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    jueves, 10 de marzo de 2011

    Conciencia Comunitaria

    Conciencia Comunitaria  
    No es fácil tomar decisiones. Sabemos por experiencia - triste experiencia - que hemos fracasado en muchas decisiones tomadas en momentos de entusiasmo sin un detenido análisis del compromiso adquirido. Ahora, desengañados, en vez de decir yo quiero, expresión de una decisión firme, preferimos decir yo quisiera, condicionando el cumplimiento de nuestros propósitos a oportunidades que no están bajo nuestro control. Es como dejar la decisión para un mañana que nunca llega.
    No estamos solos en el mundo, sino que formamos parte de instituciones y grupos dentro de la sociedad (familia, barrio, clubes, partidos políticos, etc.) y también dentro de la iglesia (comunidades eclesiales, parroquias, movimientos apostólicos, congregaciones religiosas, etc.). Comprobamos nuestra pertenencia a un grupo presentando un carné o un acta, aunque el verdadero documento de identidad es comportarse de acuerdo con los objetivos del grupo a que pertenecemos. Esto supone una decisión colectiva. Pero, si es difícil tomar decisiones a nivel personal, mucho más difícil es llegar a una decisión comunitaria. Tan difícil que se acordó dar valor de decisión colectiva a la mayoría de votos. Bien mirado, más que de una decisión asumida por todos, se trata de la imposición del parecer de una parte sobre todo colectivo.
    El sermón de adviento es una decisión comunitaria. Se habla del sermón de Montesinos, porque fue él quien lo predicó, pero el sermón estaba “escrito y firmado por los demás. Era el parecer de toda la comunidad. Así se lo hace saber fray Pedro de Córdoba a Diego Colón cando éste fue al convento a “reprender y asombrar al predicador”: “Lo que predicó ese padre fue de parecer, voluntad y consentimiento de todos”.
    Los frailes dominicos de la primera comunidad de Santo Domingo llegaron a un acuerdo (aproximación de corazones) siguiendo el método tradicional de la Orden desde sus orígenes, según el principio general de que “lo que afecta a todos, por todos debe ser tratado”. La decisión no la toma el prior (primero entre iguales), sino la asamblea (consejo, capítulo) de todos los frailes de la comunidad.
    Un largo proceso. Hacía poco más de un año que habían llegado a la Isla y desde el principio, en contacto directo con los moradores de la Isla, viendo que los colonizadores los tenían sometidos, negándoles incluso la dignidad que corresponde a toda persona humana, se plantean el problema: ¿qué sentido tiene predicar el evangelio, la Buena Nueva, a los indios maltratados por los colonizadores que se hacen llamar “cristianos”?
    En consecuencia, deciden estudiar a fondo todos los factores importantes que justifican, según ellos piensan, el comportamiento de los españoles. Será un largo proceso, pues son muchos los problemas implicados y algunos tocan puntos muy delicados. Fray Pedro de Córdoba confiesa a Diego Colón que llegaron a aquella resolución “después de muy bien mirado y conferido entre ellos con muchos consejos y madura deliberación”.
    Los frailes “juntan el hecho con el derecho”. Es decir, confrontan el hecho del sometimiento de los indios con la dignidad de la persona humana. Y, por otra parte, confrontan la imposición de la fe por la fuerza con el anuncio pacífico del evangelio como buena nueva.
    Planteado el problema, se encomiendan insistentemente a Dios pidiéndole que les ilumine “para no errar en asunto de tanta importancia”.
    Se distribuyen los temas a analizar. Recogen todos los datos posibles sobre los abusos cometidos contra los indios, porque la denuncia de los abusos debe apoyarse en hechos concretos y comprobados.
    En sucesivas y largas reuniones cada uno presenta sus conclusiones, que son analizadas y valoradas por los demás en discusión abierta. Después de sopesar todos los factores ven que el punto clave, el sí o el no del asunto, es la dignidad de la persona humana. Negar esta condición a los indios equivale a hacer inútil la pasión de Cristo, como dirán más tarde en la carta que escriben al rey. Y llegan a la determinación de que la defensa de la dignidad humana de los indios y la denuncia de los abusos cometidos contra ellos es verdad evangélica.
    A fin de evitar ambigüedades y posibles malas interpretaciones, fray Pedro de Córdoba pide a “los más letrados” (fray Bernardo de Santo Domingo será el encargado de hacer la redacción) que pongan por escrito la resolución tomada. La corrigen, la aprueban y la firman todos. Y, teniendo en cuenta la fama de buen predicador de que gozaba Montesinos, le encomendó la proclamación pública y solemne de la denuncia. Fijaron la predicación del sermón para la misa del cuarto domingo de adviento en presencia de todas las autoridades de la Isla. Era el 21 de diciembre de 1511.
    Todos a una. Todos los miembros de la comunidad han intervenido en la decisión tomada: análisis de la realidad, búsqueda de la verdad evangélica, contenido de la resolución y determinación de hacer pública la denuncia. Se trata de una verdadera decisión comunitaria pues los pareceres individuales convergen en un mismo sentir. Años después, en una situación parecida, el cronista resalta el alcance comunitario de las decisiones con estas palabras: “Estuvimos todos tan a una que ninguna cosa osó ninguno hacer sin el parecer de todos; que para cada cosa que ordenábamos, nos juntábamos, la platicábamos y la disputábamos antes que la comenzásemos. Como si todos tuviésemos el mismo corazón y ánima”.
    Un solo corazón y una sola alma (Hc 4,32). Así expresa san Lucas el sentir común y la unidad de criterio ante la vida de las primeras comunidades cristianas. Un sentir común, que brota de una conciencia comunitaria. Cuando Pablo y Bernabé plantearon liberar del cumplimiento de la ley de Moisés a los conversos del paganismo, después de una larga discusión, los apóstoles y los presbíteros concluyen: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponerles más cargas que las indispensables” (Hc 15,28). El Espíritu Santo y nosotros. ¿Cómo saben que el Espíritu Santo participó con ellos en la toma de esa decisión? La respuesta es clara: la unidad de opinión ante un asunto vital para la fe y la praxis cristiana en una situación concreta que afecta al mensaje del evangelio es la señal de que el Espíritu Santo está por medio.
    ¿Qué nos dice todo esto a nosotros? No podemos entrar en detalles. Sería bueno 1º) que cada uno piense si está capacitado para tomar una decisión firme; 2º) qué hacemos para que nuestro parecer entre a formar parte de las decisiones colectivas en las que no intervenimos directamente, sino a través de delegados.
    FE y VIDA / Juan Manuel Pérez

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