Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc
Solemnidad de Todos los Santos
“Todos estamos llamados a la santidad”
(Domingo
1ro. de noviembre 2026. Trigésima primera semana tiempo ordinario, lecturas:
Apocalipsis 7,2-4.9-14; Salmo 23; 1 Juan 3,1-3; San Mateo 5,1-12)
1.
Introducción
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
celebramos con alegría la solemnidad de Todos los Santos. Es una fiesta que nos
recuerda que la santidad no es un privilegio reservado a los sacerdotes, las
religiosas o algunas personas extraordinarias. Todos estamos llamados a ser
santos, porque Dios nos ha creado por amor y quiere que vivamos eternamente con
Él.
Cuando
escuchamos la palabra santo, quizás pensamos en personas que hicieron grandes
milagros, que vivieron en conventos o que dedicaron toda su vida a la oración.
Sin embargo, también hay santos que fueron padres y madres de familia,
trabajadores, enfermos, jóvenes, ancianos y personas que, en medio de sus
dificultades, supieron amar, perdonar y hacer el bien.
La
santidad comienza en nuestra vida cotidiana: en el hogar, en el
trabajo, en la comunidad y en nuestra relación con Dios.
Veamos
qué nos enseñan las lecturas de hoy y cómo podemos llevarlas a nuestra vida.
2.
Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14. Una multitud que ha alcanzado la salvación
San
Juan contempla una multitud inmensa, de todas las naciones, pueblos y lenguas,
que está delante del trono de Dios y del Cordero. Son personas que han
permanecido fieles y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del
Cordero.
Esta
visión nos recuerda que Dios quiere salvar a todos sus hijos. La santidad no
conoce fronteras, nacionalidades ni diferencias sociales.
Elementos
concretos para nuestra vida
1.
Dios nos llama a todos a la santidad. No importa si somos
ricos o pobres, profesionales o campesinos, jóvenes o ancianos. Todos podemos
vivir el Evangelio allí donde nos encontremos.
Para
nuestra vida: no digamos: «Yo no puedo ser santo porque soy una persona
sencilla». La santidad se vive haciendo el bien, amando a Dios y sirviendo al
prójimo.
2.
La santidad exige fidelidad en medio de las dificultades. Aquella
multitud pasó por grandes sufrimientos, pero no abandonó su fe. Cuando llegan
la enfermedad, los problemas económicos, los conflictos familiares o las
decepciones, no perdamos la confianza en Dios. La dificultad no tiene que
alejarnos del Señor; puede ayudarnos a fortalecer nuestra fe.
3.
La santidad se construye con decisiones concretas. Las vestiduras
blanqueadas nos recuerdan la purificación y la vida nueva que recibimos de
Cristo.
Para
nuestra vida: debemos reconocer nuestros pecados, pedir perdón,
reconciliarnos con quienes hemos ofendido y procurar cambiar aquello que nos
aparta de Dios.
4.
La Iglesia es una familia de pueblos y culturas. La multitud viene de
todas las naciones. Ante Dios nadie es despreciable.
Para
nuestra vida: no discriminemos a nadie por su origen, su pobreza, su color
de piel o su condición social. Una comunidad cristiana debe ser acogedora,
fraterna y misionera.
Enseñanza
principal:
la santidad consiste en permanecer fieles a Cristo y caminar hacia la
salvación, incluso en medio de las pruebas.
3.
Salmo 23. ¿Quién
puede subir al monte del Señor?
El
salmo pregunta quién puede entrar en la presencia de Dios y responde que quien
tiene las manos inocentes y el corazón puro, quien no se entrega a la mentira
ni al engaño.
No
basta con aparentar que somos buenos cristianos; debemos procurar que nuestras
obras correspondan a nuestra fe.
Elementos
concretos para nuestra vida
5.
Tener las manos limpias. Las manos representan nuestras acciones. Podemos
preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con nuestras manos? ¿Ayudamos al necesitado
o le damos la espalda? ¿Trabajamos honradamente o buscamos aprovecharnos de los
demás?
La
santidad se demuestra en lo que hacemos por los demás.
6.
Tener el corazón puro. Un corazón puro es aquel que procura vivir sin
odio, envidia, rencor ni malas intenciones.
Esto
no significa que nunca sintamos debilidad, sino que estamos dispuestos a
convertirnos y a permitir que Dios transforme nuestro interior.
7.
Vivir en la verdad. El salmo nos invita a rechazar el engaño y la
falsedad.
En
nuestra familia, en el trabajo y en la Iglesia, debemos ser personas de
palabra, responsables y honestas. No podemos pretender agradar a Dios mientras
perjudicamos al prójimo.
Enseñanza
principal:
para acercarnos a Dios necesitamos una fe sincera, un corazón limpio y unas
manos dispuestas a hacer el bien.
4.
Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3. Somos hijos amados de Dios
San
Juan nos regala una de las verdades más hermosas de nuestra fe: «¡Mirad qué
amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!».
Nuestra
dignidad no depende del dinero que tenemos, del cargo que ocupamos ni de los
títulos que poseemos. Nuestra dignidad nace del amor de Dios.
Además,
el apóstol nos recuerda que todavía no se ha manifestado plenamente lo que
seremos, pero tenemos la esperanza de contemplar a Dios tal como es.
Elementos
concretos para nuestra vida
8.
Reconocer que somos hijos amados de Dios. Muchas personas viven
tristes, desanimadas o creyendo que no valen nada. La Palabra de Dios nos
recuerda que somos amados por nuestro Padre celestial.
Para
nuestra vida: no despreciemos nuestra propia persona ni permitamos que los
errores del pasado nos hagan perder la esperanza. Podemos levantarnos, cambiar
y comenzar de nuevo con la gracia de Dios.
9.
Tratar a los demás como hijos de Dios. Si Dios es nuestro Padre,
los demás son nuestros hermanos. No podemos amar a Dios y, al mismo tiempo,
humillar, maltratar o despreciar a sus hijos.
Para
nuestra vida: tratemos con respeto a nuestros familiares, a los ancianos,
a los niños, a los enfermos y a las personas que no pueden ofrecernos nada a
cambio.
10.
Vivir con esperanza y procurar la conversión. San Juan nos invita a
purificarnos porque esperamos encontrarnos con el Señor.
Para
nuestra vida: no vivamos solamente preocupados por las cosas materiales.
Preparemos nuestro corazón mediante la oración, los sacramentos, la
reconciliación y las obras de misericordia.
Enseñanza
principal:
la santidad nace de sabernos amados por Dios y de procurar vivir cada día como
verdaderos hijos suyos.
5.
Evangelio: San Mateo 5,1-12. Las
bienaventuranzas, el camino de la santidad.
En
el Evangelio, Jesús sube al monte y enseña a sus discípulos las
bienaventuranzas. Nos presenta un camino que muchas veces va en contra de los
criterios del mundo.
El
mundo dice que es feliz quien tiene mucho dinero, poder, fama o prestigio.
Jesús, en cambio, llama felices a los pobres de espíritu, a los
misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz y a
quienes sufren persecución por causa de la justicia.
Las
bienaventuranzas no son solamente palabras bonitas: son un programa de vida
para quienes quieren ser santos.
Elementos
concretos para nuestra vida
11.
Ser pobres de espíritu. Jesús no condena tener bienes materiales; nos
advierte contra la soberbia y el apego desordenado a las riquezas.
Para
nuestra vida: reconozcamos que necesitamos a Dios. Seamos humildes,
compartamos nuestros bienes y no midamos el valor de las personas por lo que
poseen.
12.
Aprender a llorar con quienes sufren. Jesús llama felices a los
que lloran porque recibirán consuelo.
Para
nuestra vida: no seamos indiferentes ante el dolor ajeno. Visitemos a los
enfermos, acompañemos a quienes han perdido a un ser querido y ofrezcamos una
palabra de esperanza a quien está pasando por una prueba.
13.
Ser mansos y evitar la violencia. La mansedumbre no es
cobardía. Es tener la fuerza necesaria para controlar nuestras reacciones y
tratar a los demás con respeto.
Para
nuestra vida: en lugar de responder con insultos, aprendamos a dialogar. En
vez de alimentar las discusiones familiares, procuremos la reconciliación.
14.
Tener hambre y sed de justicia. Jesús nos invita a desear un mundo más
justo, donde se respete la dignidad de cada persona.
Para
nuestra vida: no participemos en la corrupción, el engaño ni el abuso.
Defendamos al débil y cumplamos nuestras responsabilidades con honestidad.
15.
Ser misericordiosos. El misericordioso no se limita a sentir lástima:
se acerca al que sufre y procura ayudarlo.
Para
nuestra vida: perdonemos las ofensas, ayudemos al necesitado y evitemos
condenar a los demás sin conocer su historia. Recordemos cuántas veces nosotros
también necesitamos misericordia.
16.
Tener un corazón limpio. Jesús nos invita a vivir con sinceridad, sin
doblez ni hipocresía.
Para
nuestra vida: revisemos nuestras intenciones. Preguntémonos si hacemos las
cosas por amor a Dios o solamente para recibir aplausos y reconocimiento.
17.
Trabajar por la paz. El cristiano no debe ser sembrador de discordia,
chismes y divisiones.
Para
nuestra vida: seamos instrumentos de paz en nuestras familias y
comunidades. No llevemos rumores de una persona a otra. Si hay conflictos,
ayudemos a encontrar soluciones mediante el diálogo y el respeto.
18.
Permanecer fieles cuando sufrimos por hacer el bien. Jesús no
promete que sus seguidores estarán libres de dificultades. Nos asegura que el
Reino de los cielos pertenece a quienes permanecen fieles a la justicia por
causa suya.
Para
nuestra vida: no abandonemos nuestros principios cristianos para quedar
bien con todo el mundo. Sigamos haciendo el bien, aunque otros no lo comprendan
o no lo agradezcan.
Enseñanza
principal:
las bienaventuranzas nos muestran que la santidad consiste en vivir al estilo
de Jesús, con humildad, misericordia, justicia, pureza de corazón y compromiso
con la paz.
6.
Conclusión: ¿Qué podemos hacer para ser santos?
Queridos
hermanos y hermanas, la fiesta de Todos los Santos nos invita a mirar a quienes
ya viven en la presencia de Dios y a comprender que nosotros también estamos
llamados a alcanzar esa misma meta.
No
tenemos que esperar a realizar grandes obras para comenzar a ser santos.
Podemos empezar hoy mismo:
- En la
familia,
tratando con amor y respeto a nuestros seres queridos.
- En el
trabajo,
cumpliendo nuestras obligaciones honradamente.
- En la
comunidad,
ayudando al que necesita y evitando las divisiones.
- En la
Iglesia, participando con fe y colaborando en la misión evangelizadora.
- En nuestra
relación con Dios, dedicando tiempo a la oración, celebrando los
sacramentos y procurando la conversión diaria.
La
santidad no significa que nunca nos equivoquemos. Significa que, cuando
caemos, reconocemos nuestros errores, pedimos perdón y volvemos a caminar con
el Señor.
Los
santos no fueron personas que vivieron sin dificultades, sino personas que
permitieron que el amor de Dios transformara sus vidas.
Que
al celebrar a Todos los Santos nos preguntemos: ¿qué debo cambiar hoy para
parecerme un poco más a Jesús?
Que
no nos conformemos con llevar el nombre de cristianos, sino que procuremos
vivir como verdaderos discípulos del Señor. La santidad comienza hoy, en las
pequeñas cosas, cuando amamos a Dios y hacemos el bien a nuestros hermanos.
Oración
final.
Señor
Jesús, tú nos llamas a ser santos y nos muestras el camino mediante las
bienaventuranzas. Danos un corazón humilde, manos dispuestas a servir,
capacidad para perdonar y valentía para trabajar por la justicia y la paz.
Ayúdanos
a vivir como hijos amados de Dios y como hermanos de todos. Que el testimonio
de los santos nos anime a permanecer fieles en las dificultades y a caminar con
esperanza hacia tu Reino. Que un día podamos reunirnos con todos los santos
para alabarte eternamente. Amén.



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