hospitales sufrían graves carencias en medio de una situación de vida o muerte”.

     

    Por ello, el Philadelphia Health Council ordenó el cierre de escuelas, los teatros e incluso la suspensión de los servicios religiosos. Pero no fue suficiente. El arzobispo Dennis Dougherty se ofreció a acoger al mayor número posible de enfermos en los edificios de la Curia y convocó a sacerdotes, a religiosas y a la Sociedad de San Vicente de Paúl. Pidió a todos que cuidaran de los enfermos y pidió a las monjas que salieran de los conventos.

     

    A pesar de no tener mucha experiencia, dos mil respondieron al llamamiento. Se pertrecharon con batas y mascarillas para hacerse cargo especialmente de los inmigrantes de Italia, Ucrania, Polonia y China, de las familias negras, las de religión judía y de los pobres. Ayudaron a todos los necesitados. Aquellas religiosas no dudaron en entrar en apartamentos donde los padres yacían muertos en sus camas y los niños lloraban desesperados y hambrientos.

     

    Las monjas de Filadelfia lavaron la ropa, sirvieron sopa caliente, proporcionaron agua, hielo y mantas. “Un “¡hermana”, se podía escuchar a cada minuto durante las noches”, contaba una de ellas. “Al principio tenía miedo. Nunca había tenido contacto directo con la muerte. Pero me di cuenta de que alguien debía hacerlo. Cogí la bata, la mascarilla y comencé mi servicio”, explicaba otra. Los turnos duraban doce horas. Muchas enfermaron y varias murieron. Una escribía: “A través de esta experiencia, he aprendido a apreciar mi vocación a la vida religiosa como nunca antes”.

     

    En Kentucky, en Louisville, se estableció un enorme campamento militar que llevaba el nombre del duodécimo presidente, Zachary Taylor. Albergaba a cincuenta mil soldados que regresaban del frente europeo. El capellán, fray Regis Barrett, ante la catástrofe que representaba que uno de cada cuatro soldados volviese enfermo, pidió ayuda a las Dominicas del Santo Rosario. En turnos incesantes, cada una se ocupaba de al menos a un centenar de soldados infectados, con fiebre y vómitos.

     

    Algo similar sucedió en Massachusetts, en Camp Devens. También aquí las escuelas habían sido cerradas por razones de salud y las hermanas que eran maestras empezaron a atender a los enfermos. Los documentos de las Dominicas reflejan las experiencias de Nueva Orleans, Pittsburgh, Nueva York. Las Hermanas de la Misericordia ayudaron en al menos un centenar de situaciones de emergencia, como en el Mary’s Hospital en San Francisco.

     

    En Canadá, el periódico local Morrisburg Leader, de 1919, contaba que “nadie podrá olvidar el espléndido trabajo de las religiosas que venían a ayudarnos. Solo sabíamos que se les pidió ayuda y que dos Hermanas de la Caridad llegaron inmediatamente en tren desde Prescott. Eran sor Mary Charles y sor Mary Ursula”.

     

    El fracaso de la ciencia

    “La epidemia de la gripe española fue uno de los fracasos más clamorosos de la ciencia médica. El descubrimiento de la bacteria hizo creer que no habría más enfermedades desconocidas y que habría una cura para todo. Por otro lado, esa gripe, provocada por un virus, que no fue aislado hasta 1933, fulminó el optimismo con el que se había abierto el siglo XX. Y esto también explica el olvido que cayó sobre la pandemia, y con él la poderosa labor de las mujeres para ayudar a los enfermos, incluida la labor de las religiosas”, concluye Eugenia Tognotti.

     

    *Reportaje original publicado en el número de mayo de 2021 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

     


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