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    jueves, 17 de junio de 2021

    Silencio apretando mano


    Espiritualidad | Magda Bennásar Oliver, sfc




     

    Silencio apretando mano

     

    El tema del silencio está de moda en nuestros círculos. Y hay tantas comprensiones de lo que es el silencio como personas que intentamos hacerlo.

     

    Por ello, desde ahora, mis respetos a cada uno de los silencios. A mí, hoy, por dentro me hablan de este que:

     

    Viene precedido por el recuerdo de una escultura de un crucificado que me encontré hace años, visitando una iglesia. Al salir en un lateral vi un crucificado tamaño natural que me encogió por dentro al ver la interpretación, que la autora, una mujer, había plasmado: uno de sus brazos estaba crucificado y el otro tenía la mano extendida y abierta hacia quien se le acercaba.

     

    Cuánta vida y comunicación silenciosa en ese gesto. Fue para mí, y es, cuando lo recuerdo, un grito de amor silencioso y lleno de comunicación.

     

    Aquella mano me llamaba a depositar la mía en la suya y estar así, en silencio, un tiempo largo. Así lo hice y así lo hago, muchas veces, visualizando la escultura y volviendo a aquel silencio que derrite las más duras entrañas.

     

    ¿Qué transmite esa imagen? No necesitas palabras, ni rituales, es un gesto que te conecta, como cordón umbilical, al Dios crucificado que nos muestra así el camino: cómo vivir nuestro día a día; cómo usar nuestros recursos; cómo conectar con el corazón de Dios y del planeta y de la humanidad.

     

    Siento todavía hoy, que esa mano me llama y me envía. Primero me llama a agarrarla y sostenerla. Algo así como, acércate y quédate conmigo que necesito abrirte mi corazón: reconozco que como en la conversión de Pablo, en un contacto así, se te caen las escamas de los ojos que producen ceguera para las categorías del amor: “siente mi latido y ve y comunícalo”.

     

    Y todo ocurre en silencio. Un silencio que te llena de vida, de pasión compartida: compasión de solidaridad…

     

    Tal vez la respiración se altera cuando entras en ese silencio, diferente del de la meditación de silenciamiento. Pero es, este otro silencio, la prueba de crisol, de aquellos que porque hacemos silencio podemos creer que ya vivimos el evangelio.

     

    El silencio puede ser un arma de doble o triple filo. Muchas veces puede incluso ser una herramienta para ratificar lo que yo quiero o creo que es bueno. Por eso, ese día de un modo especial, aprendí que el fondo del silencio es ese encuentro con la mano abierta y tibia del moribundo que nos ama y que es el rostro del Dios vivo y hecho carne entre nosotros.

     

    Hoy, de un modo especial me decía, “cuida del planeta” y yo en silencio le indicaba que lo intento, pero qué me sugería hoy, y me pareció comprender, desde ese silencio hondo, que me invitaba a trabajar más y mejor por la concienciación de la realidad: educar en un estilo de vida donde el minimalismo y el compartir inteligencia, recursos y bienes sea un objetivo claro, sin el que cada vez será más difícil la supervivencia de los hábitats y como consecuencia la muerte y desaparición de especies y de personas en sus largas y penosas peregrinaciones por el mar, por tierras desertizadas, por fronteras envalladas…

     

    Ese joven no huiría de su tierra si fuese fecunda y tuviese trabajo. Viene porque quiere vivir y compartir con los suyos. Esa mujer embarazada quiere que su hijo o hija nazca en suelo occidental para que tenga derechos que allá no les conceden, y por ello arriesga su vida y la de su hijo/a.

     

    La mano cálida del crucificado es la mano de mi hermana y de mi Tierra violada y abusada por “el ánimo de lucro” de una minoría aterradora.

     

    Se me antoja que educar en esa línea puede ser apoyar al máximo que los jóvenes y menos jóvenes nos embarquemos en estudiar temas de medio ambiente, de ecología y energías renovables, de permacultura y espiritualidad de la tierra.

     

    El mundo está cambiando, tenemos que adaptarnos a nuevos paradigmas que, al no escogerlos voluntariamente, se nos imponen desde la realidad.

     

    El silencio puede ser pues, también y además, escucha a corazón abierto de la realidad mientras apretamos la mano que nos comunica el latido y el amor del crucificado.

     

    Ese silencio me dignifica porque me vacuna contra otros silencios cobardes o autocentrados.

     

    Te invito a probar ese silencio. El verano se presta a ello.

    Publicado en Fe Adulta:

    https://www.feadulta.com/es/art2col2.html

     

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