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    miércoles, 16 de junio de 2021

    Cuando las telarañas tejen juntas


    Solidaridad | P. Miguel Ángel Gullón, op




    “Cuando las telarañas tejen juntas pueden atar a un león”[1]

     

    El día 26 de enero conmemoramos el 5° aniversario de los brutales desalojos de la impune Central Romana a 80 familias seibanas sin que todavía se haya hecho justicia. Hasta ahora se quejan los directivos de la diabólica empresa que les estamos dañando su imagen, al modo de una pataleta infantil. ¿Acaso estos personajes maquiavélicos, que se dicen muy cristianos pues se sientan en el primer banco de la Basílica de la Altagracia y construyen iglesias, no violentaron la imagen sagrada de Dios en los niños y niñas que encañonaron salvajemente? Pero estos magnates del azúcar manchado con sangre y sudor infantil no saben que la población está cansada de tantas violaciones a la dignidad y que las telarañas de la solidaridad atarán para siempre con las cadenas del infierno a estos pordioseros que sólo sonríen cuando tienen en sus manos el dinero fruto de la esclavitud y muerte temprana.

     

    “Dios es grande”, manifestación de fe de la religiosidad popular, hace justicia con los reyes del azúcar amargo diciéndoles que ya está bueno de burlarse de un pueblo que tiene los ojos puestos en su infinita misericordia. Pues, como dice Bernardo Cuesta: «estamos convencidos de que Dios, el Dios de la vida, habla. Su lenguaje además es pluriforme. Dios habla en las piedras, en la montaña, en el mar, en la tormenta, pero habla también, y, sobre todo, en los pobres, en las cárceles, en los gritos de dolor y de alegría de los hombres. Una reflexión auténtica sobre Dios, un discurso teológico verdadero, necesita de esta experiencia de Dios en sus manifestaciones más básicas: todos los que hablamos sobre Dios necesitamos haber oído, sentido, experimentado a Dios en los gritos de dolor y de esperanza de los hombres; necesitamos tener un corazón puro, necesitamos estar implicados y complicados en la vida de nuestros hermanos los hombres, especialmente de los más necesitados»[2]. Sigue apuntando Bernardo Cuesta que la fe en el Dios de la Vida exige la lucha decidida contra los ídolos asesinos, en nombre de los cuales se siguen crucificando y marginando a los seres humanos. Para ello es necesario tomar conciencia y denunciar como injusto un sistema que condena a la mayor parte de la humanidad al subdesarrollo y a la pobreza, apostar activamente por un nuevo modelo de civilización frente al modelo actual basado en la competitividad y el progreso indefinido, con las secuelas de muerte que de ello se derivan, y luchar por la paz creando cauces reales y operativos que la hagan posible[3].

     

    Estamos ante una preciosa oportunidad en este tiempo de pandemia ya que toda crisis augura algo mejor para la sociedad si se reflexiona y trabaja en las claves de la solidaridad y la gratuidad, guías necesarias en la construcción de Comunidades que viven con dignidad. Pues los insignificantes, los invisibles, los que no cuentan: son mujeres y hombres, niñas y niños con rostros concretos que no existen para la sociedad de derechos, pero sí para la sociedad de consumo, porque sin ellos se pararía la vertiginosa carrera del mal llamado desarrollo. Jesús de Nazareth escuchó y acogió a los orillados de la historia de entonces, a los empobrecidos ya en ese tiempo. Hoy ya no podemos pretender que la pobreza de la gente procede de una situación pecaminosa o que es merecida por quien la sufre y padece. En relación a este prejuicio, el Grupo Vicini justificaba la miseria de los braceros haitianos sobre la base de su falta de organización en cooperativas, sindicatos, asociaciones, etc. Es una afirmación demasiado gratuita que desconoce o se desentiende de la sangrante realidad en la que viven estas Comunidades desplazadas, apátridas e ignorantes de los derechos que les pertenecen. Faltó tiempo para que diversos colectivos y ONG`s se pronunciaran en su contra, argumentando razones de peso que rebatieron esa máxima del empresario explotador.

     

    Sólo desde la mirada samaritana podremos mirar críticamente el contexto de forma que nuestras respuestas ofrezcan verdaderos cauces de solución a las heridas de nuestro mundo sordo al clamor de los orillados de la historia. La pobreza, o mejor dicho el empobrecimiento, son contrarios a la utopía y una disfunción comprensible del sistema para el neoliberalismo. Pero para los más conservadores como para los más progresistas –dice G. Gutiérrez– está claro que «la pobreza significa, en última instancia, muerte». Y a continuación subraya que la pobreza no se reduce únicamente a carencias: «carencia de alimento y de techo, imposibilidad de atender debidamente a necesidades de salud y educación, explotación del trabajo, desempleo permanente, falta de respeto a la dignidad humana e injustas limitaciones a la libertad personal en los campos de expresión, lo político y lo religioso, sufrimiento diario… la pobreza no consiste sólo en carencias. El pobre tiene muchas veces una cultura con sus propios valores, ser pobre es un modo de vivir, de amar, de orar, de creer y esperar, de pasar el tiempo libre, de luchar por su vida. Ser pobre hoy significa igualmente, cada vez más, empeñarse en la lucha por la justicia y la paz, defender su vida y su libertad, buscar una mayor participación democrática en las decisiones de la sociedad, así como organizarse “para una vivencia integral de su fe” (DM, n. 1137) y comprometerse en la liberación de toda persona humana»[4]. ADH 853

     



    [1] Proverbio etíope.

    [2] B. CUESTA, Buena noticia para los pobres. San Esteban, Salamanca 1987.

    [3] Cf., ib., pp. 61-63.

    [4] G. GUTIÉRREZ, Teología de la liberación, Sígueme, Salamanca 199014, p. 22.



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