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    Carta a un Rigorista

    Las razones del corazón | Manuel Soler Palá, msscc

    Carta a un rigorista  

    Distinguido rigorista: mucho me temo que su postura ante el mundo y la moral está influenciada por algunos equívocos de fondo. Por de pronto, usted está íntimamente convencido de que el mundo es malo, prácticamente incurable. Entonces sospecha que el camino está sembrado de trampas y peligros en los que finalmente uno sucumbe sin remedio. A mí me parece muy sensata la cautela y la valoración crítica de las circunstancias. Fue el Maestro quien habló de vestirnos con la sencillez de la paloma, sin dejar de ser cautos como serpientes.

    ¿Rigorismo o radicalismo?
    Usted quizás pisó la raya de la cordura, se le enturbiaron los ojos y, por alguna insuficiencia moral -si no hepática- ha ido acumulando graves dosis de pesimismo sobre sus semejantes. Desconfía del hombre, vigila a sus pupilos. Da pleno crédito al aforismo cuya infausta formulación reza así: "piensa mal y acertarás". Es amigo de rodear a los suyos de vallas protectoras varias: unas erizadas con las púas del castigo, otras con las del precepto, las de más allá con las púas de la prohibición.
    Se me ocurre que usted confundió el radicalismo con el rigorismo. Pero no se identifican, no. ¿Ha oído a un hombre más radical en sus planteamientos que Jesús? El que exhortaba a tener un corazón limpio, el que proclamaba dichosos a los pobres, el que aconsejaba separarse del brazo o del ojo si éstos conducían al pecado. Y, sin embargo, nadie más magnánimo ni misericordioso que el mismo Jesús. El que perdonó a la mujer adúltera, no obstante el encarnizamiento de sus verdugos, el que invitó a aprender de su corazón manso y humilde.
    Quienes se mostraban ferozmente rigurosos fueron, en cambio, sus adversarios fariseos. No iríamos muy descaminados si atribuyéramos su aspereza a que ellos tenían una inadecuada imagen de Dios. El dios de sus oraciones era huraño y exigente, por lo cual acababan pensando que lo que cuesta es lo que vale. A más sacrificio, mayor santidad. A más ascética, más mérito. Al placer siempre le descubrían un rictus sospechoso.
    Amigo rigorista: los fariseos consideraban que la cima de la perfección no consistía en dar la vida por amor, sino en renunciar a la vida por temor. De ahí su rigorismo. Se comprende entonces que usted, estricto y meticuloso, no repare en el corazón abierto del crucificado, símbolo de su entrega total. Se halla demasiado ocupado elucubrando sobre los efectos de la justicia divina en la cruz.

    Rigorismo y sadismo
    Equipado con un tal afán de severidad y exactitud, no raras veces llega a magnificar el dolor por el dolor. Lo cual hunde sus raíces en una oscura patología mental. ¿No le parece a usted sospechosa, por ejemplo, la larga enumeración y la minuciosa descripción de las heridas, llagas y espinas de la pasión de Cristo en algunos autores "espirituales"?  Tanto más cuanto que, por contraste, está ausente la motivación de tales sufrimientos. Lo que debe ser ponderado en la pasión de Cristo es, ante todo, que "amó hasta el extremo". De lo contrario nos movemos sobre terreno pantanoso, también llamado masoquista en el caso que nos ocupa.
    Quizás, señor rigorista, suceda que los dedos se le hacen huéspedes. Si considera normalmente al prójimo y la realidad de su entorno, como un peligro; si de todos sospecha; si tiende a ser duro y a hacer sufrir a quienes le están sometidos, no estaría de más una visita a un buen psicólogo. Tal vez él descubriera como fundamento de su conducta algún resentimiento más o menos soterrado.
    El sadismo, con su correspondiente demanda masoquista, está más extendido de lo que parece. No sólo afloró antiguamente en la persecución de brujas y la caza de herejes. También mantiene una presencia inquietante en nuestros días. Más vale, por ahora, echar un tupido velo sobre el asunto.

    En fin, señor rigorista, quería convencerle de que el rigor no es fruto sano del árbol del evangelio. Otra cosa será la radicalidad, la entereza y sus sinónimos. La cuestión estriba en que no hay que confundir los frutos maduros con los blandos. Ni los gatos con las liebres. Ni la radicalidad con la rigurosidad.
    Deseándole un cambio de actitud y de mente, me despido atentamente.
    ADH 793.

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