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    viernes, 10 de julio de 2026

    Salió el sembrador a sembrar


    Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc

     


    Salió el sembrador a sembrar

    (Domingo 12 de julio 2026. Decima quinta semana tiempo ordinario, lecturas: Isaías 55, 10-11. Salmo 64,10-14. Romanos 8,18-23. San Mateo 13,1-23)

     

    Queridos hermanos y hermanas:

    La Palabra de Dios de este domingo nos presenta la hermosa imagen del sembrador. Dios es el gran sembrador que, con infinita generosidad, sale cada día a sembrar su Palabra en el corazón de todos. La pregunta no es si Dios siembra o no; la verdadera pregunta es: ¿qué clase de tierra somos nosotros? A la luz de las lecturas, descubramos algunos elementos que iluminen nuestra vida.

     

    1. La Palabra de Dios nunca vuelve vacía (Isaías 55,10-11). El profeta Isaías compara la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve que descienden del cielo. Así como el agua empapa la tierra, la hace germinar y producir frutos, así también la Palabra de Dios tiene una fuerza transformadora.

    Muchas veces pensamos que escuchar la Palabra no cambia nada porque los resultados no son inmediatos. Sin embargo, Dios nos asegura que su Palabra siempre realiza aquello para lo que fue enviada. Quizás hoy no vemos el fruto, pero la semilla ya está trabajando silenciosamente en nuestro corazón.

    Esto nos invita a confiar más en Dios. Cada Misa, cada lectura de la Biblia, cada momento de oración deja una huella profunda, aunque no la percibamos inmediatamente. Dios nunca pierde el tiempo cuando nos habla.

     

    2. Dios bendice la tierra que se deja fecundar (Salmo 64). El salmista canta la generosidad de Dios: Él visita la tierra, la riega, la enriquece y la llena de abundancia. Todo florece porque Dios derrama su bendición.

    También nuestra vida puede convertirse en un campo fecundo cuando permitimos que Dios la visite. Un corazón abierto produce frutos de paz, perdón, paciencia, solidaridad, honestidad y amor.

    El Señor desea bendecir nuestras familias, nuestro trabajo, nuestra comunidad y nuestra parroquia. Pero esa bendición requiere una tierra disponible, humilde y agradecida.

     

    3. Esperar con esperanza en medio de los sufrimientos (Romanos 8,18-23).

    San Pablo nos recuerda que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que Dios nos tiene preparada.

    Vivimos en un mundo marcado por enfermedades, violencia, injusticias, problemas económicos y tantas preocupaciones. Sin embargo, el cristiano no pierde la esperanza porque sabe que Dios continúa haciendo nuevas todas las cosas.

    La creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios. Nosotros estamos llamados a ser sembradores de esperanza, cuidando la creación, defendiendo la vida y llevando consuelo a quienes sufren.

    Cuando dejamos que la Palabra transforme nuestra vida, también contribuimos a transformar el mundo.

     

    4. El sembrador sale a sembrar para todos (Mateo 13,1-23). En el Evangelio, Jesús nos presenta al sembrador que no hace distinción de personas. Siembra abundantemente en todas partes.

    Así actúa Dios con nosotros. No deja de sembrar, aunque muchas veces hayamos rechazado su Palabra. Él siempre vuelve a comenzar porque nunca pierde la esperanza en sus hijos.

    Pero Jesús también describe cuatro tipos de terreno que representan distintas actitudes del corazón.

    El camino representa a quien escucha la Palabra, pero no la comprende ni la acoge. Vive distraído, indiferente o demasiado ocupado para Dios.

    El terreno pedregoso simboliza a quien recibe la Palabra con entusiasmo, pero abandona la fe cuando llegan las dificultades, las críticas o el sufrimiento.

    El terreno lleno de espinas representa a quienes permiten que las preocupaciones, el dinero, el poder, el consumismo y los placeres del mundo ahoguen la vida espiritual.

    Finalmente, la tierra buena es el corazón que escucha, comprende, persevera y produce frutos abundantes: treinta, sesenta y hasta cien por uno.

    Jesús no nos pide ser perfectos, sino disponibles. La tierra buena no nace buena; se trabaja, se limpia, se cultiva y se cuida constantemente.

     

    5. Algunas aplicaciones para nuestra vida. Preguntémonos: ¿qué clase de tierra soy hoy?

    -                     Dediquemos cada día unos minutos para leer y meditar la Palabra de Dios.

    -                     No dejemos que las preocupaciones apaguen nuestra vida espiritual.

    -                     Seamos pacientes con los procesos de Dios; los frutos llegan a su debido tiempo.

    Convirtámonos también nosotros en sembradores de esperanza, de reconciliación y de amor en nuestras familias y comunidades.

     

    Queridos hermanos y hermanas:

    Cada Eucaristía es un nuevo momento en el que el Señor sale a sembrar. Hoy esa semilla cae nuevamente sobre nuestro corazón. No endurezcamos la tierra con el resentimiento, la indiferencia o el pecado. Abramos nuestro corazón para que la Palabra eche raíces profundas y produzca frutos de santidad, de servicio y de amor.

    Que la Santísima Virgen María, que acogió la Palabra con un corazón totalmente disponible, nos enseñe a ser tierra buena donde Cristo pueda crecer y dar abundantes frutos para la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos. Amén.






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