Reflexión | P. Ciprián Hilario, msc
Vino nuevo
(Lunes
19 enero 2026, lecturas: 1Samuel 15,16-23. Salmo 49,8-9.16-17.21-23 y San
Marcos 2,18-22)
Queridos
hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy
la liturgia nos presenta lecturas que, a primera vista, parecen tratar temas
distintos, pero que convergen en una profunda lección espiritual: Dios
no se contenta con apariencias religiosas ni con prácticas externas que no
nazcan de un corazón obediente y renovado. El hilo conductor que une estas
lecturas es la necesidad de una conversión auténtica, de pasar de lo viejo a lo
nuevo, porque el Señor trae algo radicalmente nuevo que no cabe en
estructuras rÃgidas o en actitudes antiguas.
Comencemos
por la primera lectura (1 Samuel 15,16-23). Saúl, el rey ungido
por Dios, desobedece el mandato divino de destruir completamente a
los amalecitas y su botÃn. Cuando Samuel lo confronta, Saúl justifica su acción
diciendo que el pueblo reservó lo mejor "para ofrecer sacrificios al
Señor". Pero el profeta responde con palabras contundentes: "¿Se
complace el Señor tanto en los holocaustos y en los sacrificios como en la
obediencia a la voz del Señor? El obedecer es mejor que los
sacrificios" (1 Sam 15,22). Saúl ofrece un culto exterior, pero su
corazón está en rebeldÃa. La desobediencia es equiparada a idolatrÃa y
adivinación. Aquà vemos que Dios rechaza el sacrificio cuando no va acompañado
de obediencia plena. No basta con "hacer cosas religiosas"; lo
que cuenta es la sumisión del corazón a la voluntad de Dios.
El
Salmo 49 profundiza esta idea desde otra perspectiva: la vanidad
de confiar en las riquezas. El salmista nos advierte que nadie puede
comprar la vida eterna con bienes materiales: "Nadie podrá redimir a su
hermano ni dar a Dios su rescate" (v. 8-9), porque la redención es
demasiado costosa. Los ricos que se jactan de sus posesiones terminan como las
bestias que perecen (v. 21). No hay riqueza que pueda librar de la muerte ni
del juicio. Este salmo nos invita a no poner nuestra confianza en lo
pasajero, sino en Dios, que es el único que rescata del sepulcro (v. 16).
Es una llamada a la humildad y a la verdadera sabidurÃa: reconocer que todo lo
material es efÃmero y que solo Dios da vida eterna.
Finalmente,
el Evangelio de Marcos 2,18-22 nos lleva al corazón del mensaje de Jesús
con la imagen del vino nuevo y los odres nuevos. Los discÃpulos de Juan
y los fariseos ayunan por tradición, pero los de Jesús no lo hacen porque
"el novio está con ellos". Jesús es la presencia nupcial de Dios, el
tiempo de alegrÃa y banquete. Luego, para explicar por qué su enseñanza no se
ajusta a las prácticas antiguas, usa dos imágenes:
Nadie
pone un remiendo de tela nueva en un vestido viejo (se rompe más).
Nadie
echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo fermenta, genera
presión y revienta los odres viejos; se pierde el vino y se dañan los odres.
Jesús
anuncia que trae un "vino nuevo": la novedad del Reino de
Dios, la salvación por gracia, la misericordia sin lÃmites, la relación filial
con el Padre, la libertad interior frente a la Ley entendida como carga. Este
vino nuevo es el EspÃritu Santo que Él derrama, la vida nueva de la Pascua,
el gozo de la resurrección.
Pero
este vino nuevo requiere odres nuevos: un corazón renovado,
una mente abierta, una vida transformada por la fe en Él. No se
puede meter la novedad del Evangelio en estructuras rÃgidas de legalismo, en
tradiciones que se han convertido en fin en sà mismas, ni en corazones
endurecidos por el orgullo o la autosuficiencia.
Elementos
clave del tema "vino nuevo" en Marcos 2,18-22
La
novedad radical del Reino: Jesús no viene a remendar el judaÃsmo farisaico
ni a continuar las prácticas de Juan como si fueran lo definitivo. Trae algo
enteramente nuevo: Él mismo es el cumplimiento, el novio que inaugura la fiesta
mesiánica.
El
vino nuevo simboliza la alegrÃa y la vida abundante: En la
Biblia, el vino representa gozo, bendición y la efusión del EspÃritu (cf. Is
25,6-8; Jn 2,1-11 en Caná). El ayuno es para tiempos de
espera y penitencia; pero cuando llega el novio, es tiempo de fiesta.
La
incompatibilidad entre lo viejo y lo nuevo: El vino nuevo fermenta y
expande; los odres viejos ya están rÃgidos y secos, no soportan la presión.
Intentar "mezclar" la gracia de Cristo con un corazón apegado al
legalismo o al mérito propio produce ruptura: o se pierde la novedad del Evangelio
o se rompe la estructura antigua.
La
necesidad de conversión (odres nuevos): Para acoger a Cristo hay
que renovarse interiormente. No basta con prácticas externas (ayunos,
sacrificios, tradiciones); se necesita un corazón nuevo, obediente, humilde y
abierto al EspÃritu.
Aplicación
actual:
Hoy también corremos el riesgo de poner "vino nuevo" en
"odres viejos": querer seguir a Jesús, pero sin cambiar
costumbres, sin perdonar, sin salir de nuestra zona de confort religiosa, sin
obedecer cuando Él pide más. El Señor nos invita a dejarnos transformar
para que su vida nueva pueda expandirse en nosotros sin romperse.
Hermanos: obediencia
mejor que sacrificio (1 Sam); confianza en Dios mejor que en riquezas (Sal
49); vino nuevo en odres nuevos (Mc 2). Todo apunta a lo mismo: Dios quiere
corazones nuevos, obedientes, libres y alegres en su presencia.
Pidamos
al Señor la gracia de renovar nuestro interior, de dejar atrás lo que nos ata
al pasado y de acoger con gozo el vino nuevo de su Evangelio. Que MarÃa, la que
guardó todo en su corazón y se dejó llenar del EspÃritu, nos ayude a ser odres
nuevos para el Señor. Amén.


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