Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
«Cállate y sal de él»
(Martes
13, lecturas del día: 1 Samuel 1,9-20; 1 Samuel 2,1-10 [Cántico de Ana]; Marcos
1,21-28)
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy
el Evangelio nos sitúa en la sinagoga de Cafarnaúm, el primer sábado público de
Jesús. Allí ocurre algo que sacude a todos: un hombre poseído grita verdades
sobre Jesús —«Sé quién eres: el Santo de Dios»—, pero Jesús no acepta ese
testimonio. Con autoridad soberana ordena: «¡Cállate y sal de él!» (Mc
1,25).
¿Por
qué Jesús manda callar a un espíritu que está diciendo la verdad?
Porque
hay verdades que, cuando vienen del enemigo, no liberan, sino que esclavizan
más. El demonio no busca que la gente crea en Jesús como Salvador, sino que lo
reduzca a un dato curioso, a un título interesante, a un poder más entre
muchos. La verdad dicha por la mentira sigue siendo mentira en su intención.
1.
Ana: el grito silencioso que Dios escucha
Volvamos
la mirada a la primera lectura (1 Sam 1,9-20). Ana está en el templo,
desgarrada por el dolor, humillada por la esterilidad, provocada por Penina. No
grita, no levanta la voz. Sus labios se mueven, pero no sale sonido. Es un
grito silencioso, un clamor del corazón que solo Dios puede escuchar.
Y
Dios escucha ese silencio lleno de fe.
Le
concede a Samuel, y Ana responde con el hermoso cántico (el salmo
responsorial de hoy):
- «Mi corazón se regocija
en el Señor,
- mi poder se exalta
gracias a mi Dios.
- Mi boca se ríe de mis
enemigos,
- porque gozo de tu
salvación» (1 Sam 2,1).
Ana
nos enseña que el verdadero clamor no siempre es ruidoso. A veces es un susurro
de confianza absoluta en medio del sufrimiento. Y ese susurro mueve el corazón
de Dios.
2.
Jesús: la autoridad que impone silencio al mal
En
el evangelio vemos el contraste radical. Aquí sí hay gritos: el espíritu
inmundo grita, convulsiona, se resiste. Pero Jesús no dialoga con él. No
discute. No negocia. Con una sola frase ejerce una autoridad que
nadie había visto jamás: «¡Cállate! ¡Sal de él!». Y el espíritu obedece.
No
porque Jesús sea más fuerte que otros exorcistas (había muchos en aquel
tiempo).
Obedece
porque Jesús es el Santo de Dios, el que tiene autoridad sobre toda fuerza
del mal, incluso sobre la que se disfraza de verdad.
Los
presentes se asombran:
«¿Qué
es esto? ¡Una doctrina nueva enseñada con autoridad! ¡Hasta a los espíritus
inmundos les manda y le obedecen!» (Mc 1,27).
3.
¿Qué significa hoy para nosotros «Cállate y sal de él»?
El
Señor sigue diciendo esas palabras en nuestras vidas. Y las dice en varios
niveles:
- A los espíritus de
mentira que hablan dentro de nosotros
- «Tú no vales nada… nunca
cambiarás… Dios ya se olvidó de ti… todo es inútil…»
- → Jesús
nos ordena: ¡Cállate! No
tienes derecho a hablar en mi vida.
- A las verdades a medias
que nos esclavizan
Hay
cosas ciertas que el maligno usa para herirnos: nuestros pecados reales,
nuestras caídas pasadas, nuestros defectos.
- El demonio toma esas
verdades y las convierte en condena.
- Jesús toma esas mismas
verdades y las transforma en misericordia.
- Por eso manda callar al
acusador.
- A todo aquello que
quiere definirnos aparte de Él
- El espíritu inmundo
quería definir a Jesús antes de tiempo («Sé quién eres…»).
- Jesús no se deja definir
por nadie, ni siquiera por una verdad dicha con mala intención.
- Solo el Padre define
quién es Jesús. Y solo Jesús define quiénes somos nosotros.
Conclusión
y compromiso
Hermanos: Hoy el Señor quiere entrar en tu «sinagoga
interior», en ese lugar donde conviven tus pensamientos, tus miedos, tus
recuerdos dolorosos, tus voces internas.
Y
te dice con la misma autoridad de Cafarnaúm:
- «A todo lo que te
esclaviza, a toda voz que te condena, a toda mentira que se disfraza de verdad…
- ¡Cállate y
sal de él!»
Y
cuando salga ese espíritu, habrá silencio… pero no el silencio
de la muerte, sino el silencio lleno de paz, el mismo silencio en
que Ana pudo orar, confiar y esperar.
Pidámosle
al Señor la gracia de reconocer esas voces que no vienen de Él, y la valentía
de dejar que Jesús les diga: ¡Cállate y sal!
Que
María, la que guardaba todo en su corazón en silencio lleno de fe, nos ayude a
escuchar solo la voz del Buen Pastor. Amén.


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