Fe y Vida | Mireia Bonilla
Ángelus: el Papa asegura que
servir y atender a los demás reaviva la verdadera alegría
Antes del rezo
del Ángelus, el Papa recuerda que Dios no descarta a nadie, que toda herida
puede sanar, y que son los gestos de misericordia y atención a los demás los
que mantienen viva la luz del Evangelio en el mundo.
Esta mañana el
Santo Padre ha reflexionado sobre las palabras de Jesús «Ustedes son la
sal de la tierra y la luz del mundo», para recordar a los fieles del
mundo que vivir las Bienaventuranzas da verdadero sabor a la vida y hace
resplandecer la alegría cristiana: “Esta alegría se irradia de un
estilo de vida que se desea y elige, de un modo de habitar la tierra y de vivir
juntos. Es la vida que resplandece en Jesús, el sabor nuevo de sus gestos y de
sus palabras”. De hecho, el Papa recuerda que vivir las
Bienaventuranzas transforma la realidad, pues quien sigue a Jesús hace que la
tierra sea distinta y que la oscuridad no tenga la última palabra.
Dios no descarta a nadie, y toda herida puede sanar
Desde la
ventana del Palacio Apostólico, León XIV ha explicado que no siempre es fácil
mantener esa alegría y esa luz: “Es doloroso perder sabor y renunciar a la
alegría; sin embargo, es posible tener esta herida en el corazón”. También
recuerda que muchas personas —quizá nos ha sucedido también a nosotros— se
sienten descartadas o fracasadas, como si su luz se hubiera escondido. Ante
esto, el Papa ha ofrecido una esperanza renovadora: “Jesús nos anuncia
a un Dios que nunca nos descarta, a un Padre que custodia nuestro nombre y
nuestra unicidad”. Es más, el Papa asegura que “cada herida, aun profunda,
sanará acogiendo la palabra de las Bienaventuranzas y haciéndonos regresar al
camino del Evangelio”.
Existe algo muy eficaz para reavivar la alegría
Después, el
Papa desvela el secreto para revivir la alegría: “con gestos de apertura y de
atención a los demás” y también habla de cómo la autenticidad importa más que
la apariencia o el poder: “Jesús mismo fue tentado, en el desierto, por
otros caminos: hacer valer su identidad, exhibirla y tener el mundo a sus pies.
Pero él rechaza los caminos en los que hubiera perdido su verdadero sabor,
aquel que hallamos cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada, el
amor que no hace ruido”.
Destaca su
invitación final a “dejarnos alimentar e iluminar por la comunión con
Jesús”: “Sin exhibiciones seremos entonces como una ciudad en la cima
del monte, no sólo visible, sino también atrayente y acogedora; la ciudad de
Dios en la que todos, en definitiva, desean vivir y encontrar la paz”.


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