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    martes, 13 de enero de 2026

    Donde hay división, el cuerpo duele y el espíritu calla


    Convivencia | Yris Rossi 

     


    Donde hay división, el cuerpo duele y el espíritu calla

     

    La Palabra de Dios no habla de la división como un simple desacuerdo humano. La nombra como una herida. Una herida que atraviesa la carne, confunde el alma y apaga el espíritu. Por eso san Pablo no se limita a corregir conductas externas. Va al corazón del ser humano, allí donde se decide si vivimos para Cristo o para nosotros mismos (cf. Rom 16, 17-18).

     

    El ser humano fue creado como unidad viva. Cuerpo que siente. Alma que recuerda y anhela. Espíritu que escucha a Dios. Cuando estas dimensiones caminan juntas, la vida florece. Cuando se separan, aparece la fragmentación. Y la fragmentación siempre busca justificarse creando bandos, voces enfrentadas, identidades que excluyen (cf. 1 Cor 1, 10-13).

     

    San Pablo advierte a la comunidad de Roma que quienes provocan divisiones no sirven al Señor, sino a su propio vientre. No es una expresión dura por casualidad. El vientre es símbolo de un cuerpo que ya no se deja guiar por el espíritu. De un deseo que no ha sido transfigurado por el amor. Cuando el cuerpo manda sin escuchar al alma, y el alma se encierra sin abrirse a Dios, el espíritu queda sin voz (cf. Rom 16, 18).

     

    En Corinto, la división llega incluso a la mesa del Señor. La Eucaristía, misterio de comunión, se vacía de su verdad cuando cada uno se adelanta, cuando unos se sacian y otros quedan en la vergüenza. El cuerpo come, pero no reconoce. El alma participa, pero no ama. El espíritu está ausente. Y entonces san Pablo pronuncia una frase que estremece: eso ya no es la Cena del Señor (cf. 1 Cor 11, 18-22).

     

    No basta el rito cuando falta la unidad interior. No basta la forma cuando el amor ha sido desplazado (cf. 1 Cor 11, 22).

     

    Gálatas enumera las obras de la carne y entre ellas aparecen las divisiones, los partidos, las discordias. No como errores intelectuales, sino como frutos de una vida desordenada. Allí donde el espíritu no gobierna, el alma se dispersa y el cuerpo se convierte en instrumento de ruptura. La carne no es el cuerpo en sí, sino el cuerpo separado de Dios (cf. Gál 5, 19-21).

     

    La carta de Judas nombra a quienes causan divisiones como hombres psíquicos, sin Espíritu. No porque carezcan de inteligencia o sensibilidad, sino porque viven cerrados a la acción de Dios. Son personas fragmentadas por dentro y, sin saberlo, transmiten esa fragmentación a los demás (cf. Jud 17-19).

     

    Desde la fe católica, la unidad no es uniformidad ni silencio impuesto. Es armonía. Es permitir que el Espíritu Santo ordene lo que el pecado ha dispersado. Es aceptar que el cuerpo necesita disciplina para amar, que el alma necesita verdad para no extraviarse y que el espíritu necesita humildad para escuchar (cf. 1 Cor 1, 10).

     

    Cuando el ser humano se deja unificar por Cristo, deja de decir yo soy de este o de aquel, y aprende a decir con mansedumbre yo soy del Señor. Entonces la comunidad sana. Entonces la Iglesia respira como un solo cuerpo. Entonces la fe deja de ser un campo de batalla y vuelve a ser casa, mesa compartida, pan partido para todos (cf. 1 Cor 1, 12-13; 11, 20).

     

    Allí donde hay comunión interior, la división pierde su poder. Y el Espíritu, que nunca grita, vuelve a hablar en voz baja, como quien reconstruye desde dentro lo que parecía perdido (cf. Gál 5, 22; Jud 19).






     

     

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