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    viernes, 30 de octubre de 2026

    Solemnidad de Todos los Santos


    Nuestra Fe | P. Ciprián Hilario, msc

     


    Solemnidad de Todos los Santos

    “Todos estamos llamados a la santidad”

    (Domingo 1ro. de noviembre 2026. Trigésima primera semana tiempo ordinario, lecturas: Apocalipsis 7,2-4.9-14; Salmo 23; 1 Juan 3,1-3; San Mateo 5,1-12)

     

    1. Introducción

    Queridos hermanos y hermanas:

    Hoy celebramos con alegría la solemnidad de Todos los Santos. Es una fiesta que nos recuerda que la santidad no es un privilegio reservado a los sacerdotes, las religiosas o algunas personas extraordinarias. Todos estamos llamados a ser santos, porque Dios nos ha creado por amor y quiere que vivamos eternamente con Él.

    Cuando escuchamos la palabra santo, quizás pensamos en personas que hicieron grandes milagros, que vivieron en conventos o que dedicaron toda su vida a la oración. Sin embargo, también hay santos que fueron padres y madres de familia, trabajadores, enfermos, jóvenes, ancianos y personas que, en medio de sus dificultades, supieron amar, perdonar y hacer el bien.

    La santidad comienza en nuestra vida cotidiana: en el hogar, en el trabajo, en la comunidad y en nuestra relación con Dios.

    Veamos qué nos enseñan las lecturas de hoy y cómo podemos llevarlas a nuestra vida.

     

    2. Primera lectura: Apocalipsis 7,2-4.9-14.  Una multitud que ha alcanzado la salvación

    San Juan contempla una multitud inmensa, de todas las naciones, pueblos y lenguas, que está delante del trono de Dios y del Cordero. Son personas que han permanecido fieles y han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.

    Esta visión nos recuerda que Dios quiere salvar a todos sus hijos. La santidad no conoce fronteras, nacionalidades ni diferencias sociales.

    Elementos concretos para nuestra vida

    1. Dios nos llama a todos a la santidad. No importa si somos ricos o pobres, profesionales o campesinos, jóvenes o ancianos. Todos podemos vivir el Evangelio allí donde nos encontremos.

    Para nuestra vida: no digamos: «Yo no puedo ser santo porque soy una persona sencilla». La santidad se vive haciendo el bien, amando a Dios y sirviendo al prójimo.

    2. La santidad exige fidelidad en medio de las dificultades. Aquella multitud pasó por grandes sufrimientos, pero no abandonó su fe. Cuando llegan la enfermedad, los problemas económicos, los conflictos familiares o las decepciones, no perdamos la confianza en Dios. La dificultad no tiene que alejarnos del Señor; puede ayudarnos a fortalecer nuestra fe.

    3. La santidad se construye con decisiones concretas. Las vestiduras blanqueadas nos recuerdan la purificación y la vida nueva que recibimos de Cristo.

    Para nuestra vida: debemos reconocer nuestros pecados, pedir perdón, reconciliarnos con quienes hemos ofendido y procurar cambiar aquello que nos aparta de Dios.

    4. La Iglesia es una familia de pueblos y culturas. La multitud viene de todas las naciones. Ante Dios nadie es despreciable.

    Para nuestra vida: no discriminemos a nadie por su origen, su pobreza, su color de piel o su condición social. Una comunidad cristiana debe ser acogedora, fraterna y misionera.

    Enseñanza principal: la santidad consiste en permanecer fieles a Cristo y caminar hacia la salvación, incluso en medio de las pruebas.

     

    3. Salmo 23.  ¿Quién puede subir al monte del Señor?

    El salmo pregunta quién puede entrar en la presencia de Dios y responde que quien tiene las manos inocentes y el corazón puro, quien no se entrega a la mentira ni al engaño.

    No basta con aparentar que somos buenos cristianos; debemos procurar que nuestras obras correspondan a nuestra fe.

    Elementos concretos para nuestra vida

    5. Tener las manos limpias. Las manos representan nuestras acciones. Podemos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo con nuestras manos? ¿Ayudamos al necesitado o le damos la espalda? ¿Trabajamos honradamente o buscamos aprovecharnos de los demás?

    La santidad se demuestra en lo que hacemos por los demás.

    6. Tener el corazón puro. Un corazón puro es aquel que procura vivir sin odio, envidia, rencor ni malas intenciones.

    Esto no significa que nunca sintamos debilidad, sino que estamos dispuestos a convertirnos y a permitir que Dios transforme nuestro interior.

    7. Vivir en la verdad. El salmo nos invita a rechazar el engaño y la falsedad.

    En nuestra familia, en el trabajo y en la Iglesia, debemos ser personas de palabra, responsables y honestas. No podemos pretender agradar a Dios mientras perjudicamos al prójimo.

    Enseñanza principal: para acercarnos a Dios necesitamos una fe sincera, un corazón limpio y unas manos dispuestas a hacer el bien.

     

    4. Segunda lectura: 1 Juan 3,1-3. Somos hijos amados de Dios

    San Juan nos regala una de las verdades más hermosas de nuestra fe: «¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos!».

    Nuestra dignidad no depende del dinero que tenemos, del cargo que ocupamos ni de los títulos que poseemos. Nuestra dignidad nace del amor de Dios.

    Además, el apóstol nos recuerda que todavía no se ha manifestado plenamente lo que seremos, pero tenemos la esperanza de contemplar a Dios tal como es.

    Elementos concretos para nuestra vida

    8. Reconocer que somos hijos amados de Dios. Muchas personas viven tristes, desanimadas o creyendo que no valen nada. La Palabra de Dios nos recuerda que somos amados por nuestro Padre celestial.

    Para nuestra vida: no despreciemos nuestra propia persona ni permitamos que los errores del pasado nos hagan perder la esperanza. Podemos levantarnos, cambiar y comenzar de nuevo con la gracia de Dios.

    9. Tratar a los demás como hijos de Dios. Si Dios es nuestro Padre, los demás son nuestros hermanos. No podemos amar a Dios y, al mismo tiempo, humillar, maltratar o despreciar a sus hijos.

    Para nuestra vida: tratemos con respeto a nuestros familiares, a los ancianos, a los niños, a los enfermos y a las personas que no pueden ofrecernos nada a cambio.

    10. Vivir con esperanza y procurar la conversión. San Juan nos invita a purificarnos porque esperamos encontrarnos con el Señor.

    Para nuestra vida: no vivamos solamente preocupados por las cosas materiales. Preparemos nuestro corazón mediante la oración, los sacramentos, la reconciliación y las obras de misericordia.

    Enseñanza principal: la santidad nace de sabernos amados por Dios y de procurar vivir cada día como verdaderos hijos suyos.

     

    5. Evangelio: San Mateo 5,1-12.  Las bienaventuranzas, el camino de la santidad.

    En el Evangelio, Jesús sube al monte y enseña a sus discípulos las bienaventuranzas. Nos presenta un camino que muchas veces va en contra de los criterios del mundo.

    El mundo dice que es feliz quien tiene mucho dinero, poder, fama o prestigio. Jesús, en cambio, llama felices a los pobres de espíritu, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los que trabajan por la paz y a quienes sufren persecución por causa de la justicia.

    Las bienaventuranzas no son solamente palabras bonitas: son un programa de vida para quienes quieren ser santos.

    Elementos concretos para nuestra vida

    11. Ser pobres de espíritu. Jesús no condena tener bienes materiales; nos advierte contra la soberbia y el apego desordenado a las riquezas.

    Para nuestra vida: reconozcamos que necesitamos a Dios. Seamos humildes, compartamos nuestros bienes y no midamos el valor de las personas por lo que poseen.

    12. Aprender a llorar con quienes sufren. Jesús llama felices a los que lloran porque recibirán consuelo.

    Para nuestra vida: no seamos indiferentes ante el dolor ajeno. Visitemos a los enfermos, acompañemos a quienes han perdido a un ser querido y ofrezcamos una palabra de esperanza a quien está pasando por una prueba.

    13. Ser mansos y evitar la violencia. La mansedumbre no es cobardía. Es tener la fuerza necesaria para controlar nuestras reacciones y tratar a los demás con respeto.

    Para nuestra vida: en lugar de responder con insultos, aprendamos a dialogar. En vez de alimentar las discusiones familiares, procuremos la reconciliación.

    14. Tener hambre y sed de justicia. Jesús nos invita a desear un mundo más justo, donde se respete la dignidad de cada persona.

    Para nuestra vida: no participemos en la corrupción, el engaño ni el abuso. Defendamos al débil y cumplamos nuestras responsabilidades con honestidad.

    15. Ser misericordiosos. El misericordioso no se limita a sentir lástima: se acerca al que sufre y procura ayudarlo.

    Para nuestra vida: perdonemos las ofensas, ayudemos al necesitado y evitemos condenar a los demás sin conocer su historia. Recordemos cuántas veces nosotros también necesitamos misericordia.

    16. Tener un corazón limpio. Jesús nos invita a vivir con sinceridad, sin doblez ni hipocresía.

    Para nuestra vida: revisemos nuestras intenciones. Preguntémonos si hacemos las cosas por amor a Dios o solamente para recibir aplausos y reconocimiento.

    17. Trabajar por la paz. El cristiano no debe ser sembrador de discordia, chismes y divisiones.

    Para nuestra vida: seamos instrumentos de paz en nuestras familias y comunidades. No llevemos rumores de una persona a otra. Si hay conflictos, ayudemos a encontrar soluciones mediante el diálogo y el respeto.

    18. Permanecer fieles cuando sufrimos por hacer el bien. Jesús no promete que sus seguidores estarán libres de dificultades. Nos asegura que el Reino de los cielos pertenece a quienes permanecen fieles a la justicia por causa suya.

    Para nuestra vida: no abandonemos nuestros principios cristianos para quedar bien con todo el mundo. Sigamos haciendo el bien, aunque otros no lo comprendan o no lo agradezcan.

    Enseñanza principal: las bienaventuranzas nos muestran que la santidad consiste en vivir al estilo de Jesús, con humildad, misericordia, justicia, pureza de corazón y compromiso con la paz.

     

    6. Conclusión: ¿Qué podemos hacer para ser santos?

    Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de Todos los Santos nos invita a mirar a quienes ya viven en la presencia de Dios y a comprender que nosotros también estamos llamados a alcanzar esa misma meta.

    No tenemos que esperar a realizar grandes obras para comenzar a ser santos. Podemos empezar hoy mismo:

    - En la familia, tratando con amor y respeto a nuestros seres queridos.

    - En el trabajo, cumpliendo nuestras obligaciones honradamente.

    - En la comunidad, ayudando al que necesita y evitando las divisiones.

    - En la Iglesia, participando con fe y colaborando en la misión evangelizadora.

    - En nuestra relación con Dios, dedicando tiempo a la oración, celebrando los sacramentos y procurando la conversión diaria.

    La santidad no significa que nunca nos equivoquemos. Significa que, cuando caemos, reconocemos nuestros errores, pedimos perdón y volvemos a caminar con el Señor.

    Los santos no fueron personas que vivieron sin dificultades, sino personas que permitieron que el amor de Dios transformara sus vidas.

    Que al celebrar a Todos los Santos nos preguntemos: ¿qué debo cambiar hoy para parecerme un poco más a Jesús?

    Que no nos conformemos con llevar el nombre de cristianos, sino que procuremos vivir como verdaderos discípulos del Señor. La santidad comienza hoy, en las pequeñas cosas, cuando amamos a Dios y hacemos el bien a nuestros hermanos.

    Oración final.

    Señor Jesús, tú nos llamas a ser santos y nos muestras el camino mediante las bienaventuranzas. Danos un corazón humilde, manos dispuestas a servir, capacidad para perdonar y valentía para trabajar por la justicia y la paz.

    Ayúdanos a vivir como hijos amados de Dios y como hermanos de todos. Que el testimonio de los santos nos anime a permanecer fieles en las dificultades y a caminar con esperanza hacia tu Reino. Que un día podamos reunirnos con todos los santos para alabarte eternamente. Amén.







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