Actualidad | Alcedo A. Ramírez
Al
Encuentro de San Valentín
(Una
reflexión a propósito del pasado 14 de febrero 2026)
El pasado 14 de febrero se pudo comprobar, una vez más, la
popularidad y universalidad de la celebración del Día de la Amistad y del Amor,
antes la Fiesta de San Valentín, pero que ha sido eliminada del Calendario
Católico desde el año de 1969, por razones y motivos que todavía nos son
inexplicables. De todas maneras, a pesar de esta eliminación, el Pueblo de Dios
y la religiosidad popular siguen reconociendo en San Valentín un mártir digno
de recordación y celebración, por el legado tan importante que nos dejó, en
temas tan importantes como los son las relaciones de amistad, noviazgo y
matrimonio.
La esencia del recuerdo de San Valentín radica en su
decisión de poner en riesgo su vida, al dejar de observar la disposición que
prohibía del matrimonio de hombres jóvenes, en la Antigua Roma, para poder ser
integrados a sus legiones y enviados a prestar sus servicios en los territorios
ocupados o por conquistar. En este sentido, el Obispo Valentín realizaba bodas
y matrimonios secretos, entre novios a quienes conocía y había preparado
previamente, a los cuales bendecía su unión, para que pudieran formalizar sus
relaciones y proceder con la formación de una real familia cristiana.
Cuando este comportamiento de San Valentín fue descubierto y
denunciado, el Santo Obispo fue apresado y recluido en prisión, a fin de
cumplir una condena indefinida, hasta tanto se comprometiera a descontinuar con
la práctica que lo llevó a la cárcel. En esa situación, uno de los guardianes
de la prisión, reconociendo la santidad del reo y teniendo una hija ciega de
nacimiento, le pidió que la sanara de tal condición, ya que pensaba que él
podía hacerlo.
A fin de proceder con la petición del carcelero, San
Valentín preparó y entregó una nota escrita dirigida a la joven invidente, con
la finalidad de que tuviera a bien leerla y que este sería la forma o el método
de su curación milagrosa. La joven Julia, que así se llamaba la hija, pudo leer
la notita, con lo cual se pudo comprobar que había sido curada de su ceguera,
el milagro hecho realidad, por lo que el Obispo pudo demostrar que era un Hombre
de Dios, y que lo que estaba haciendo contaba con la bendición del Altísimo y
de su Hijo Jesucristo.
Pasado el tiempo, el Obispo San Valentín fue liberado y
amonestado de que no debía seguir celebrando bodas y matrimonios de hombres y
mujeres jóvenes, porque de lo contrario tendría que soportar el castigo que se
infligía a quienes violaran las órdenes emanadas de las autoridades del
Imperio. Nada podía impedir a Valentín continuar con su Ministerio en favor del
Matrimonio y de la Familia, por lo que siempre siguió con su labor pastoral.
Al cabo de un tiempo, el Obispo Valentín fue apresado,
nuevamente, pero esta vez no pudo escapar a los designios del Imperio, por lo
cual fue sometido al martirio incruento de la decapitación. De esta manera, su
sacrificio pudo trascender las barreras y cortinas del olvido, ya que su
ejemplo de vida permitió testificar el compromiso cristiano con las relaciones
de los novios, basadas en la amistad y el amor, que luego se pueden convertir
en las bases de un matrimonio firme, sentando las raíces de una familia futura,
elemento básico de la sociedad.
Las recientes celebraciones del Día de San Valentín, de la
Amistad y del Amor, son pruebas fidedignas de que las tradiciones sanas y de
valores que son reconocidos y respetados por el Pueblo pueden permanecer a
través del tiempo, sin importar que una parte de la sociedad las desvirtúe con
excesos que no se compadecen con el espíritu de la fiesta conmemorada.


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