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    martes, 13 de enero de 2026

    «Cállate y sal de él»


    Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc

     


    «Cállate y sal de él»

    (Martes 13, lecturas del día: 1 Samuel 1,9-20; 1 Samuel 2,1-10 [Cántico de Ana]; Marcos 1,21-28)

     

    Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

    Hoy el Evangelio nos sitúa en la sinagoga de Cafarnaúm, el primer sábado público de Jesús. Allí ocurre algo que sacude a todos: un hombre poseído grita verdades sobre Jesús —«Sé quién eres: el Santo de Dios»—, pero Jesús no acepta ese testimonio. Con autoridad soberana ordena: «¡Cállate y sal de él!» (Mc 1,25).

     

    ¿Por qué Jesús manda callar a un espíritu que está diciendo la verdad?

    Porque hay verdades que, cuando vienen del enemigo, no liberan, sino que esclavizan más. El demonio no busca que la gente crea en Jesús como Salvador, sino que lo reduzca a un dato curioso, a un título interesante, a un poder más entre muchos. La verdad dicha por la mentira sigue siendo mentira en su intención.

     

    1. Ana: el grito silencioso que Dios escucha

    Volvamos la mirada a la primera lectura (1 Sam 1,9-20). Ana está en el templo, desgarrada por el dolor, humillada por la esterilidad, provocada por Penina. No grita, no levanta la voz. Sus labios se mueven, pero no sale sonido. Es un grito silencioso, un clamor del corazón que solo Dios puede escuchar.

    Y Dios escucha ese silencio lleno de fe.

    Le concede a Samuel, y Ana responde con el hermoso cántico (el salmo responsorial de hoy):

    - «Mi corazón se regocija en el Señor,

    - mi poder se exalta gracias a mi Dios.

    - Mi boca se ríe de mis enemigos,

    - porque gozo de tu salvación» (1 Sam 2,1).

    Ana nos enseña que el verdadero clamor no siempre es ruidoso. A veces es un susurro de confianza absoluta en medio del sufrimiento. Y ese susurro mueve el corazón de Dios.

     

    2. Jesús: la autoridad que impone silencio al mal

    En el evangelio vemos el contraste radical. Aquí sí hay gritos: el espíritu inmundo grita, convulsiona, se resiste. Pero Jesús no dialoga con él. No discute. No negocia. Con una sola frase ejerce una autoridad que nadie había visto jamás: «¡Cállate! ¡Sal de él!». Y el espíritu obedece.

    No porque Jesús sea más fuerte que otros exorcistas (había muchos en aquel tiempo).

    Obedece porque Jesús es el Santo de Dios, el que tiene autoridad sobre toda fuerza del mal, incluso sobre la que se disfraza de verdad.

    Los presentes se asombran:

    «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva enseñada con autoridad! ¡Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen!» (Mc 1,27).

     

    3. ¿Qué significa hoy para nosotros «Cállate y sal de él»?

    El Señor sigue diciendo esas palabras en nuestras vidas. Y las dice en varios niveles:

    - A los espíritus de mentira que hablan dentro de nosotros

    - «Tú no vales nada… nunca cambiarás… Dios ya se olvidó de ti… todo es inútil…»

    - → Jesús nos ordena: ¡Cállate! No tienes derecho a hablar en mi vida.

    - A las verdades a medias que nos esclavizan

    Hay cosas ciertas que el maligno usa para herirnos: nuestros pecados reales, nuestras caídas pasadas, nuestros defectos.

    - El demonio toma esas verdades y las convierte en condena.

    - Jesús toma esas mismas verdades y las transforma en misericordia.

    - Por eso manda callar al acusador.

    - A todo aquello que quiere definirnos aparte de Él

    - El espíritu inmundo quería definir a Jesús antes de tiempo («Sé quién eres…»).

    - Jesús no se deja definir por nadie, ni siquiera por una verdad dicha con mala intención.

    - Solo el Padre define quién es Jesús. Y solo Jesús define quiénes somos nosotros.

     

    Conclusión y compromiso

    Hermanos:  Hoy el Señor quiere entrar en tu «sinagoga interior», en ese lugar donde conviven tus pensamientos, tus miedos, tus recuerdos dolorosos, tus voces internas.

    Y te dice con la misma autoridad de Cafarnaúm:

    - «A todo lo que te esclaviza, a toda voz que te condena, a toda mentira que se disfraza de verdad…

    - ¡Cállate y sal de él!»

    Y cuando salga ese espíritu, habrá silencio… pero no el silencio de la muerte, sino el silencio lleno de paz, el mismo silencio en que Ana pudo orar, confiar y esperar.

     

    Pidámosle al Señor la gracia de reconocer esas voces que no vienen de Él, y la valentía de dejar que Jesús les diga: ¡Cállate y sal!

     

    Que María, la que guardaba todo en su corazón en silencio lleno de fe, nos ayude a escuchar solo la voz del Buen Pastor. Amén.






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