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    Bailamos al ritmo del mismo tambor


    “…De los dos pueblos, Cristo hizo uno y derribó la barrera divisoria, la hostilidad…” (Ef 2, 14)  
    Cuando vivía en los bateyes del Suroeste de la República Dominicana, una de las prioridades del trabajo pastoral era lograr derrumbar las barreras que separan a dominicanos y haitianos. Creía firmemente que la división entre los dos pueblos es una ofensa al Padre cuya voluntad es ver a todos sus hijos e hijas bailando al ritmo del mismo tambor. Hace ya 5 años dejé la República Dominicana para saborear el ambiente africano. Varios amigos y amigas me repitieron que tenía que hacer borrón y cuenta nueva, olvidarme del pasado dominicano y empezar a escribir una nueva página en mi vida. Pensé mucho en este consejo pero creo que nuestra vida no tiene varias páginas; nos toca escribir una sola página y todos los eventos están íntimamente conectados. Si ahora me encuentro en África, no es para olvidarme de América Latina pero para ayudar a los pobres de esos dos continentes a sentirse más unidos.
    Según San Pablo en la carta a los Efesios, la misión de Cristo fue reconciliar entre sí a los pueblos de la tierra. Por lo tanto, la misión de todos los cristianos es también promover la reconciliación y la unidad en la tierra. No hay duda de que los africanos han dejado fuertes huellas en el corazón de América Latina. Sin embargo, en general, los latinoamericanos conocen muy poco de los africanos. Esta falta de información separa a los habitantes de los dos continentes. Por esto, quiero aportar un granito de arena a la construcción de un inmenso puente entre África y América Latina. Desde Mulungushi Agro, un rincón perdido de la sabana de Zambia, produzco un programa de radio titulado “Conexión afro-americana”. Cada semana envío este programa por internet a Maracaibo en Venezuela donde una emisora hermana se encarga de la edición y del envío a todas las emisoras católicas de América Latina a través de la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica (ALER). Durante 15 minutos cada semana, me esfuerzo por comunicar a América Latina lo que vivimos aquí. Ya va más de un año que estamos en el aire latinoamericano. He aquí uno de los últimos programas:

    “Estamos de luto. Uno de los niños que vivían aquí con nosotros falleció hace unos días. Aquí en Zambia, la muerte es la compañera más fiel de la gente. Toca a la puerta de cada familia. Y a pesar de todo, la vida sigue, la vida sigue brillando. Hoy les presentaré a nuestro pequeño difunto y hablaré de cómo aquí vivimos la muerte, este acontecimiento clave de la vida de todos los seres humanos. Mujeres y hombres de América Latina, desde Mulungushi Agro, les saludo muy cariñosamente.
    Control: tambores (Bemba cantando) Están escuchando a nuestro Bemba cantando en el patio de nuestra casa. Le encantaba tocar el tambor y pasaba todo su tiempo libre cantando. El llegó aquí con su tío Yonny, unos meses más viejo que él. El era epiléptico y varias veces al mes, tenía crisis espectacular. Se caía en el suelo como una piedra y se contorsionaba como una culebra. Cuando eso ocurría, lo tomaba en mis brazos hasta que se tranquilizara. Bemba estaba feliz acá pero al año de vivir con nosotros, un miembro de su familia lo reclamó y tuvimos que despedirnos. Hace 10 días recibimos la noticia de su muerte. No sabemos lo que pasó. Sólo sabemos que se nos fue para siempre. Con los 50 muchachos y muchachas de la casa, celebramos la vida de Bemba. Su fotografía había sido colocada al lado de la cruz. He aquí parte de las palabras que salieron de mi boca frente a los compañeritos de Bemba:
    “Los que creen en Jesús tienen vida, vida para siempre: Pero tenemos que pensar en lo qué significa tener fe. La fe ¿Qué es eso? La fe no es un asunto de cabeza. La fe es un asunto de vida. La gente que cree en Jesús debe mostrar su fe en su vida. Creer en Jesús significa amar. Y ustedes saben muy bien que durante su vida, Bemba amaba, amaba de una forma extraordinaria. Por esto, sabemos que él está en la casa del Padre junto con Jesús y con todos los santos. Porque él sabía amar.”

    La guitarra y los tambores sonaban en nuestra capilla y sentía que Bemba estaba con nosotros tocando el tambor y bailando. Pues sí, aquí en Zambia la muerte es la compañera fiel de todos y de todas. La esperanza de vida es de sólo 37 años. Los jóvenes y los niños que mueren se cuentan por miles. Hace un poco más de un mes murió Kabwe, el coordinador del coro. Tenía 25 años. Me tocó acompañar a sus padres hacia el lugar donde falleció. El cadáver estaba puesto sobre una sabana, en una choza. Las escenas de dolor frente al cadáver me hicieron pensar en lo que viví en la República Dominicana y en Haití. Las mujeres se tiraban en el piso gritando sin fin… Y los hombres se quedaban tranquilos… También el ataúd fue sacado de la casa de la misma forma que en la República Dominicana. Con los pies del difunto por delante para evitar que el alma del muerto vuelva a la casa y atormente a los familiares…. La familia y los amigos velaron al difunto por dos días y después tuvieron lugar los funerales. En el cementerio, el hermano del difunto pronunció un mensaje de despedida y todo se terminó con un torrente de gritos y de lágrimas.
    Aquí, cuando el difunto está enterrado, la vida vuelve rápidamente a su curso normal. La gente tiene una fuerza extraordinaria para superar el dolor. Quizás porque tiene una fe sólida en la vida. En la sabana, los panteones son lugares abandonados. En el cementerio de Mulungushi Agro donde vivo, sólo tres tumbas tienen una placa con el nombre del difunto. Es muy difícil ver las tumbas porque la hierba y la maleza están invadiendo el lugar. Parece ser que la gente está convencida que sus seres queridos no están en ese lugar. Para la gente, allí en el cementerio, no hay nada. Y por lo tanto, no vale la pena perder su tiempo y su dinero en mantener tumbas vacías. Sin lugar a duda, en este país marcado por la muerte, la Vida tiene la última palabra. Apuntes Misioneros / Pedro RUQUOY, cicm

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