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    La Iglesia y la Interculturalidad

    No es lo mismo ni es igual | Pablo Mella Instituto Superior Bonó 


    La Iglesia y la Interculturalidad:  
    Por una revisión cristiana del nacionalismo

    Caído el régimen de Trujillo, sucedieron muchas cosas contradictorias en República Dominicana. Eran tiempos de la Guerra Fría y se temía profundamente al comunismo, considerado “ateo y disociador”. En su Carta pastoral del 25 de mayo 1962, los obispos dominicanos escribían lo siguiente:
    Nosotros, cristianos y dominicanos, tenemos un sagrado compromiso con Cristo y con nadie más, porque nacimos a la fe, a la civilización y a la cultura con la Cruz y el Evangelio… Toda doctrina que no se inspire en el Evangelio es contraria a nuestra condición de dominicanos.  Los Padres de la Patria, Duarte, Sánchez y Mella, la fundaron sobre la piedra de la fe, por eso plasmaron su símbolo –la Bandera y el Escudo—con la cruz y el Evangelio. Es esta consideración que nos hace entender que toda doctrina contraria a la de Cristo es atentatoria contra la integridad de la Patria dominicana.

    Este tipo de frases, propias de la Guerra Fría y de marcado nacionalismo, llevaron a confundir indebidamente cristianismo con defensa a ultranza de la nacionalidad y de la patria. Ser buen católico (entonces se decía cristiano, porque se sobreentendía que todo creyente cristiano era católico) era lo mismo que ser buen dominicano. O —para ser más fieles al texto citado— solo se podía ser buen dominicano si se era católico romano. Para eso estaban la cruz y el Evangelio en el escudo, para recordar ese vínculo supuestamente esencial e indisoluble entre la dominicanidad y el catolicismo.

    Este tipo de afirmación es fácilmente rebatible desde una investigación histórica más actualizada. Pero en la época se tenía como una verdad casi absoluta y los obispos en su reflexionar simplemente repetían lo que se consideraba como verdad “científica” en ese momento, ya que su interés era pastoral, no académico. En el fondo, lo que se pretendía al decir esto era dejar claro que la República Dominicana no debía repetir la experiencia política cubana.

    Sin entrar en mayores discusiones históricas, en estos momentos nos interesa el resultado ético de este tipo de discurso. La ecuación dominicano = católico tendía a convertirse inconscientemente en otra ecuación: católico = buen dominicano. Puedo decir que yo crecí con esa mentalidad y, si mi memoria no me traiciona, buena parte de la gente de Iglesia católica con las que compartí mi fe adolescente pensaban lo mismo. Hoy día creo haber evolucionado bastante en mi manera de pensar; pero no constato la misma evolución en el conjunto de la Iglesia católica dominicana en sus diversos niveles; mucho menos en iglesias pentecostales. El católico dominicano tiende a ser muy nacionalista y se relaciona de manera poco reflexiva con la diversidad cultural; estos rasgos se agudizan en las pequeñas iglesias protestantes. Podemos decir que la interculturalidad es una tarea pendiente en la Iglesia cristiana dominicana.

    Iglesia católica e interculturalidad
    La relación entre Iglesia católica e interculturalidad es, paradójicamente, un tema nuevo y antiguo al mismo tiempo. Así lo plantea un número reciente de la revista internacional de catequesis y pastoral Lumen Vitae (octubre-diciembre 2015) que se ocupa de la temática. Su título invita a la reflexión: “L’Église au défi de l’interculturalité” (La Iglesia ante el desafío de la interculturalidad).
    La relación entre Iglesia e interculturalidad es algo nuevo, porque la interculturalidad es una categoría que solamente ha alcanzado notoriedad en el espacio público en las últimas dos décadas. Con ella se busca expresar un nuevo reto para las sociedades contemporáneas: el de la convivencia de los diversos colectivos humanos que componen toda la humanidad, respetando las diferencias.
    Las migraciones, por diversas razones, han ido cambiando el rostro de las principales ciudades del mundo (y hoy día la mayoría de las personas viven en ciudades). Personas de muy diversos orígenes y costumbres se ven obligadas a convivir para poder desarrollar su existencia, pero no saben cómo hacerlo. Quienes ven su ciudad llenarse de migrantes tienen que abrirse para aprender cosas nuevas y respetar aquello que para los recién llegados resulta valioso o sagrado. También se sienten incomodados porque han de compartir los mismos bienes económicos (puestos de trabajo, servicios públicos, seguridad social, espacios de recreo). Este proceso de apertura a ideas, costumbres y necesidades nuevas traídas por personas de otras latitudes constituye la primera y más típica tarea de la interculturalidad.

    Por otra parte, los flujos comunicativos se han intensificado debido a la gran influencia de los medios de comunicación masiva y al abaratamiento de nuevas tecnologías informáticas, las cuales han permitido a muchas personas tener acceso a internet y a las redes sociales que se manejan a través de los teléfonos celulares. En tiempo real, las personas se enteran de muchas y diversas situaciones humanas que deben de procesar como parte de la comprensión que tienen de sí mismas. Esta intensificación de la telecomunicación electrónica es más acentuada entre los jóvenes. Se tiene la sensación de que una persona “conectada” se puede enterar de las cosas más insólitas y extrañas en cualquier momento: de unos mineros sepultados varios días en una mina de cobre de Chile y que luchan por sobrevivir; de un estallido racial en una pequeña ciudad norteamericana por abuso policial; de nuevas formas de vivir la sexualidad como parte de la vida de consumo moderna o de los abusos cometidos por guerrillas religiosamente radicalizadas contra poblaciones pobres en una aldea remota de Nigeria.

    Pero como ya se dijo, el tema de la interculturalidad es al mismo tiempo tan viejo como la Iglesia misma. La “fundación” de la Iglesia en Pentecostés es un canto a la interculturalidad (Hch 2). Según el relato de los Hechos de los Apóstoles, todos entendían en su propia lengua un mensaje común. Nadie tenía que abandonar sus propias referencias culturales, sino acomodarlas a la ley del amor, como quedó establecido en el primer sínodo de la Iglesia (Hch 15). En ese espíritu, san Pablo escribe la Carta a los Gálatas, donde llega a afirmar que «todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que se han bautizado en Cristo se han revestido de Cristo; ya no hay: ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 26-29). No es la nacionalidad, ni la clase social, ni el sexo lo que confiere la dignidad de ser hijo de Dios. La ruptura con el nacionalismo, el clasismo y el machismo del judaísmo tardío se había fraguado. La Iglesia de Cristo nace “católica”, es decir, universal. Sus puertas estaban abiertas hacia todos los puntos cardinales, como la describe el libro del Apocalipsis en su último capítulo. Sin embargo, al pasar los siglos, esta catolicidad se olvidó; la iglesia convirtió en buena medida el anuncio de la buena nueva del amor en propaganda dogmática (propaganda fidei). La nueva etapa histórica que nos toca vivir con la globalización nos invita a compensar este triste olvido a través de una Iglesia intercultural.

    Cómo ser cristianos interculturales hoy
    Curiosamente, la conciencia de la interculturalidad nos facilita ponernos en comunicación directa con el Jesús de los evangelios. Lo “nuevo y lo viejo” se encuentran en una actitud constructiva, como sugiere la parábola del escriba que entra en el Reino de los Cielos contada en el evangelio de san Mateo.

    Se trata de acoger hospitalariamente al otro que se nos acerque, sobre todo si nos resulta extraño o extranjero. La hospitalidad implica conocer a quien llega, no condenarlo a priori. Implica asimismo salir de nuestras rutinas, desinstalando algunas de nuestras comodidades. En ocasiones, puede demandar aprender un idioma que se considera como inferior, porque no ayudará a conseguir ningún trabajo competitivo en un banco o en una gran empresa. En fin, espiritualmente (lo que es más importante) exigirá sentir en lo más profundo de nuestro corazón que todas las personas, no importa su condición social o moral, son hijas de Dios.

    Poco a poco, la vida en Iglesia se verá conducida a renunciar a todo gesto violento contra aquella persona o grupo humano que resultan extraños (como puede ser un familiar que nació fuera del país y que viene de visita de año en año). Gracias al cultivo de la interculturalidad, la memoria de la cruz de Jesús nos revelará que la violencia religiosa escondida en la historia de Israel también puede estar escondida en la cultura religiosa en la que hemos crecido. Así, valores que nos parecen esenciales al cristianismo como la Independencia nacional, la soberanía o la ciudadanía, adquirirán su justa dimensión política y deberán ser reevangelizados. Se verán como parte de procesos históricos por los que atraviesan las sociedades humanas, procesos que están llamados a transformarse progresivamente en un amor que no conoce fronteras divisorias, hasta que un día se vean disueltos en la Patria definitiva.

    A este desafío evangélico responde la “Iglesia en salida” de la que nos habla el papa Francisco. Lejos de encerrarse en un discurso rígido, la Iglesia está llamada a conocer nuevos puntos de vista y hacerse presente en las nuevas situaciones humanas de dolor y exclusión para contagiar alegría esperanzadora. En palabras del papa Francisco: « [El anuncio alegre del Evangelio] siempre tiene la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá. El Señor dice: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido” (Mc 1,38). Cuando está sembrada la semilla en un lugar, ya no se detiene para explicar mejor o para hacer más signos allí, sino que el Espíritu lo mueve a salir hacia otros pueblos.» ADH 810.

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