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    viernes, 16 de julio de 2021

    Dimensiones de la fe “penitencial” y “apocalíptica"


    Actualidad | Jaime Tatayjunio


    La Agenda 2030 para el desarrollo y las religiones (IV)*


     

    Dimensiones de la fe “penitencial” y “apocalíptica"

     

    El autor valora los Objetivos de Desarrollo Sostenible establecidos el año 2015 en la Agenda 2030, que reflejan un amplio consenso internacional respecto de los grandes retos que enfrenta la humanidad en el siglo XXI. Desde esa visión, Tatayjunio propone diez motivos que justifican la implicación confesional. La tercera y cuarta razones son la dimensión ascética apocalíptica, que presentamos a continuación.


    La sabiduría de los procesos expiatorios, articulados mediante complejos ritos de purificación religiosa, resultan de gran ayuda en un momento en el que el ser humano toma conciencia de las consecuencias socioambientales de sus decisiones cotidianas. La denostada categoría teológica de «pecado» adquiere también, a la luz de la crisis ecológica, una inesperada actualidad que demanda ampliar su significado: «Las tres relaciones vitales [con Dios, con el prójimo y con la tierra] se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas» (LS 66).

     

    La ruptura de relaciones ya no se restringe al marco estrecho de las relaciones interpersonales; se extiende ahora hacia el futuro, hacia el «prójimo lejano» e, incluso, hacia el conjunto de las especies. De este modo, la ética teológica experimenta una triple expansión: espacial, temporal y cósmica.[8] El Patriarca ortodoxo Bartolomé I fue el primer líder espiritual que utilizó este duro lenguaje teológico en relación con la degradación medioambiental: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todos estos son pecados»[9].

     

    También los líderes islámicos han afirmado: «Reconocemos la corrupción (fasād) que los seres humanos han causado en la Tierra debido a nuestra implacable búsqueda del crecimiento económico y el consumo».[10] Con un lenguaje análogo, la comunidad hindú ha llegado a una conclusión similar: «A menos que cambiemos la forma en que usamos la energía, la forma en que usamos la tierra, cómo cultivamos, cómo tratamos a otros animales y cómo usamos los recursos naturales, no haremos más que aumentar el dolor, el sufrimiento y la violencia»[11].

     

    Dimensión «apocalíptica»

     

    No resulta infrecuente percibir un tono catastrofista en el tratamiento que los medios de comunicación, la literatura y el cine hacen de las problemáticas ecológicas contemporáneas. Ambientadas en escenarios post-apocalípticos, muchas novelas y películas han abordado en las últimas décadas la posibilidad de un colapso global de los ecosistemas terrestres, imaginando la degradación económica, social y política que acarrearía[12].

     

    Por un lado, hay quienes alertan de los peligros de una estrategia que a menudo crea un alarmismo injustificado, vaciando el discurso y desmovilizando. El pesimismo sobre el progreso humano y las posibilidades de la tecnología habría conducido a la «muerte del ambientalismo», tal y como se refleja en su incapacidad para estimular cambios culturales profundos[13]. Por otro lado, hay quienes plantean la conveniencia de este tipo de discurso como revulsivo capaz de cambiar la percepción, transformar el imaginario y catalizar la acción: «En Levítico 26, la Torá nos advierte que, si nos negamos a dejar descansar a la Tierra, ésta “descansará” de todos modos, a pesar de nosotros y sobre nosotros – a través de la sequía, el hambre y el exilio que convierten a todo un pueblo en refugiados. Esta antigua advertencia escuchada por un pueblo indígena en una estrecha franja de tierra se ha convertido ahora en una crisis de nuestro planeta en su conjunto y de toda la especie humana»[14].

     

    La teología budista también alerta de las consecuencias kármicas de nuestras acciones, invitando al creyente a «adelantar el futuro», tomar conciencia de las implicaciones de sus decisiones presentes y actuar en consecuencia.

     

    8.      Cfr D. P. Scheid, The Cosmic Common Good: Religious Grounds for Ecological Ethics, Oxford, Oxford University Press, 2016.

    9.      Bartolomé I, Discurso en Santa Bárbara, California, 8 de noviembre de 1997. Cfr E. Theokritoff, «Green Patriarch, Green Patristics: Reclaiming the Deep Ecology of Christian Tradition», en Religions, 8 (2017), 16. 

    19.    Islamic Declaration on Global Climate Change, 18 de agosto de 2015.

    11.     «Bhumi Devi Ki Jai!»…, cit. 

    12.    Películas como The Road (2009) o The Book of Eli (2010) son buenas muestras del género. Este es también uno de los hilos argumentativos de películas tan taquilleras como Avatar (2009) o The Lord of the Rings (2001-2003). El carácter «revelador», apocalíptico, de la crisis medioambiental ha sido puesto de relieve por C. Godin, La haine de la nature, Ceyzérieu, Champ Vallon, 2012. 

    13.    Cfr M. Schellengerger – T. Nordhaus, Love Your Monsters: Postenvironmentalism and the Anthropocene, Oakland, Breakthrough Institute, 2011. 

    14.    A Rabbinic Letter on the Climate Crisis, cit. 


    Publicado en:

    https://www.laciviltacattolica.es/2021/06/25/la-agenda-2030-para-el-desarrollo-y-las-religiones/



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