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    La familia de Dios

    Apuntes Misioneros | Pedro RUQUOY, cicm

    La familia de Dios


    “Miren qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios; y además lo somos.” (1 Juan 3, 1)  Aquí en África, una visita es siempre una bendición. Pero hay visitas que marcan más que otras y hay visitas que se pueden calificar de históricas. Fue el caso de la visita de Medardo Cardenal Mazombwe quien estuvo en nuestra casa por dos días. Primer Cardenal de Zambia, él es uno de los 17 cardenales africanos y es considerado como una de las personas más influyentes de este país de África Austral.

    El Cardenal llegó a nuestro hogar en la tarde del sábado pasado. Cuando él bajó de la camioneta, decenas de jóvenes entonaron un canto de bienvenida al ritmo de los tambores. Después de instalarse en la choza reservada a los visitantes, el Cardenal caminó hacia la pequeña capilla escondida en la sabana, frente al lago. Allí, él y yo pasamos un lago rato en silencio. Después, le presenté las imágenes de los santos y santas que adornan la capilla. Comenté de manera especial la imagen de San Martín de Porres, primer santo negro de América Latina y Patrón de los Bateyes donde pasé más de diez años de mi vida. San Martín me dio la oportunidad de explicar a este Cardenal Africano los sufrimientos de los picadores de caña haitianos y dominico haitianos en la República Dominicana. Entonces hablamos de los vínculos que unen el Caribe con África. Le mencioné a Sebastián Lemba, hombre de esta tierra africana, vendido como esclavo, luchador y primer héroe de la libertad en la República Dominicana.

    El Cardenal me escuchaba con mucha atención y respeto. En el camino del regreso, conversamos acerca de las cualidades de los verdaderos líderes, incluyendo los sacerdotes. Con convicción y energía, la más alta autoridad de la Iglesia católica de Zambia enfatizó que los líderes deben ser servidores del pueblo. Comentó que, al encontrarse con el nuevo Presidente del país, le dijo que ahora que él ganó las elecciones le tocaba servir y sólo servir. Añadió que para poder ser un buen servidor es importante escuchar a la gente.

    El Cardenal compartió la cena con los 75 huérfanos y huérfanas de la casa; como de costumbre, todos y todas se habían instalado alrededor de tres inmensas mesas sobre las cuales gigantescos platos de puré de maíz esperaban la multitud de manitas negras. Sentado sobre un banco, rodeado de los niños, el Cardenal comió del mismo plato. Al ver la alegría de los huérfanos y su manera de compartir la comida, él se exclamó: “¡Realmente ésta es una gran Familia!”. Al terminar la cena, el tambor resonó en el comedor y la familia entera se puso a bailar delante del Cardenal. El momento más importante fue sin duda la entrega del cuchillo para cortar los seis bizcochos preparados con arándanos, una fruta que crece en la sabana y que una docena de niños y niñas de la casa recogieron. La pequeña Lwendo, con el cuchillo en la mano, bailó delante del Cardenal por un largo tiempo, antes de entregarle el arma. En ese momento, el visitante me pidió levantarme y juntos tomamos el cuchillo para cortar los pasteles en una multitud de pedacitos.

    Al terminar el ritual, llegó el momento de los discursos. Kasonde, el hijo mayor, expresó la gratitud de todos los huérfanos por la visita. Le siguió el Cardenal quien pronunció las palabras siguientes: “Un día, en una reunión de Obispos africanos, compartimos nuestras opiniones acerca de la mejor definición de la Iglesia. Llegamos a la conclusión de que la Iglesia es la Familia de Dios. Ustedes aquí son la Familia de Dios. Viven realmente como hermanos y hermanas y me siento parte de su familia. Yo también compartiré con ustedes lo que reciba.”.

    Al escuchar este mensaje, me vino en la mente las palabras de la primera carta de Juan, en el inicio del capítulo 3: “Miren qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios; y además lo somos.” En esta carta, un gran líder de la Iglesia de los primeros tiempos exhorta a su gente a vivir como hermanos y hermanas. A cada rato, llama a sus auditores: “Hijos míos”: Se siente la ternura que une a ese líder con los miembros de su comunidad. Se siente que la Iglesia es una Familia. De repente, a mis ojos, nuestro Cardenal se transformaba en nuestro abuelo: con cariño y ternura, nos exhortaba a seguir construyendo nuestra familia, convencido de que donde se vive la fraternidad, se construye la Iglesia.

    El domingo en la mañana, el Cardenal presidió la Eucaristía en el patio de la casa, debajo de un inmenso árbol que había sido la señal de la presencia de agua en el subsuelo. De hecho, cerca de este árbol hoyamos un pozo, fuente de vida para todos nuestros huérfanos. Delegaciones de Cristianos de la Parroquia se unieron a los niños de la casa para celebrar la vida con el Cardenal. Al final de la misa, los parroquianos desfilaron delante del Cardenal para ofrecerle regalos: chivos, gallinas, un saco de maíz, un poco de dinero…. En la tardecita, cuando me preparaba a poner todos esos dones en el vehículo del Cardenal, él me dijo: “No se apure: no necesito nada. Todo esto es para los niños.” Ya yo sabía que él era parte de nuestra gran Familia.

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