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La confesión es una nueva
creación, no debe confundirse con la psicoterapia
El regente de
la Penitenciaría Apostólica concluye el V Seminario de formación titulado
«Celebrar el sacramento de la Reconciliación» en el Palacio de la Cancillería,
haciendo hincapié en el significado de la «contrición»: «No es un precio que
hay que pagar, sino el inicio de una nueva creación en el Espíritu». El
confesor, dijo, «no es un juez de las ruinas», sino un «siervo de la
misericordia».
No es «un
sentido de culpa paralizante», ni «un análisis psicológico estérilmente
encerrado en sí mismo», sino «el encuentro liberador entre la verdad de nuestra
fragilidad y la sobreabundancia de la misericordia de Dios». En este sentido,
«la confesión no debe confundirse con la psicoterapia» y el confesor no debe
entenderse como «un juez de las ruinas», sino como «un servidor de la
reconstrucción que acompaña al penitente desde la culpa hasta la misericordia».
El regente de la Penitenciaría Apostólica, monseñor Krzysztof Józef Nykiel,
explica así el sentido más profundo de la contritio cordis, la contrición, tema
central del V Seminario de formación «Celebrar el sacramento de la
Reconciliación», que, organizado por la misma Penitenciaría, se llevó a cabo
los días 23 y 24 en el Palacio de la Cancillería.
Sentirse amados y acogidos
La ponencia de
Nykiel cierra esta mañana el seminario haciendo un resumen de las distintas
intervenciones que han marcado estos dos días. Estas, dijo, han trazado «un
mapa completo —bíblico, espiritual, psicológico-existencial y pastoral— del
camino de conversión». «La contrición auténtica —subrayó Nykiel— no nace del
desprecio de uno mismo ni de la observación primaria del mal cometido, sino de
la mirada dirigida hacia la misericordia divina... El hombre, por lo tanto, se
atreve a mirar su propio pecado porque sabe, ante todo, que es amado y
acogido». En este sentido, explicó el regente, «la contrición no es un precio
que hay que pagar, sino el inicio de la nueva creación obrada por el Espíritu
Santo».
Construir sobre las ruinas
Monseñor
Nykiel habló además del «sentido de culpa» que, cuando es «psicológico,
estático y autorreferencial», «apabulla a la persona en la ilusión de ser
culpa» y «conduce al inmovilismo o a confesiones frenéticas por mero alivio
emocional». Al recordar la encíclica *Dilexit nos* del Papa Francisco, el
prelado polaco también se detuvo en el «vínculo indisoluble entre la contrición
interior y la reparación externa». La reparación, explicó, «no es un mero deber
moralista», sino «el fruto de un corazón traspasado que elige construir sobre
las ruinas causadas por el pecado». En este sentido, vuelven a la mente la
experiencia de San Pedro, «cuyo llanto amargo surge de haber cruzado la mirada
de Jesús», la lucha interior de San Agustín y la pedagogía ignaciana de las
tres preguntas: «¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago? ¿Qué haré?». Experiencias
que «enseñan que la confesión no debe confundirse con la psicoterapia».
Ideas para “aprender a confesarse”
El deseo del
regente de la Penitenciaría Apostólica es, por lo tanto, que el seminario se
convierta en “una escuela de oración y reconciliación” para todos los
participantes y “dé frutos concretos” en la “vida espiritual”. Por ello, ha
dejado cuatro indicaciones prácticas para la vida de fe. En primer lugar, la de
«comenzar por el amor, no por el tribunal interior». «Un buen examen de
conciencia no debe partir de una fría lista de fallas ni de la autocrítica,
sino de la contemplación de la misericordia de Dios y del Crucificado»,
destacó. «Solo cuando reconocemos cuánto somos amados, encontramos el valor
para mirar la gravedad de nuestro pecado sin justificarnos y sin desesperarnos»
No juzgar a los hermanos y volver a empezar cada día
Luego hay que
«llamar al pecado por su nombre y superar la autorreferencialidad». Es decir,
«superar la trampa del sentimiento de culpa, que nos hace decir “no valgo
nada”, para abrazar la contrición evangélica, que dice: “He herido al Amor,
pero deseo volver al Padre”». Otra indicación es la de «prolongar el sacramento
en la reparación»: «La confesión no se agota en la absolución final. Si la
contrición mira a Dios, la reparación mira al hermano y a la comunidad». De ahí
surge la invitación a «mantener un corazón sensible y vulnerable a la Palabra
de Dios, capaz de no juzgar a los hermanos y dispuesto a recomenzar cada día
con esperanza».



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