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    jueves, 3 de noviembre de 2022

    Etiopía y los rebeldes de Tigray firman el cese de las hostilidades


    Actualidad Mundial | María Martínez López/A&O  

     


    Etiopía y los rebeldes de Tigray firman el cese de las hostilidades


    El acuerdo incluye el «desarme» de los tigrinos además del «acceso sin trabas a los suministros humanitarios», y la «protección de los civiles».


    «Un soplo de paz» después de dos años de «situaciones desgarradoras». En palabras del vicario apostólico de Jima-Bonga, Markos Ghebremedhin, era lo que esperaba la Iglesia en Etiopía —y todo el país— del diálogo entre el Gobierno de Adís Abeba y el Frente de Liberación Popular de Tigray (FPLT) que comenzó el 25 de octubre en Sudáfrica. Y así fue. El miércoles, el Gobierno y los rebeldes tigrinos acordaron el fin de las hostilidades, anunció el alto representante de la Unión Africana para el Cuerno de África, el expresidente nigeriano Olusegun Obasanjo, informa France 24.


    Obasanjo añadió que el acuerdo incluye un «desarme sistemático, ordenado, suave y coordinado». Esto implica la desmovilización del FPLT, cuyos militantes se reintegrarán en las «únicas fuerzas de defensa nacional», se lee en el comunicado. Asimismo, las partes en conflicto se han comprometido al «restablecimiento de los servicios, el acceso sin trabas a los suministros humanitarios», así como a la «protección de los civiles, especialmente mujeres y niños», en Tigray.


    Eran algunas de las principales cuestiones sobre la mesa. Aunque no parece que se haya explicitado la retirada de las tropas de Eritrea, que apoyaban a las etíopes, pero no participaba en el diálogo. «Hoy es el comienzo de un nuevo amanecer para Etiopía», subrayó Obasanjo. La Unión Africana supervisará la implementación de lo acordado.


    Guerra en Tigray

    Muertos: Entre 385.000 y 600.000, estima la Universidad de Gante

    Desplazados: 3,2 millones en Tigray, Amhara y Afar; 574.000 desde agosto

    Crisis humanitaria: 5,2 millones sufren inseguridad alimentaria aguda


    «Dejaremos atrás el pasado»

    «El nivel de destrucción es masivo», subrayó tras la firma Redwan Hussien, viceministro etíope de Asuntos Exteriores. «Agradecemos a nuestros hermanos del otro lado dejar atrás este período. El pueblo de Etiopía exige paz y armonía, desea desarrollo». El representante del FPLT, Getachew Reda, respondió que «dejaremos atrás el pasado. Lograr la paz ha resultado difícil. Cientos de miles han muerto». Concluía mostrando su esperanza de que «ambas partes respeten este acuerdo».


    El primer ministro etíope, Abiy Ahmed, ha descrito el acuerdo como «monumental». António Guterres, secretario general de la ONU, lo ha calificado de un «bienvenido primer paso», que espera que «traiga algo de solaz a millones de civiles etíopes».


    La firma del cese de hostilidades llegó después de que las conversaciones, que tendrían que haber acabado el domingo, se prolongaran varias veces hasta el miércoles. No había trascendido nada de su desarrollo, y la noticia llegó casi por sorpresa cuando estaban a punto de cumplirse dos años del estallido del conflicto, el 3 de octubre de 2020.


    Se trataba de las primeras negociaciones formales, por lo que no se esperaba de ellas mucho más que una toma de contacto inicial y establecer el marco para el diálogo posterior. Más aún cuando, durante las mismas, siguieron los enfrentamientos en el norte de Etiopía. De hecho, en los últimos meses los enfrentamientos se habían recrudecido. Hace unas semanas, la ONU había alertado del riesgo de que el conflicto, descrito como uno de los más letales de la actualidad, se descontrolara totalmente.


    El primer alto el fuego

    De marzo a agosto, se mantuvo un alto el fuego «muy provisional» declarado por Adís Abeba. Pero por aquel entonces «no hubo voluntad de diálogo», opina el comboniano español Juan González, administrador apostólico de Hawassa, en el sur del país. «Durante ese tiempo, Tigray reclutó a 200.000 soldados y Etiopía, a 500.000». Desde que la frágil tregua se rompió, Amnistía Internacional había denunciado que los ataques aéreos etíopes se saldaron con cientos de tigrinos muertos. Pero también a los rebeldes se les acusaba de abusos, como la masacre de docenas de civiles en Kobo, en la región vecina de Amhara, donde quemaron la iglesia.


    ¿Cómo era posible que ocurriera algo así en un país cuyo primer ministro, Abiy Ahmed, ganó en 2019 el Premio Nobel por firmar la paz con Eritrea? «Quizá fuimos demasiado idealistas», respondía González hace unos días, durante una visita a España, cuando ni siquiera había comenzado el diálogo. El acuerdo entre Etiopía y Eritrea se logró después de que un amplio movimiento social liderado por él expulsara del poder a los tigrinos, que lo ostentaban desde hacía 27 años. Quizá no se vio que detrás del entendimiento con Eritrea podía estar la animadversión común contra ellos, reflexiona.


    Matizaba, por otro lado, que cuando un pueblo como el de Tigray sufre, «la simpatía internacional va con ellos». Hay que ayudarlos, pero esto no significa «necesariamente que sean víctimas de los otros; a lo mejor es a causa de sus políticos». No creía que los líderes tigrinos buscaran realmente la independencia. Pero el «conflicto personal» al ser expulsados del poder «degeneró en un conflicto étnico en el que se instrumentaliza a la población para sus intereses».


    Abiy, ni halcón ni paloma

    El comboniano se mostraba prudente, pues reconocía que a los líderes eclesiales «nos condiciona la versión de las noticias que ve cada uno», al no haber casi comunicación con Tigray. Los católicos tigrinos estaban defraudados porque «dicen que la Iglesia no ha hecho suficiente» por condenar los crímenes de Etiopía. El obispo de Adigrat, Tesfaselassie Medhin, denunció «bombardeos sistemáticos e indiscriminados» y el bloqueo humanitario. El administrador de Hawassa admitía que se «usa el hambre como arma», pero recordaba de igual modo los crímenes del otro lado.


    Para él, el presidente etíope «no es un halcón, pero tampoco una paloma». Valoraba sus reformas. Pero, sobre todo, creía que es el que «tiene las ideas más claras para que Etiopía se pueda salvar del caos: un sistema central, no uno federalista de base étnica». Parece que el cese de hostilidades apunta a esto, aunque aún deben conocerse los detalles. Cualquier otra solución llevaría a «la desmembración, con Tigray y Amhara en el norte luchando entre sí».


    En Oromo, que constituye casi todo el tercio central del país y donde ya están enfrentados independentistas y leales al Gobierno, una hipotética independencia haría surgir las diferencias entre los musulmanes, para quienes «el islam es parte de la identidad oromo», y los que no lo son. «Y en el sur quedan unas 70 etnias», en algunos casos enfrentadas unas con otras —algunas aspiran a «ser hegemónicas»—, y con los oromo. Una misión de su diócesis lleva dos años casi aislada por uno de estos microconflictos.


    Por último, hace un par de meses «hubo un gran movimiento de tropas hacia el este» y la frontera con Somalia. Se teme que en la región de Ogadén, muy vinculada al país vecino, se active el grupo islamista somalí Al Shabaab, el mismo que el sábado acabó con 100 personas en un atentado en la capital somalí.


    Todos estos enfrentamientos se han recrudecido en los últimos años. González explicaba que se sospecha que los tigrinos los han alimentado, especialmente en Oromo. «Cuando estaban en el poder, su principal enemigo eran esos independentistas». Pero en 2021 se aliaron. «Era una forma de desestabilizar al Gobierno central». Por ello, a la espera de constatar cómo se implementa el acuerdo, sigue resonando la llamada del Papa el 23 de octubre para «encontrar soluciones equitativas para una paz duradera en todo el país».


    Publicado por Alfa & Omega


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