Convivencia | Yris Rossi
Donde hay división, el cuerpo
duele y el espíritu calla
La Palabra de Dios no habla de la división como
un simple desacuerdo humano. La nombra como una herida. Una herida que
atraviesa la carne, confunde el alma y apaga el espíritu. Por eso san Pablo no
se limita a corregir conductas externas. Va al corazón del ser humano, allí
donde se decide si vivimos para Cristo o para nosotros mismos (cf. Rom 16,
17-18).
El ser humano fue creado como unidad viva. Cuerpo
que siente. Alma que recuerda y anhela. Espíritu que escucha a Dios. Cuando
estas dimensiones caminan juntas, la vida florece. Cuando se separan, aparece
la fragmentación. Y la fragmentación siempre busca justificarse creando bandos,
voces enfrentadas, identidades que excluyen (cf. 1 Cor 1, 10-13).
San Pablo advierte a la comunidad de Roma que
quienes provocan divisiones no sirven al Señor, sino a su propio vientre. No es
una expresión dura por casualidad. El vientre es símbolo de un cuerpo que ya no
se deja guiar por el espíritu. De un deseo que no ha sido transfigurado por el
amor. Cuando el cuerpo manda sin escuchar al alma, y el alma se encierra sin
abrirse a Dios, el espíritu queda sin voz (cf. Rom 16, 18).
En Corinto, la división llega incluso a la mesa
del Señor. La Eucaristía, misterio de comunión, se vacía de su verdad cuando
cada uno se adelanta, cuando unos se sacian y otros quedan en la vergüenza. El
cuerpo come, pero no reconoce. El alma participa, pero no ama. El espíritu está
ausente. Y entonces san Pablo pronuncia una frase que estremece: eso ya no es
la Cena del Señor (cf. 1 Cor 11, 18-22).
No basta el rito cuando falta la unidad interior.
No basta la forma cuando el amor ha sido desplazado (cf. 1 Cor 11, 22).
Gálatas enumera las obras de la carne y entre
ellas aparecen las divisiones, los partidos, las discordias. No como errores
intelectuales, sino como frutos de una vida desordenada. Allí donde el espíritu
no gobierna, el alma se dispersa y el cuerpo se convierte en instrumento de
ruptura. La carne no es el cuerpo en sí, sino el cuerpo separado de Dios (cf.
Gál 5, 19-21).
La carta de Judas nombra a quienes causan
divisiones como hombres psíquicos, sin Espíritu. No porque carezcan de
inteligencia o sensibilidad, sino porque viven cerrados a la acción de Dios.
Son personas fragmentadas por dentro y, sin saberlo, transmiten esa
fragmentación a los demás (cf. Jud 17-19).
Desde la fe católica, la unidad no es uniformidad
ni silencio impuesto. Es armonía. Es permitir que el Espíritu Santo ordene lo
que el pecado ha dispersado. Es aceptar que el cuerpo necesita disciplina para
amar, que el alma necesita verdad para no extraviarse y que el espíritu
necesita humildad para escuchar (cf. 1 Cor 1, 10).
Cuando el ser humano se deja unificar por Cristo,
deja de decir yo soy de este o de aquel, y aprende a decir con mansedumbre yo
soy del Señor. Entonces la comunidad sana. Entonces la Iglesia respira como un
solo cuerpo. Entonces la fe deja de ser un campo de batalla y vuelve a ser
casa, mesa compartida, pan partido para todos (cf. 1 Cor 1, 12-13; 11, 20).
Allí donde hay comunión interior, la división
pierde su poder. Y el Espíritu, que nunca grita, vuelve a hablar en voz baja,
como quien reconstruye desde dentro lo que parecía perdido (cf. Gál 5, 22; Jud
19).


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