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    La alegría de creer


    Fe y Vida | Juan Manuel Pérez: La alegría de creer
    “Hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido a favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe”. (Porta fidei, 7)
    El diccionario define la alegría como un sentimiento grato y vivo que suele manifestarse con signos exteriores. Conviene hacer algunas precisiones a esta definición general de la alegría, porque muchos de los motivos que hacen que uno se sienta contento no son aplicables a la alegría que nace de la fe y no todas las manifestaciones de alegría valen para expresar la alegría de creer. Para manifestar las distintas acepciones y manifestaciones de alegría se usan diferentes palabras: satisfacción, gozo, entusiasmo, disfrute y, cuando la manifestación de contento se expresa de forma alborotada, se habla de júbilo.
    Hablando en general se puede decir que los motivos que causan alegría están relacionados con el éxito en los intereses y en las aspiraciones de cada uno y, por su parte, la manera de manifestar la alegría depende mucho del temperamento de cada uno y de las costumbres de cada pueblo. Muchos se sienten contentos cuando satisfacen las necesidades de su organismo: comer, beber, dormir, tener sexo, distraerse, etc. Otros disfrutan contando su dinero o por otros motivos baladíes, como estrenar un vestido o un carro,… Los motivos de alegría son innumerables.
    En general la alegría es contagiosa y necesita ser compartida y con ese fin se organizan fiestas, promovidas por organizadores profesionales (es su negocio) o montadas directamente por los mismos fiesteros que desahogan su entusiasmo en el anonimato de la multitud, ayudados por el consumo de alcohol y por el ritmo de la música. Las fiestas son siempre celebraciones alborotadas y costosas.

    La alegría de la fe
    El papa habla de redescubrir la alegría de creer, lo que quiere decir que se ha perdido. En este aspecto es cada uno el que puede decir si ha experimentado alguna vez la alegría de creer que ya no siente.
    Según los relatos del evangelio, tanto el anuncio de la llegada del Salvador y su presencia siempre causan alegría. Por ejemplo: Alégrate, llana de gracia (Lc 1,28 ); en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, la criatura que llevo en el seno saltó de alegría (Lc 1, 44); les anuncio una gran alegría que lo será para todo el pueblo: hoy les nacido un salvador (Lc 2,10-11); los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor (Jn 20,20); hasta Abraham se alegró pensando en el día de Jesús (Jn 9, 56).
    La alegría va inseparablemente unida a la fe en Jesús como salvador de la humanidad. El experimentó la vida de cada uno de nosotros en todas sus dimensiones, menos en el pecado. La fe cristiana no es seguir opiniones o teorías, sino vivir según el estilo de vida de Jesús, porque encontramos en su vida la respuesta a las preguntas que se plantea toda persona consciente: quiénes somos, a dónde vamos, qué camino seguir. Jesús en su vida mortal manifestó con su enseñanza y con su vida que Dios es nuestro padre, que nos ama y que quiere que todos participemos de su vida divina.
    Seguimos a Jesús porque estamos en la verdad y vamos por el camino que nos lleva a la plenitud de vida. Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). Su resurrección es el testimonio divino de que vivir como él vivió es el camino para llegar a la plenitud de vida.
    La fe no causa alegría porque nos dé privilegios a los creyentes en esta vida; vivimos en el mismo mundo y con los mismos problemas de todos, pero sí nos da motivos para seguir adelante con firme esperanza. En esta perspectiva los problemas y dificultades de la vida, en vez de crear tristeza y desánimo, fortalecen la alegría, porque sabemos que ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo futuro, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús (cf Rom 8, 31-38).

    Creer es estar en la verdad
    En el lenguaje popular la palabra creer indica suposición; una posibilidad, pero no estamos seguros. Por ejemplo, cuando decimos “creo” que mañana va a llover afirmamos que no estamos seguros. Este significado dado a la palabra creer no corresponde a su significado original. El acto de creer es la adhesión a una verdad incontrovertible, pues se fundamenta en la palabra de Dios manifestada en la vida de Cristo Jesús. El conocimiento adquirido por la experiencia, por la ciencia o por la fe son distintas formas de llegar a la verdad y no tienen por qué oponerse entre sí, pero su alcance en la orientación de la vida es muy distinto, pues, mientras que las verdades científicas no influyen directamente en nuestro comportamiento moral, las verdades de la fe afectan a todos los ámbitos de la vida: en la inteligencia y en el afecto, en la actitud ante los problemas de la vida y en el quehacer diario.
    El acto de fe, para que no sea una mera suposición, exige madurez humana y ciertas actitudes de nuestra parte. En primer lugar debe ser una adhesión personal, no una posibilidad. Creemos en Jesús y seguimos su estilo de vida porque vemos claramente que estamos en el camino seguro, tanto a nivel personal como comunitario.

    La alegría de creer está relacionada con la evangelización
    El texto del Papa, citado al comienzo, dice que es necesaria una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer. Voy a señalar sólo dos puntos que, según pienso, han impedido que la evangelización recibida no promueva el sentimiento de alegría.
    En primer lugar, tanto en la catequesis como en la predicación, se insiste demasiado en la obligatoriedad: obligación de oír misa entera todos los domingos; obligación de rezar el oficio divino, etc. Más que de obligación, habría que hablar de necesidad. La obligación no crea alegría, sino sometimiento, mientras que sentir necesidad nos mueve a buscar ayuda y ponernos en contacto con el autor de la vida, a quien llamamos padre nuestro.
    Y, en segundo lugar, se insiste más en el pecado que en la gracia; más en la necesidad de redención que en la restauración del proyecto original de Dios realizada por Cristo Jesús. Es verdad que el pecado ha desbaratado el proyecto original de Dios, pero sabemos que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rom 5,20)). No podemos sentir alegría cuando fijamos nuestro propósito en evitar el pecado, pero sí sentiremos alegría si tenemos en cuenta que Jesús con su vida, su entrega y su resurrección nos abrió el camino para la esperanza y que, a pesar de que somos pecadores, podemos seguir adelante.
    Por eso la alegría de la fe es una alegría serena, que no necesita carcajadas ni alborotos para expresarse. Y es también una alegría permanente, pues no depende de la satisfacción momentánea de necesidades corporales ni de acontecimientos agradables. San Pablo pide a los fieles que estén siempre alegres en el Señor. Y lo repite: estén siempre alegres (Fil 4,4-5).
    Leyendo la palabra de Dios, uno encuentra textos que provocan el estado anímico de seguridad y de alegría. Como ejemplo cito uno solo. No hemos recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos que nos anima a invocar a Dios llamándolo Abbá, Padre. Ese mismo espíritu asegura a nuestra conciencia de que somos hijos de Dios y, si somos hijos, somos también herederos de Dios compartiendo la herencia con Cristo (Rom 8, 15-17). ADH 765.